El cantante de Los Panchos: «Rezo todas las noches y todos los días»

Por José Antonio Méndez -Revista Misión 

Fotografía: Álvaro García Coronado

Rafael Basurto es conocido en todo el mundo por ser la voz de Los Panchos. A ritmo de bolero se ha subido a escenarios desde Rusia a Birmania, junto a estrellas comoLuis Miguel, Julio Iglesias o Chavela Vargas. A sus 79 años, el artista mexicano sigue llenando auditorios, y suelta la guitarra para repasar con Misión una vida de película, en la que no faltan inicios como boxeador, mujeres, alcohol… y también fe en Dios.

Por José Antonio Méndez -Revista Misión 

Fotografía: Álvaro García Coronado

 Quien piense en canciones como “Si tú me dices ven” o “Bésame mucho” lo hará escuchando en su cabeza el timbre de Rafael Basurtoy las inconfundibles guitarras de Los Panchos. Aunque lleva 45 años como voz principal del trío de boleros más famoso del mundo, su rostro amable despliega una sonrisa cercana, que no pierde ni siquiera a pesar del cansancio.  Y eso que la noche antes de hablar con Misión se acostó a las cinco de la madrugada tras actuar ante mil personas en Bilbao.  “Paso medio año en un avión –dice a punto de cumplir 80 años–, porque actuar es mi vida”.

–Tras 45 años con Los Panchos, ¿cómo mantiene la ilusión?

–Siento la obligación de responder al cariño del público. Cantar ha sido mi vida, y seguirá siéndolo hasta que Dios diga y el público quiera.

–Ha actuado en todo el mundo. ¿Qué importancia le da a la fama?

–No mucha, la verdad. Soy un ser humano como cualquier otro: todos padecemos, sentimos, sufrimos la ausencia del ser amado… Los que nos dedicamos al arte llevamos el signo de la tragedia y de la comedia: aunque no hayamos dormido la noche anterior o tengamos preocupaciones, hemos de cumplir con la gente.

–Sin embargo, Los Panchos ya no tienen la fama de hace años. ¿Ha tenido la sensación de decir “mi tiempo ya ha pasado”?

–No. De hecho, creo que estoy más fuerte que antes porque, aunque siempre nos han llamado de todo el mundo y nos han tratado de maravilla, hoy el público está más contento de seguir escuchándome. Parece mentira, pero a la gente le hace más ilusión escucharme ahora que hace años. Por eso vivo cada actuación más hondamente y disfruto más cuando me subo a un escenario.

–Pocos saben que antes de ser cantante fue boxeador, cargó camiones…

–Así es. Mi padre tenía una hacienda de caña de azúcar y ganado, y quería que yo hiciese lo mismo. Como no me gustaba, me fui de casa a buscarme la vida, sin medir las consecuencias. Al llegar a México D.F. me sentí muy solo, y mi madre vino a acompañarme. Ella fue la única que me apoyó, y si estoy aquí es por ella, que amén de darme la vida me dio su apoyo espiritual, material… Su mayor premio fue verme como cantante reconocido.

–¿Qué consejo suyo recuerda aún?

–Siempre me decía que no bebiese, que cuidase mis amistades, y que fuese humilde con todo el mundo, empezando por el público, porque me debía yo a ellos y no ellos a mí. Seguirlo me ha dado muy buen resultado porque, aunque tengo la gracia que Dios me dio de poder expresar un sentimiento cantando, es el público quien te tiene que aceptar.

–¿Y qué tal se le daba el boxeo?

–¡Muy mal! A primeras de cambio me noquearon y ya no me levanté. [Risas] Solo me hice boxeador para demostrarle a mi padre que podía valerme por mí mismo, pero no era lo mío. Luego me hice piloto de aviones de fumigar, cargué bultos pesados, empecé a cantar con un pequeño grupo y llegamos a viajar a Japón… No dejé de luchar.

–Y terminó cantando con Los Panchos, a los que admiraba desde niño.

