Por Guillermo Romero Salamanca

Durante la primera semana de septiembre, muchas personas se regodearon en las redes sociales con la solicitud de dispensa que hizo el sacerdote Alberto Linero.

Más allá del respeto que se debe tener por el tema, es una actitud que se debe analizar como corresponde con la actitud de la Iglesia. Una situación parecida podría suceder cuando un miembro del Ejército solicita la baja o un funcionario deja un cargo oficial.

La decisión del padre Lineros: solicitar una dispensa. Foto Editorial Planeta.

Decenas de preguntas surgieron entonces con esta actitud, lo cierto es que el padre Alberto Linero nunca dejará de ser sacerdote porque válidamente fue ordenado y no perderá jamás el “carácter” que le imprime el Sacramento del Orden.

Después de Vaticano II se reconoció que la Iglesia le impone unas obligaciones para ejercer su tarea al recién ordenado, pero puede dispensarlo de ellas como rezar el breviario –oración que hacen los ordenados todos los días–, cumplir con el celibato o prestar un servicio a una parroquia, cuando haya una solicitud formal y sea aprobada.

Sin embargo, después de una petición como la que ha hecho el padre Linero, la misma Iglesia le urge que en un futuro no ejerza el sacerdocio, es decir, que no oficie misas, ni haga consagraciones, ni confiese a las personas, ni haga actividades pastorales.

A esos sacerdotes se les llama como secularizados, una vez se les apruebe su solicitud.

No obstante, en una situación de peligro de muerte y está allí una persona que está bajo la dispensa, puede confesar al moribundo.

Durante el pontificado de san Juan XXIII existían centenares de archivos de solicitudes de sacerdotes que incluso ya se habían casado, estaban en otras religiones o hasta ya tenían descendencia. Otros, ya habían muerto esperando el permiso y unos más estaban muy mayores y entonces este Papa comenzó a otorgar estos permisos.

Pero fue Pablo VI –próximo a ser canonizado—quien dispuso en la Encíclica “Celibatus sacerdotalis” unas normas para obtener la secularización. Se organizó también en la Congregación para el Clero, las formas de analizar cada uno de los casos presentados.

En hechos donde se comprueben delitos como muertes o abusos sexuales, simplemente son expulsados de la Iglesia.

En 1994, bajo el pontificado de san Juan Pablo II, la Congregación para el clero expidió un “Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros” donde se dan las pautas para cada uno de los casos que se presenten.

La exposición del caso del padre Linero ha sido el de la soledad. El directorio, en uno de sus apartes lo explica:

“El sacerdote puede experimentar a cualquier edad y en cualquier situación, la sensación de soledad. Hay una soledad que, lejos de ser entendida como aislamiento psicológico, es del todo normal, es consecuencia de vivir sinceramente el Evangelio y constituye una preciosa dimensión de la propia vida. En algunos casos, sin embargo, podría deberse a especiales dificultades, como marginaciones, incomprensiones, desviaciones, abandonos, imprudencias, limitaciones de carácter propias y de otros, calumnias, humillaciones, etc. De aquí se podría derivar un agudo sentido de frustración que sería sumamente perjudicial.

Sin embargo, también estos momentos de dificultad se pueden convertir, con la ayuda del Señor, en ocasiones privilegiadas para un crecimiento en el camino de la santidad y del apostolado. En ellos, en efecto, el sacerdote puede descubrir que «se trata de una soledad habitada por la presencia del Señor. Obviamente esto no puede hacer olvidar la grave responsabilidad del Obispo y de todo el presbiterio por evitar toda soledad producida por descuido de la comunión sacerdotal. Corresponde a la Diócesis establecer cómo realizar encuentros entre sacerdotes a fin de que estén juntos, aprendan uno de otro, se corrijan y se ayuden mutuamente, porque nadie es sacerdote solo y exclusivamente en esta comunión con el Obispo cada uno puede llevar a cabo su servicio.

No hay que olvidarse tampoco de aquellos hermanos, que han abandonado el ejercicio del ministerio sagrado, con el fin de ofrecerles la ayuda necesaria, sobre todo con la oración y la penitencia. La debida actitud de caridad hacia ellos no debe inducir jamás a tomar en consideración la posibilidad de confiarles tareas eclesiásticas, que puedan crear confusión y desconcierto, sobre todo entre los fieles, a raíz de su situación.