Alberto Noya, ‘Tuerquita’, entre la fama, el infierno y Dios

Por Guillermo Romero Salamanca

Era muy raro que don Orlando Cadavid Correa, el mejor periodista que ha dado este país, saliera de su oficina de la dirección de Colprensa, pero aquella mañana atravesó la sala de redacción, llegó a mi escritorio y me dijo: “Vea, Guillermo, entrevístese a Pernito”.

No era de muchas explicaciones, simplemente, daba a cada periodista las indicaciones para hacer una nota. Él impartía la orden y “listo”, no había más explicación.

El domingo siguiente llegamos al parqueadero de Inravisión, en la calle 26 de Bogotá, donde se presentaba en “vivo y en directo”, el programa de mayor sintonía los domingos: “Animalandia”. Unas 20 personas, con loro al hombro, trataban de animar a sus aves para que dijeran “A mí Gel’ada o nada”, pero muchas veces los parlanchines pájaros quedaban en completo silencio frente a las cámaras y otras, alcanzaban a decir: “Roberto, ¿quiere cacao?”.

Don Germán García –gerente y propietario de la programadora Gegar—caminaba por allí con dos perros que mostraría luego como parte de su Gegar Kennel, un criadero que tenía en Chía con animales de pedigrí.

Mariachis, jóvenes cantantes, tríos, duetos, mimos, malabaristas y todo tipo de talentos esperaban horas para obtener unos segundos de popularidad.

“Animalandia” se emitía al aire libre y cuando llovía se trasladaba al teatro de Inravisión, pero por lo general, se hacía bajo el inclemente sol bogotano, entre las 10 y la 1 de la tarde. Fernando González-Pacheco era el presentador, animador y personaje central del programa. Luego lo reemplazaría Álvaro Ruiz y después Héctor “el chinche” Ulloa.

Pero los payasos eran las figuras del programa. Eran los Noya, unos artistas chilenos que vivieron todas sus vidas de hacer reír a los demás. Alberto, el papá, era Pernito, Luis Miguel era “Bebé” y Junior era “Tuerquita”.

Con Germán García posan los payasos y Pacheco anima el programa. Fotos de YouTube.

A veces los acompañaba la menor de la familia, Magaly.

Los payasos no escatimaban esfuerzos para hacer reír a la gente. Ellos mismos se maquillaban. Preparaban los baldes con agua, serpentinas o con cualquier cosa. Magaly y la esposa de Pernito eran las encargadas de fabricar sus amplios vestidos de vivos colores.

A Pacheco, casi siempre, lo mojaban, le cortaban el corbatín y le hacían decenas de bromas. Todo, menos tocarle el bigote. Por esos días al animador le dieron un millón de pesos por grabar un comercial anunciando unas cuchillas y despojándose de su mostacho.

Después de una presentación protocolaria, Pernito, nos dijo tanto al fotógrafo Eduardo Sotomayor, como a mí, “vean el programa y nos esperan”.

Escenas de Animaldia, uno de los programas más recordados de la televisión colombiana.

Esa mañana no se salvaron ni los camarógrafos de las lavadas, llovieron serpentinas por montones y harina por doquier. Los 300 asistentes no paraban de soltar sus carcajadas y en las casas, los televidentes gozaban también de las ocurrencias de los artistas del humor.

Después del espectáculo, emprendimos el viaje en dos taxis hasta la casa de Pernito, localizada en pleno barrio Santa Fe, a un lado de los antiguos paraderos de flotas para los municipios vecinos de Bogotá. Unas muchachas de faldas cortas los saludaban con respeto. “Muy lindas las niñas, buenas personas”, decía Pernito.

Era un apartamento lleno de todo tipo de telas. Igual la esposa y la hija de Pernito se dedicaban a la costura. El hombre de la casa se puso un delantal y preparó unos espaguetis a la boloñesa.

Estaba triste. Nos brindó un vino tinto y luego otro. Nos contaba que para él era difícil ver a su hijo en la situación díscola en que se encontraba.

Esa entrevista salió en los diarios afiliados a Colprensa. Don Orlando Cadavid se mostró contento con la nota.

Vinieron los cambios en la televisión. “Animalandia” pasó a mejor vida. Don Germán García no pudo seguir con su programa y los payasos pasaron al olvido. Años después Micky, yerno de Pernito, reapareció cantando: “Somos los bulliciosos, sí señor, nosotros hacemos bulla, al por mayor”.

Bebé montó un circo con el cual recorrió el país. Pero de “Tuerquita” no se tenía mayor información. Luego se supo que había llegado al infierno de la mal llamada “calle del cartucho”. Allí entre decenas de personas sumergidas en el humo de la miseria, estaba él, sólo, con los dedos quemados, sin dientes, con ropa de varios días y maloliente.

En un de las entrevistas que le hicimos a Fernando González-Pacheco Castro le preguntamos sobre cómo sería su entierro. “Yo creo que en ese momento no seré popular, la gente me habrá olvidado, quizá vayan unas 100 personas, unos cuántos borrachos cantando “Ya tengo ya la casita”, una viejita llorando contando que participó en algún programa y un payaso de Animalandia”.

Fueron palabras proféticas. Cuando Pacheco falleció, estuvo en el velorio Alberto Noya Sanmartín. “Yo soy otra persona, he encontrado a Dios, conocí a mi esposa Leidi Salazar y ella me convirtió”, le explicaba al empresario artístico Raúl Campos, una y otra vez.

El hombre de Los Tigres del Norte le escuchó atento cuando abrió el libro y le leyó varios salmos.

A más de uno les habló de sus pésimas experiencias en la vida oscura de la droga, pero manifestaba que había sido con la lectura de La Biblia como había cambiado.

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Una foto reciente tomada por Santhos Moreno.

Dictaba charlas mostrando su vida como ejemplo. De seguro, de vez en cuando se pintaría otra vez de “Tuerquita” y haría rememorar a sus espectadores con sus ocurrencias. De pronto, alguno habrá llorado al saber que también le han pasado los años.

Este 5 de junio se conocía la noticia de su fallecimiento víctima de un cáncer de estómago. Una apnea del sueño, se llevó a Tuerquita, a sus 66 años, para el cielo de las risas. Mil gracias por su diversión.

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