Por Guillermo Romero Salamanca

Una mañana de octubre de 1982 me llamó Fernando López, gerente de promoción de Codiscos y con su voz medio ronca me dijo: “Hombre Guillermo, ¿por qué no le haces una entrevista al Binomio de Oro?”. Trabajaba yo en Colprensa y escribía “Pantallazos”, columna del espectáculo que se publicaba en El Colombiano, Vanguardia Liberal, La Opinión, La Patria, El Universal, El País, La Tarde, El Derecho y El Heraldo.

Comenté la sugerencia en el comité de redacción y don Orlando Cadavid, director de la agencia, dio el visto bueno. Llamé a Rafael Orozco y muy amable me comentó que en unos días estarían haciendo promoción de su nuevo disco y cantando por primera vez en Bogotá.

Los acompañé entonces a su actuación en la Media Torta, donde la programadora Coestrellas grababa “Sabariedades” con Fernando González Pacheco y Carlos Benjumea. Unas diez mil personas acudieron al llamado y coreaban “Porque no te tengo mi vida es que estoy así, porque no te tengo mi vida yo no soy feliz. Si me ven llorando, juro que es así. Si no te decides ni negra. Qué será de mí, que será de mí”. 

Eso era la locura.

Después interpretaron “Esa”  de José Vásquez, “Quevas”. Cuál es la que llora cuando ve que estoy sufriendo, cuál es la que calla cuando no hay para comer, esa, la que está en la casa por nuestro hijo viendo la de temple de señora y talla de mujer”.

Decenas de muchachas querían abrazar a Rafael, le pedían autógrafos, lloraban, gemían cantando. Era una histeria colectiva.

Pacheco y “el gordo” Benjumea se regodeaban viendo el espectáculo y aseguraban que tendrían éxito total en la transmisión una semana después.

Esa noche, El Binomio de Oro y Diomedes Díaz hacían un “Súper concierto” en el Club de Oficiales de la Policía Nacional, localizado a un lado de El Tiempo. La emisora que impulsaba el espectáculo era Olímpica Estéreo, dirigida por el genial Alberto “el gordo” Suárez.

Desde las 3 de la tarde las personas comenzaron a hacer fila para ese espectáculo que reuniría, por primera vez en Bogotá, a los dos grandes ídolos del vallenato. La idea había surgido de Raúl Campos, quien había sido promotor de Diomedes en CBS y que ahora veía una oportunidad para lanzarse también como empresario artístico. 

Meses antes, en una pelea por el primer lugar de Diomedez, Campos rayaba con una puntilla las canciones del Binomio en las emisoras.

A pesar de su maña, no logró su cometido y el Binomio era ya una institución. El contrato que les hizo Raúl Campos, consistía en dos presentaciones de una hora cada una y recibir como compensación 220 mil pesos. Los acompañaron también Los Reales Brass de Oscar D´Bernaus y Nelson Díaz.

No cupo la gente. Se quedaron por fuera más de 2 mil personas que de todas formas se gozaron el concierto bailando en el parqueadero y en las calles aledañas del Club.

La crónica fue bien recibida por los periódicos y a partir de ese momento, establecimos una gran amistad con el Binomio de Oro, especialmente con Rafael Orozco, a quien yo molestaba diciéndole que el lunar que tenía en la quijada era postizo porque en una carátula había salido al lado izquierdo y él lo tenía en el derecho. En sus ratos libres cantaba canciones de Óscar De León, Yaco Monti y de Antonio Aguilar y contaba como cuando era niño las entonaba mientras cargaba agua en tarros para llevar a su casa.

Cuando viajaba a Bogotá le fascinaba hospedarse en el hotel Bacatá de la calle 19 con quinta y nunca comía solo. Lo acompañaban seguidores, compadres, amigos, periodistas, gente de radio y empresarios. Le gustaban los espaguetis a la carbonara que preparaban allí. Otro de sus gustos era visitar almacenes de ropa. Se los conocía todos y pedía sacos de cuello de tortuga para usarlos en sus presentaciones en climas fríos. Vestía impecable tanto en tarima como en la calle. Pantalones bien planchados, zapatos brillantes. Y perfume, mucho perfume.

Por la calle la gente se quedaba mirándolo en principio y luego era como una lluvia pidiéndole que les firmara cualquier papel, agenda, recibo y cuando pasaba por las casetas por donde vendía discos, se agotaban en segundos.  Después tocaba llamar a la policía para protegerlo o subirse en el primer taxi que pasara y lo llevara unas dos calles arriba.

Después de mi trabajo en Colprensa y Periódicos Asociados, Fernando López me pidió que le ayudara con un trabajo de prensa para El Binomio en Bogotá. Querían reforzar su labor de promoción. Marcos Barraza, su empresario, q.e.p.d. negoció conmigo los emolumentos. Había que golpearle duro al codo al hombre, pero bueno, se hizo una labor.

Llamé a Moisés de la Cruz, quien había sido promotor del Binomio en la Costa y me contó toda la historia del grupo con lo cual elaboré el primer boletín. Luego contacté a Édgar Sierra, jefe de redacción de El Espacio para ofrecerle una entrevista en exclusiva con El Binomio de Oro. “¿Eso es una lotería?”, me dijo reventado de la risa. “Eso no me gusta. Ese vallenato romanticón no es de mi agrado. Tráigalos a ver qué pasa”, me dijo y nos fuimos en un taxy y les comenté que no era como bueno el ambiente en el periódico.

El Espacio funcionaba en la calle 26 y cuando arribamos a sus oficinas, las señoras de la gerencia, contabilidad, redacción, impresión…se aglomeraron para tomarse fotos, que les firmara algo y les dieran besos.

Édgar fue duro con sus preguntas, pero Rafa lo fue convenciendo con sus respuestas. Duramos unas dos horas allí. Dos días después la respuesta fue impresionante: Portada y las dos páginas centrales. Por primera vez se hablaba así de un grupo vallenato en Bogotá.

Después vinieron decenas de notas, entrevistas, medios acá y allá, encuentros en Valledupar, Cartagena y Barranquilla. Y seguimos en nuestras carreras cada uno.

El 11 de junio de 1992 yo dirigía 99.1 FM en Cali y escuché la noticia. Habían asesinado a Rafael Orozco. ¿Qué habría pasado? No lo podía creer. Al día siguiente me uní a los sentimientos de dolor de miles de colombianos y más de una lágrima rodó por mis mejillas. Han pasado 26 años y cuando paso por la calle 19 me parece verlo firmando autógrafos y acicalándose los pelos del lunar de su mejilla.