Por Guillermo Romero Salamanca

En los primeros días de ese agosto María Beatriz me dijo que ya tenía trabajo. Un amigo de la universidad le había conseguido un empleo como ejecutiva de ventas. No me parecía que estuviera 8 horas por fuera de la casa y nuestros dos pequeños hijos necesitaban aún de su compañía: Rodrigo, tenía escasos 6 años y Camila, tres.

Yo estaba en el negocio de la finca raíz. A veces encontraba clientes y había que organizar diversos planes. No tenía horario y esto me permitía estar un rato más con mis hijos. Rosita, nuestra empleada, arreglaba la casa y recibía los niños cuando llegaban del colegio.

María Beatriz comenzó a llegar tarde a la casa, primero era a las 8, luego a las 10 y después un poco más tarde. Siempre estaba en comidas con clientes, negocios de la empresa, se le apagaba el celular, se le varaba el carro, no aparecían los taxis y una decena de disculpas más.

Una noche de septiembre llegó ebria y me comentó que era porque estaban en celebración del Día de la Amistad. Lo mismo pasó en noviembre cuando estuvieron en la despedida de la empresa y en diciembre hicieron reuniones durante las dos primeras semanas.

Cuando empezó el año le dije que dejara ese trabajo y me ayudara con lo de finca raíz. Lloró mucho. Me dijo que sentía extraños sentimientos y que estaba demasiado cansada. Unos meses después llegó con la noticia: “se sentía sola”. Agregó: “usted ya no me quiere”. ¿Perdón?, le alcancé a contestar y de una, sin miramientos, me pidió el divorcio. Los niños escucharon sus palabras y sus llantos.

Me fui con los niños a Unicentro, ese día almorzamos juntos, caminamos, entramos a cine y regresamos tarde a la casa. María Beatriz no estaba y se había llevado sus cosas. Una semana después llegó por los niños, con el subterfugio de estar con ellos y se los llevó para su nuevo apartamento. Pasarían 8 días cuando me llamó un abogado, pidiéndome que firmara unos documentos porque ella saldría del país, su nueva pareja, su compañero de universidad y de trabajo, había sido nombrado en una sucursal de la gran empresa.

Ella me llamó justo en ese momento y me pidió que le ayudara, que era una oportunidad para progresar y que los niños tuvieran otra visión del mundo, un nuevo idioma, nuevas escuelas y nuevas oportunidades. No sabía qué hacer. Me sentía abandonado en el mundo. Mi más cercano amigo, a quien le contaba todo, falleció en una clínica esos días. Firmé con una tristeza grande en el alma.

Se fueron todos. Cuando abrí la puerta de mi casa sentí un gran vacío. Aún había juguetes tirados en la sala, estaban sus bicicletas recostadas en la pared del garaje y en el patio el balón de Rodrigo estaba ya desinflado. En sus cuartos los muñequitos que habíamos pintado juntos parecían acontecidos. En la cocina estaban los pocillos de colores para sus cereales con leche y en sus baños, estaban aún colgadas sus toallas una rosada y otra azul.

No quise escuchar música ni ver televisión. Tampoco leí mis revistas y estuve hasta bien tarde de la noche en la sala, con la luz apagada. El frío me llevó a la cama. Las sábanas estaban heladas.

Un año después me llegó una citación del ICBF. Debía responder por una demanda de alimentos. Acudí cabizbajo a la reunión, estuve meditativo y me comunicaron que debía pasar una mensualidad para contribuir con los gastos en sus estudios. María Beatriz me llamó y me habló del inminente nacimiento de su nuevo hijo y agregó que su nuevo esposo, no tenía por qué hacerse cargo de unos niños que no eran de él.

Se me vino el mundo al suelo. Yo había comenzado a salir frecuentemente con una amiga y ese día le dije comuniqué que tomara otro camino, no podría soportar una relación en estos momentos.

Distribuía mi tiempo viendo lotes, fincas, edificios, apartamentos, casas y oficinas. Llegaba a mi casa y preparaba algo de comer o, sencillamente, pedía una pizza. De vez en cuando hablaba con mis hijos porque cuando llamaba estaban en el colegio o habían salido.

Pasaron así diez años. Un día, de repente, llegó a la casa Rodrigo. Ya era un joven grande. Casi no lo conozco. Estaba delgado y mantenía una mirada extraña. Hablamos un rato y me comentó que su madre y su nuevo esposo, ya no le querían en ese país y le habían devuelto para que yo lo cuidara. Lo veía como a un desconocido. No entendía lo que sucedía. Le preparé unos huevos revueltos y un café con leche como a él le gustaba de niño.

