Jorge Eliécer Campuzano con la triste y alegre historia de la malasqueña

Por Édgard Hozzman y Guillermo Romero Salamanca

Todos lo afirman, hasta el mismo Jorge Eliécer Campuzano: el mejor relato de un gol que ha hecho, ocurrió el miércoles 14 de noviembre de 1984. Jugaba el Deportivo Independiente Medellín contra el Unión Magdalena. A pesar de tener una costilla remendada, moretones en muchas partes del cuerpo y el alma en plena recuperación por el fallecimiento de su señora madre unas semanas atrás, el bugueño llevó a los oyentes la forma como el peruano Eduardo Malásquez anotó sin compasión una de las más espectaculares narraciones de su vida.

A la jugada y a la descripción, Javier Hernández Bonett las bautizó como “La malasqueña”. Los asistentes al estadio Atanasio Girardot se levantaron y los oyentes exclamaron: “qué goolaaazo”. Los asistentes estaban felices, pero se identificaban también con el dolor que sentía el locutor.

“Mi madre durante todo el año elaboraba cobijas de retazos, una obra artesanal fantástica y cada fin de año buscábamos comunidades  pobres para regalarlas. El 5 de noviembre de 1.984 a la una de la tarde, en unión de mi hija Sonia y mi novia Consuelo y, desde luego mi madre, nos fuimos por el sector de Don Matías, alto de Matasano en el norte antioqueño. Era un lunes festivo. Llegamos a una casa infinitamente humilde. Los padres y 8 hijos salieron a nuestro encuentro. Mi madre les entregó las primeras cobijas, partimos y unos kilómetros más adelante, un bárbaro criminal –con la letal mezcla de droga y licor– me embistió y allí terminó con la vida del ser que me la dio: doña Lucila…”, recuerda ahora Jorge Eliécer, a quien sus ojos no dejan de humedecerse nuevamente.

“Yo no quería volver a los estadios, ni mucho menos narrar, pero los amigos me convencieron y me comentaron que sería un tributo a mi madre, esa primera narración después de los lamentables hechos en esa noche ese miércoles, me entregué con toda el alma y desde luego le dediqué mi trabajo a ella, a quien tanta fuerza me dio en la vida”, prosigue.

Jorge Eliécer entregando el premio a Carlos Montoya

“Gracias a Dios existe el fútbol”, aclara “el espectacular” Jorge Eliécer Campuzano, el tenor de la narración, el hombre que en sus primeros años soñaba con ser bombero. Su compromiso era asistir a los ejercidos que semanalmente realizaba el Cuerpo de Bomberos por las calles de su natal Guadalajara de Buga, con calzones usados, porque en esa época los estrenaba su hermano Armando Moncada, quien los molía a medias y los remataba Jorge, azotándolos contra los andenes y las calles porque transmitía imaginariamente Vueltas a Colombia, mientras jugaba con tapas de cerveza, llenas de parafina, cáscaras de plátano naranja o jabón de manos.

Su ídolo era Honorio Rúa Betancourt.  Lo vio fugazmente cuando el gran evento pasó por Buga. Ese día, silenciosamente se prometió ser narrador deportivo cuando vio en la escotilla del transmóvil número uno de RCN a Carlos Arturo Rueda, el más grande narrador que ha tenido Colombia. Lo escuchaba y trataba de emular narrando fútbol, ciclismo y boxeo.

Esta última disciplina le tenía deparada una amarga sorpresa. En el colegio José María Cabal, narraba –sin ser invitado—las broncas  de sus condiscípulos. Un día los contendientes molestos, lo molieron a golpes.  

Sus zapatos tenían una buena cantidad de plantillas de papel periódico y cartón. Eran, además, sus primeros guayos. Admiraba a Carlos “el loco” Montaño, arquero del América en los años 60, lo mismo que a José Américo Montanini, a Pedernera, a Di Stefano y al gran Cozzi. Sin embargo, su talento no era para mover la número cinco, por lo que siempre estaba en la reserva, para cuidar la ropa de quienes jugaban y cuando tenía suerte le encomendaban el cuidado de los tres palos, los que para desdicha de su equipo no eran atendidos como debiera, porque se dedicaba a narrar lo que acontecía en el campo. Sus compañeros le gritaban: “Tapá y dejá de hablar tanta carreta oís”.  

