Por Ricardo Ponce

Es el que te impide morir a cada momento y si no mueres a cada instante, ¿cómo podrías renacer y vivir en libertad?

El amor que penetra al corazón termina con todo a su paso. Ese vibrar más allá del cuerpo físico, muestra lo limitado de este vehículo sensorial. Aquello tan vivo no cesa en repartir dicha a cada partícula del ser. Es así, como se muestra lo eterno, siempre en este instante. Lo vivo siempre está Aquí y Ahora, nunca escapa.

¿Dónde está ahí el miedo?

Qué vida ésta con sus múltiples apariencias. Las identificaciones de nuestro ego fungiendo como aparente fuente de seguridad. Siempre con el miedo, como el gran estandarte, tan enraizado en nuestra vida. ¡Cuántas batallas le ha ganado el MIEDO al AMOR! Uno no tolera al otro, porque uno es pasado, presente y futuro y el otro es tan vivo que sólo es presente, no puede vivir en la ilusión de otro tiempo, claro que tendría que perder. ¿Cómo ha ganado el fragmento sobre el entero? ¿Cómo le ha ganado el MIEDO al AMOR? ¿Cómo hemos caído en el miedo?

Esta humanidad que así ha fundamentado sus sistemas, aquellos de los que tanto nos quejamos, pero que aun así seguimos alimentado. Desde la madre que ve en el miedo, su más eficiente arma para la obediencia de su hijo. ¿Cómo hemos seguido promoviendo el miedo con nuestros actos inconscientes? ¿Cómo es que la humanidad ha usado este mecanismo para que las cosas sucedan? ¿Por qué usar la vibración más baja con tus semejantes? Y aún, con mayor frecuencia sobre tus “seres queridos”. ¿Qué tan envueltos en el castigo y la recompensa estamos?

Pero ¿de dónde surge ese miedo, ese sentir tan único que brinda? ¿Es real? Si lo sentimos lo es, pero ¿en el “presente vivo” está ahí? y ¿en el aquí y el ahora, lo podemos palpar? ¿Es tan vivo como el amor? Y si no está aquí, ¿cómo es que lo podemos vivir?, ¿cómo es que, si no es real, permanecemos en él?

¡Siempre quieres controlar todo lo que sucede! ¡Qué miedo aquel al percibir que hay cosas más allá de tu alcance! Inquietante inseguridad. ¡Qué miedo a lo desconocido!, pero si ahí es donde lo majestuoso se hace presente, tú mismo niegas lo divino ¡Qué ganas de negar la experiencia de lo inconmensurable!

El presente siempre será desconocido, siempre es nuevo, nunca conocido. Es por eso que nos da tanto miedo, pero ¿de qué se quiere proteger aquello que produce este miedo? Ese límite que nos hace encerrarnos, nuestro ego. ¿Ante qué te detienes? ¿Existía antes esa barrera? o ¿tú la has creado para ti mismo?

Claro que, si existe un peligro ante ti, te detienes, ni siquiera tienes que pensarlo. Si hacia ti viene una serpiente venosa te aseguro que no iras tras ella. Tomarás el camino contrario, pero ¿qué pasa cuando no existe nada real, sin embargo, tu pensamiento cree que sí lo es?

El miedo surge del pensamiento. Ese pensamiento es el movimiento de la memoria en la cual hemos acumulado experiencias personales, conocimientos, ideales, creencias, dogmas. Todo ello no es parte de nosotros y, por lo tanto, nos brinda conflicto. Es parte del pasado que ya está muerto.

Para que la memoria se active, primero debemos reconocer la situación que está frente a nosotros. El ego siempre querrá reconocer aquello que sucede. Ese ego es inseguro, porque es el pasado, es una ilusión. Tiene que saber dónde está parado y qué está sucediendo, de lo contrario el miedo surge, pero también surge, si aquello que reconoce trae consigo algún recuerdo que lo haga brotar. Así que le tememos a lo conocido y a lo desconocido.

De esta manera, el ego al reconocer la situación debe de ir a la memoria, a todo ese almacén del pasado para decirnos que está sucediendo en éste preciso instante.

¿Qué es todo esto que nos está sucediendo? Ese momento en que se pone a trabajar nuestra memoria, se llama pensamiento. Ahí, esa memoria plagada de emociones trae al presente todo el pasado y nos corta lo vivo. Es así, como lo que sientes en el momento en el que vives, muere con una emoción.

Supongamos que estás en un cuarto oscuro, y digamos que tienes la creencia que en la oscuridad los espíritus malignos van tras de ti. Estás ahí y todo es oscuridad.

¡Nada sucede! Puedes oler, escuchar, sentir y nada pasa. En el momento en el que reconoces que estás en completa oscuridad, tu memoria recuerda que en ella aparecen los malignos y es cuando surge el miedo. Aunque no está pasando nada, tú lo haces real. El pensamiento lo hace surgir y por lo tanto, limitas la experiencia que podrías vivir en ese momento. No sólo eso, tú cuerpo físico lo vive, respondiendo al miedo. ¿Qué haces cargando todo ese pasado contigo? ¡Dejas de vivir! Y sólo se vive en el presente.

¡Qué gran obstáculo para VIVIR es el miedo! Te impide morir a cada momento, si no mueres a cada instante, ¿cómo podrías renacer? Y pretendes vivir en el presente donde todo es nuevo y lo viejo no tiene cabida. Donde sólo se trata de sentir y no de pensar, y de vibrar desde ese SER que está en constante movimiento en una vida que también lo está a cada instante.

Es así como el pensamiento hace surgir el miedo. Ese miedo que no te dejará morir, porque el ego no dejará que acabes con él, pero si éste no muere, ¿cómo podrías desechar el pasado? Todo eso muerto lo haces resurgir de sus cenizas y esas cenizas se hacen neblina ante tus ojos.

Cuando el pasado tiene continuidad, el deterioro es inminente. Basta con ver la miseria que hemos construido TODOS. ¿Cuántos nos hemos negado a la vastedad de lo eterno? Ahí donde siempre estamos, ahí donde sólo vibramos, donde el fuego siempre es nuevo, porque siempre muere y renace. Bendita muerte que hace surgir la vida. Así es el amor, el amor destruye y construye siempre sobre suelo fértil.

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