Vivir con él era convivir con un extraño. Salía temprano y llegaba tarde. No daba explicaciones.

Pasaron unas cuántas semanas cuando a mi puerta llegó una patrulla de la Policía. Rodrigo estaba en una Estación y aún sin entender, acudí allí. El oficial de guardia me contó la más aterradora historia: “Debe corregir a este muchacho para que evite meterse en más líos”.

–¿Qué tiene?, le pregunté al oficial.

–¿No ve? Las drogas lo tienen al borde de la muerte.

Abrí los ojos con espanto y llevé a Rodrigo a la casa. Busqué la forma de cuidarlo. Procuraba no dejarlo solo, pero por las noches, saltaba la pared, se iba y llegaba más y más drogado. Se me fueron perdiendo mis relojes, la licuadora, la plancha, el equipo…

Lo llevé a un centro de rehabilitación. Lo que había comenzado –según me dijo—en una reunión del colegio con pequeños soplos de marihuana, lo tenían ahora con ácidos. Hasta por los ojos se drogaba. Fueron seis meses de angustia esperando una rehabilitación.

En una reunión el director me manifestó que podría ir por unos días a la casa. Estuvo bien una quincena.

Una noche llegué a la casa y estaban rotos los vidrios de la mesa, de la alacena, de la ventana de la sala. Parecía loco y me enfurecí tanto que lo saqué de la casa. Ya no lo aguantaba más. Fue mi primera reacción.

Días más tarde, él me demandó por abandonarlo y ante el juzgado acudí a dar mis descargos, pero me sacaron más desilusionado. Debía darle vivienda y alimentos. Aún era menor de edad.

Lo encontré unas calles cerca de mi casa. Me gritó, me insultó y dijo algo que jamás pensé escuchar de mi hijo: “Te voy a matar”.

Yo creía que todo obedecía a un instante de rabia y reflexionaba: “¿Cómo me puede matar mi hijo, al que cuidé de niño, lo cargué, le cambié sus pañales, le di de comer y jugábamos…?” No. Esto parecía una mentira.

Una tarde fui a ver una finca cerca de Bogotá. Cuando abrí el garaje sentí un golpe en la cabeza y no recuerdo más. Desperté en el hospital días después. Me dolía la nuca. La enfermera manifestó con algarabía: “hola señor”. No sabía dónde ni por qué estaba allí. Traté de moverme y estaba amarrado a la cama y cuando quise hablar, el tubo que tenía en la boca, me lo impidió.

Dormía a ratos. Veía mi nombre en una placa en la pared. Debajo decía: no puede caminar solo y más abajo la fecha.

Un sábado el médico me dijo que me daría de alta. Había estado allí tres semanas. Un primo se había hecho cargo de mi estadía en el centro asistencial. Me llevó a la casa y me comentó que pasaría a la mañana siguiente.

No sé cuánto dormí. Estaba en mi helada cama, pero eran mis sábanas, mi almohada y mi cobija.

No había televisor, ni radio. El celular no estaba en la mesa de noche. Muchas cosas ya no estaban.

Eran horas de soledad, de silencio total en aquella casa. Mi primo venía y me colaboraba al máximo. Me traía la ropa limpia, me hacía pequeños mercados, me conversaba, pero a la hora se marchaba. Siempre se lo agradeceré.

Restablecí mis rutinas y mis contactos, explicando a cada persona, algo de lo que había sucedido. Se perdieron negocios, se esfumaron oportunidades, se fueron en el olvido ciertas campañas.

Anoche era viernes. Rodrigo llegó a la casa rompiendo la puerta y los ventanales. Azotó las cortinas. Empezó a gritar y los vecinos llamaron a la policía. Por fortuna unos agentes aparecieron a los 40 minutos. Los motorizados trataron de calmarlo y cuando los vi, salí a la calle en pijama, con un blue jean en la mano, una camiseta y una chaqueta. Estaba en pantuflas, pero les rogué que me llevaran a la Estación. Era mi única protección.

Estoy acá, en un calabozo, en medio de un grupo de personas que no conozco. Uno de los detenidos tiene puesta mi chaqueta. Otro, cambió mi jean por un viejo pantalón y uno más exhibe mi camiseta. Los olores a orines y restos de marihuana penetran por mi nariz. He detectado que la mejor posición es permanecer en cuclillas. Llevo una hora así. Me da miedo salir a la calle. No quiero la libertad. Busco protección. No deseo volver al hospital. Me dicen que mi hijo Rodrigo, al cual cargué, le cambié sus pañales, jugué con él, lo llevé al colegio y le di de comer, me espera airado en la puerta.