Por Guillermo Romero Salamanca

Una de las actividades normales de todo ser humano es orinar o al menos eso pensaba el señor González, un pensionado de 78 años cuando fue sorprendido por dos agentes de policía, mientras arrojaba su agüita amarilla contra unas plantas en plena vía pública.

El señor González, quien laboró toda su vida en el Archivo Nacional, daba inútiles explicaciones a dos jóvenes policías que, con libreta en mano, imponían una multa cercana a los 800 mil pesos.  “Mire es que yo tengo la vejiga agigantada y por más que quiera, no logro contener el ímpetu de orinar. Debo hacerlo rapidito o de lo contrario me mojo en los pantalones”, les dijo. Los agentes le esgrimieron el Código de Policía y le hablaron de la multa.

–“Miren jovencitos. ¿Acaso ustedes no saben que, por diabetes, problemas en la vejiga, por beber productos diuréticos o por crecimiento de la próstata no se puede controlar la orinada?”, les preguntó y de paso les comentó que a las siete de la mañana no hay centros comerciales, restaurantes, billares, canchas de tejo o baños públicos abiertos. “Es una injusticia”, les sentenció.

Les comentó, además, que había personas con vejigas pequeñas y otras las tenían grandes y podrían, de pronto aguantar más.

–¿Saben ustedes, por qué cuando hace frío se orina más?

Los hombres de verde le escuchaban mientras seguían llenando los datos de la multa. “Lo que pasa es que por la mañana no tenemos suficiente energía para provocar sudor y entones el exceso de líquido nos hace orinar”.
Recibió el papel y se despidió de los funcionarios públicos que se fueron limpiando con el uniforme, sus manos totalmente mojadas.

Hay personas que no se bañan en piscinas porque saben que no es el cloro el que les pone los ojos colorados, sino que son las heces, el sudor y la orina que hay en esos lugares.

La orina ha sido utilizada como esterilizante y todavía hay personas que la beben para purificarse. Otros la han empleado para blanquearse los dientes, según una tradición griega y romana.

En la guerra de la secesión en Estados Unidos, muchas de las balas que se empleaban se orinaban como señal de burla con sus contrarios.

Antiguamente se lavaba la ropa con una mezcla de orina y agua.

Una costumbre de la tribu siberiana Chukchi consistía en ofrecer a los huéspedes de paso, que pasara la noche con una de las mujeres de la tribu. Sin embargo, el huésped debía hacer gárgaras previamente con la orina de su compañera. ¡Guácalas!

La orina está compuesta por un 95 % de agua, 2 por ciento de sales minerales y un 3 por ciento de urea y ácido úrico. Cuando se micciona se eliminan las sustancias tóxicas del cuerpo, se hace un control electrolítico –que regula el sodio y el potasio, por ejemplo—, se registra la presión arterial y se hace un control de equilibrio entre ácidos.

El grupo español Los toreros muertos se inmortalizaron con el tema “Mi agüita amarilla” en la cual narra la historia de cómo sale la orina desde la vejiga y hace un recorrido por la casa, el barrio, llega a un río donde beben un pastor y las vaquitas y se riega el campo, además. Luego pasa al mar, juega con los pececillos, los calamares, las medusas… Después se calienta el sol, y la agüita amarilla sube a las nubes y se viene en lluvia y moja a todo el mundo”.

Foto Youtube

El 13 de agosto de 1995 viajé a Cartagena para asistir al lanzamiento del “La tierra del olvido” de Carlos Vives. Fue apoteósico, pero más tarde también asistí al “Concierto celestial” en la Plaza de Toros donde se presentaron Willie Colón, Diomedes Díaz –con pañuelo blanco cada cinco minutos—acompañado de Iván Zuleta. El Cacique de la Junta presentó esa noche su nueva canción titulada “Un canto celestial”.

Al día siguiente regresaba a Bogotá y en el aeropuerto departíamos con la relacionista Fabiola Morera cuando apareció Gabriel García Márquez, quien fue muy cordial con los periodistas que estábamos allí y cruzamos algunas palabras.

De un momento a otro me dieron ganas de ir al baño y para sorpresa, al escritor también. Cuando estábamos en los orinales se me ocurrió decirle: “Es la primera vez en mi vida que orino con un nobel”. El maestro sonrió, me miró y me dijo: “Yo, toooodos los días”.