Armando Moncada y JEC en el C 100 1978

Su hermano, el gran Armando Moncada Campuzano, también fue su tutor y modelo en el comienzos de su actividad profesional, la que inició  como promotor de ventas en la galería, como le dicen a la plaza de mercado de Guadalajara de Buga. Evocando aquellos años se refiere a esta experiencia como “La Voz del Plátano”. Desde una cabina imaginaria  anunció al cantante Tito Cortez, ídolo del occidente colombiana como si estuviera presente. Su sorpresa y la de sus anunciantes, fue la convocatoria que logró sin proponérselo. No obstante, los dueños de los puestos de la plaza, se sintieron saboteados.

Para sorpresa de Dona Lucila, su niño, el de la cara de Santo Domingo Savio, el que no rompía un plato, el ingenuo, el que algún día le pregunto, ¿por qué no tenía el apellido Bonilla –el de su padre—? y debió dar una respuesta contundente: “usted no va a tener el apellido de un vagabundo. Le di el nombre de un gran hombre: Jorge Eliécer Gaitán.

El Santo Domingo Savio, el  angelito, se casó a escondidas a los 15 años, sin tener más techo que el cobijo del hogar materno.

Doña Lucila llamó a su otro hijo y le pidió que hablara con el muchacho loco. Armando, después de la reprimenda le preguntó:

–“¿Y ahora que va hacer?” 

–Hermano no sé, ¿qué me aconseja?

–Que se ponga las pilas y trabaje. 

Armando lo recomendó con el gerente de Voces de Occidente para que comenzara  como mensajero. Pero su voz no pasó desapercibida y el 1 de septiembre de 1964 abrió el programa, “Su correspondencia musical” con el tema “Azucena” de Noel Petro. Ese día nació la gran voz deportiva, una de los tres mejores de todos los tiempos.

Su sueño de ser locutor deportivo continuaba latente. Su ídolo seguía siendo Carlos Arturo Rueda, a quien imitaba hasta fastidiar a los vecinos, quienes pedían a gritos que lo callaran.

La oportunidad de narrar un partido llegó. Fue en el Campeonato nacional de fútbol, en un encuentro entre Boyacá y Huila, para su decepción terminó  a cero goles. No pudo narrar su primer gol.

Jorge Eliécer Campuzano es el único locutor, considerado el mejor por los dos más grandes de la historia del periodismo deportivo. Carlos Arturo Rueda, padre de esta modalidad lo declaró como su sucesor, en su última entrevista para le revista Antena. Pastor Londoño, en entrevista concedida a Pantalla & Dial,  lo consideró como el mejor.

Como decía el eslogan de Súper si lo dicen los más grandes, póngale le firma.

Germán Tobón Martínez, un hombre que sabía de radio y tenía olfato para descubrir talentos, le dio la oportunidad en las ligas mayores. Lo llamó para que reemplazara a Joaquín Marino López, el dueño de la sintonía en Cali y el occidente de Colombia. El 3 agosto de 1969, narró sin ningún complejo el encuentro entre Deportivo Cali e Independiente Medellín. Lo escucharon en la capital antioqueña y Jairo Restrepo López, gerente de Todelar Antioquia lo llevó para que reemplazara a Róger Araújo.

Jorge Eliécer en el Mundial de Francia

Antonio Pardo García no dudó en incluirlo en la nómina de Todelar para el cubrimiento de los Panamericanos de 1971, donde el Circuito barrió en sintonía y catapultó a dos grandes: Jaime Ortiz Alvear y Jorge Eliécer Campuzano.

En 1972 cruzó al Atlántico para su hacer su primera narración intercontinental: los juegos Olímpicos de Múnich.

En el Circuito Todelar le oían y le creían, sin embargo su hermano, Armando lo convenció que debía hablarle al mundo y lo llevó a Radio Sutatenza, la potencia del pueblo, la frecuencia que se escuchaba en los cinco continentes. En Prodeportivo narró a dos voces, con su hermano. Fue una innovación en la radio colombiana, que tuvo una buena aceptación y los mejores comentarios de la prensa especializada.

Jorge Eliécer se dio el lujo de trabajar exitosamente en Todelar, Sutatenza, RCN y Caracol Medellín y en 1998 Ricardo Alarcón lo llevó a Bogotá para  reemplazar a Édgar Perea.