–Yo no tenía ni la esperanza de conocer a Los Panchos, pero empecé a luchar para hacerme un lugar en la música. Al principio fue muy difícil, porque yo cantaba desde niño, pero no sabía que con eso podría vivir. Por eso, animo a los jóvenes a que luchen por sus sueños: se sufre, pero con trabajo al final se alcanzan y es una enorme satisfacción personal y espiritual. Eso sí: los jóvenes que quieran alcanzar sus sueños tienen que prepararse moral, psicológica, física y espiritualmente para no cometer algunos errores que yo cometí.

–Habla de los excesos de alcohol, mujeres y drogas que hicieron famosos a sus compañeros Chucho Navarro y Alfredo Gil, supongo…

–Sí.  Yo pasaba más tiempo con ellos que con mi familia, y además los había admirado antes de trabajar juntos, así que fue difícil mantenerme al margen. Por suerte soy débil y si me tomo una copa me mareo. Por eso logré sobrevivir. Si no, tal vez me habrían arrastrado al alcohol y a las drogas. A veces, por complacer, cedes a la tentación del alcohol o las mujeres, pero eso no lleva a buen puerto.

–¿Aprendió algo de aquella época?

–Me enseñó mucho ver cómo se quedaban ellos cuando tenían excesos, sobre todo mi compañero Alfredo Gil, y cómo se iban apagando. Eso me hizo echar el freno porque no quería acabar así. Si no hubiese frenado, seguramente no estaría vivo.

–La ruptura de Los Panchos, a principios de los 90, fue polémica, pero al final se reconciliaron. ¿Qué ocurrió?

–Yo tuve que registrar el nombre de Los Panchos para que nadie lo maltratase con grupitos de imitación. Mis compañeros habían lanzado copias, pero esos grupos no tenían creatividad y ya han desaparecido. Después de ver cómo pasaba el tiempo, se dieron cuenta de que yo tenía razón.

–Y en medio de una vida tan ajetreada se produjo un cambio cuando conoció a Celina, su mujer.

–¡Total! Llevamos casados 26 años en los que ha sido mi esposa, mi amiga, mi consejera, mi protectora… Al casarnos, me dijo: “Si quieres estar a mi lado, tienes que dejar los excesos”. Gracias a ella hoy soy feliz.

–Pero usted ya se había casado antes.

–Así es.  Yo venía de dos matrimonios fracasados, que se rompieron porque mis mujeres no confiaban en mí y pensaban que les era infiel.  Yo no lo era, aunque de soltero sí me iba con chicas. Nunca me había casado siendo consciente de lo que de verdad estaba haciendo. Tras los dos divorcios no quería ningún compromiso, pero un día, durante un viaje a Argentina, vi a la que acabaría siendo mi mujer, con esa sonrisa tan bonita que tiene, y sin saber si estaba casada o comprometida, me acerqué a conocerla y dejé de tener ojos para nadie más. A los tres días nos casamos por lo civil. Fue una locura de amor. Luego hicimos las cosas bien y nos casamos por la Iglesia. Decían que no íbamos a durar ni una semana y llevamos casi 27 años. Es una historia preciosa.

–Con esta trayectoria, ¿qué importancia tiene hoy la familia para usted?

–La familia es la familia, te lleves mal o bien.  Y hay que quererse.  Yo tengo siete hijos de mis tres matrimonios, y todos tienen ya su vida hecha: algunos viven en Argentina, como nosotros, y otros en México, pero si pudiera, me los llevaría a todos a mi lado.

–¿Es duro vivir tanto tiempo lejos de la familia por tener que viajar?

–Sí, se lleva muy mal. Sobre todo, cuando los niños son chiquitos y necesitan más tiempo del padre. La verdad es que yo no les di ese tiempo a mis hijos, y lamento no haber pasado más tiempo con ellos. Yo llegaba con dinero, se lo daba, y pensaba que eso era todo. Me equivoqué, porque lo más importante en la familia es el tiempo que se pasa juntos. Pero eso lo he entendido ahora, cuando ya son mayores…

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