HISTORIAS VERDES: SILVIO, EL HOMBRE DEL AGUACATE

Por Guillermo Romero Salamanca

El tinto más sabroso de Soacha lo prepara Silvio Pineda en su casa, en una esquina del lago Tibanica. Doña María, su mamá, le enseñó la receta en su tierra natal: Chinchiná, Caldas. “El secreto está en un ingrediente casi escaso en el país: cariño”.

Cada noche, Silvio se acuesta, a más tardar a las 7 de la noche. Tiene una razón: se debe levantar a la una de la mañana para desplazarse a la Corporación de Abastos de Bogotá, Corabastos, la central que moviliza unas 200 mil toneladas de alimentos cada mes.

A pesar del frío intenso producido por la laguna, Silvio, sin dudarlo, prende su vehículo en el cual recoge unos vecinos que también marchan hacia Corabastos. A esa hora se desplazan decenas de personas que en las penumbras buscan la subida por donde pasan las busetas que van para el gigantesco centro comercial de alimentos. Unos van con los deseos de cargar sus “chazas” –pequeñas zorras hechas con madera—para revender legumbres, frutas o yerbas aromáticas, otros como don Luis Chito a cortar los ameros para hacer envueltos, unos más van como cargueros y otras como cocineras o vendedoras de dulces, cigarrillos o tintos.

Camiones van y vienen. Cargadores gritan y ofrecen productos.

Silvio es uno de los 12 millones de colombianos que se dedican al rebusque, termino nacional que le da significado a las personas que inventan miles de formas con tal de conseguir dinero para llevar a la casa.

Silvio comercializa aguacates. Conoce una gran variedad de ellos. Sabe que posee vitaminas A, C, D, K y B. Asegura que es beneficioso para la salud de los huesos gracias a su contenido en vitamina D.

Le encanta leer noticias sobre el aguacate. “Unos dicen que hay más de cien variedades, pero otros dicen que son unas 400. El que más se comercializa en el país es el hass, pero también hay el bacon, fuerte, reed, negra de la Cruz, ahora el que más buscan es el papelillo porque sirva para los ajiacos, bandejas paisas, ensaladas o para consumirlo con sal sencillamente”.

“Del aguacate no se pierde nada porque cuando ya están bien maduros los llevan para hacer guacamole o para las mascarillas faciales o para el cuidado del cabello”, agrega.

Silvio pertenece al 43 por ciento de los bogotanos que viven de la economía informal. “Esto no es tan sencillo como lo plantea el gobierno. Me gustaría invitar al Ministro de Hacienda para que nos colaborara cargando unos bultos de aguacates, montarlos en una carreta y salir a la calle a venderlos. A veces se corre con suerte, pero otras veces, nos toca devolvernos para la casa sin el almuerzo”, explica.

Silvio es un hombre valeroso. “He sido desde recolector de café, sembrador de frutas, vigilante, vendedor de cebolla y cilantro, cargador, constructor y ahora vendedor de aguacate, aunque también he vendido cocos, bananos, mangos y hasta mangostinos”, explica.

“La vida hay que ponerle verraquera, imaginación, trabajo, positivismo y alegría. El día que me de tristeza, pues estaré vencido. A la cama no le llevan a uno plata. Hay que conseguirla”, manifiesta mientras mueve las manos para dar una mejor explicación a su racionamiento.

En esta semana el sol del medio día le reventó los labios y le produjo ciertos dolores de cabeza. “Estos nos pasa en verano, pero cuando hay invierno la lucha está contra el frío, mojarnos totalmente, llegar empapado a la casa y buscar maneras para no perder los productos”, agrega.

Es un líder. Todos los días pasa por la casa de doña María, su madre y le pregunta qué necesita. Lo mismo hace con sus hermanas, sus cuñadas o con sus dos hijos. No sabe lo que es el desconsuelo. Siempre está alegre a pesar de miles de adversidades que se le puedan atravesar. Él mismo levantó con pedazos de tablas y palos su casa. Con una carretilla y una pala construyó día a día una carretera para poder ingresar un carro hasta su residencia. Luego, gracias a la ayuda del Grupo Ladrillo Verde –conformado por las ladrilleras Ovindoli, Tablegres y Gredos—cimentó su nueva residencia.

El antes y el después de la casa de Silvio Pineda en El Progreso, Soacha. Foto Guillermo Romero Salamanca.

“Gracias al apoyo de ellos, he podido levantar mi casa. Yo mismo la construí y lo más importante, le he explicado a mis hijos cómo hacerla”, comenta.

No está pendiente de los movimientos políticos del país. “Ellos simplemente van por lo suyo, los unos y los otros, por estos barrios alejados del Estado, no hacen presencia, nos dejan a nuestras suertes, lo único que buscan es que nuestros hijos estén aptos para llevarlos al Ejército y ponerlos a pelear con otros colombianos pobres. Yo veo a mucha gente que se va por uno o por otro político y les digo: ¿qué han hecho ellos por ustedes? Y se quedan callados. Entonces les remato diciendo: “pónganse a trabajar más bien, despierten, amigos”.

“Yo ahora veo a mucha gente metida en las tales redes sociales. Eso no les produce una libra de arroz, ni les da trabajo…son una perdedera de tiempo. Ni comen por estar mirando esos aparatos”, cuenta mientras sonríe una vez más.

Silvio es un hombre íntegro. Cuando dice “no” es “no”. Lo mismo sucede cuando se compromete con algo. Es cumplidor de su palabra. “El que pide papeles, documentos, uno sabe que es un falso. Acá, en el mundo lo que vale es lo que uno dice, lo demás, es puro cuento. Una cédula no dice qué clase de persona es uno”.

Es amigo de sus amigos. Es un hombre que maneja su vida con algo fundamental: el respeto. “No me meto con nadie, ni lo critico, ni lo juzgo, cada uno lleva su propia responsabilidad”, ha dicho.

Sobre la llegada de miles de venezolanos comenta que “son seres humanos que buscan una oportunidad, si quieren trabajar, yo simplemente les digo, vea paisano, tome esta caja de aguacates, vale tanto, véndalos y gánese el diario. Lo importante es trabajar, no quedarse uno parado, sino movilizarse”.

“La economía de este país la movemos quienes andamos en el rebusque, comprando, vendiendo, haciendo, construyendo patria. Yo soy de la otra Colombia, la que hacemos el bien y no miramos a quien”, concluye.

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