Jorge Eliécer en el Santiago Bernabeu. Archivo Personal

Esta fue una etapa inolvidable para Jorge Eliécer, conformó el mejor equipo deportivo: Hernán Peláez, Javier Hernández Bonnet e  Iván Mejía. Fueron 16 inolvidables años en Bogotá, ciudad a la que aprendió a amar y entender. Regresó a su Medellín del alma a disfrutar de sus hijos, nietos y a dedicarle el tiempo que le robo la radio a su familia.

Narra algunos partidos de fútbol, al lado de su amigo Wbeimar Muñoz, evoca momentos inolvidables como el 5-0 de Colombia en Argentina, la primera Copa Libertadores del Atlético Nacional.

Le da gracias al Señor de Buga, su Negro Amado, por haberlo salvado en 1971  de morir en un accidente aéreo, cuando el capitán  Soto de Tarca le pidió que lo acompañara y cancelara la ruta contratada.

A los pocos minutos de vuelo, el comandante le informó que el avión en el que iba a volar ese día, se había estrellado y perecieron todos sus ocupantes.

Con vergüenza y tristeza recuerda una épica anécdota. Muere en pleno partido en Cali el técnico uruguayo “el pulpa” Echamendi. Se da la noticia y entró diciendo “Que Dios lo tenga en el Averno”, sin ninguna consideración lo envió al quinto pailón.

Bailarín de un solo paso salsero, pero con él conquistó a su primera novia a los 12 años. Cantante afinado y medido pero de muy mala memoria. No se sabe una sola canción completa este melómano y barítono. Estudiante adelantado de solfeo. Sentimental y hombre de lágrima fácil. Llora viendo una película de vaqueros o despidiendo un avión de carga.

Galardonado con un premio Simón Bolívar y tiene un reconocimiento a Toda una Vida por la Asociación Colombiana de Locutores. El único narrador al que se le ha otorgado un  Disco de Oro por sus ventas, por el álbum editado por Sonolux  titulado Nacional Campeón de la Copa Libertadores.   Fue seleccionado como el mejor locutor para la ACL de 1998 -2001 -2015.

Su ídolo: Carlos Arturo Rueda. Admira a Armado Moncada Campuzano, a Pastor Londoño y a Joaquín Marino López.

En 1965, su hermano le presentó a Carlos Arturo Rueda. Ese día fue memorable para  él, le dio la mano a su maestro, a su ídolo y no lo defraudó. “Era un ser amable, irradiaba calidad humana y profesional, sencillo, era grande, inmenso”, recuerda.

Jorge narró Tour de Francia, Giro de Italia, Dauphine Libere, vueltas a Colombia, mundiales de ciclismo, mundiales de futbol, básquet ball, natación, atletismo y disfruta narrando billar por televisión, disciplina audiovisual que practica y conoce .

Tiene la mayor fonoteca, en la que está resumida toda la historia de La Copa Libertadores de América, la que fue la base de su investigación que le significó el premio Simón Bolívar de Periodismo en el 2006.

Para celebrar sus 55 años de actividad profesional está trabando en álbum en el cual resumirá la historia del Atlético Nacional y del Independiente Medellín, con las voces de sus protagonistas.

Tiene en su mejor álbum la foto del regaló de doña Lucila: su primer y único triciclo, en el que emulaba a Honorio Rúa Betancourt, ganando la Vuelta a Colombia, narrándola a media lengua al estilo de su ídolo. 

Jorge Eliécer y el regalo de doña Lucila

Jorge Eliécer Campuzano es el locutor que comenzó animando a los asistentes de la galería de Buga, es el control locutor de Voces de Occidente, el narrador de las diferentes disciplinas deportivas, el conferencista en Universidades de Colombia y agremiaciones periodísticas, el maestro de ceremonias, es hoy el espectador de sus logros y satisfacciones personales y profesionales. Sus angustias, primeras conquistas y momentos estelares los recuerda escuchando a  Tito Rodríguez con su tema “Inolvidable”, a José José, con “El Triste “y “La nave del olvido “, a Carlos Arturo y el Trío América ” Un poco más” y  a Cortijo e Ismael Rivera, con el bolerazo “Si Contara”.

Una narración:

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