Por Guillermo Romero Salamanca

Muy temprano, el 26 de junio de 1975 monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer celebró la Eucaristía —ofreciéndola por la Iglesia y por el Papa, como era su costumbre—, desayunó y se dirigió a Castelgandolfo, donde sostuvo un breve encuentro con mujeres del Opus Dei.

Entre todos haremos una labor eficaz, les dijo. Sacad motivo de todo, para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a su Iglesia y al Santo Padre.

Se sintió repentinamente mal y regresó a Roma. En el camino rezó el Rosario. Faltaba poco para las doce del mediodía. Saludó al Señor en el Sagrario, con una genuflexión pausada y reverente, y se dirigió hacia su cuarto de trabajo. Al entrar, miró con cariño una imagen de la Virgen de Guadalupe.

De pronto se sintió gravemente indispuesto:

–¡Javi! No me siento bien.

Y cayó desplomado en el suelo, víctima de un infarto.

Marchaba al cielo el Fundador del Opus Dei –Obra de Dios, en latín–, institución jerárquica de la Iglesia católica, una prelatura personal, que tiene como finalidad contribuir a la misión evangelizadora de la Iglesia.

En las primeras horas de esa tarde, embajadores de diferentes países acreditados ante la Santa Sede, Cardenales, el Nuncio de Italia, el sastre que le hacía las sotanas, con su mujer y su hija; obreros que habían trabajado en Villa Tevere –la sede central del Opus Dei en Roma–; el Cardenal Arzobispo de Guatemala –que pocos días después ordenaría a cincuenta y cuatro miembros de la Obra–; el subjefe de la Policía; la empleada doméstica de los sobrinos de San Pío X, numerosas religiosas, el Prepósito General de la Compañía de Jesús; intelectuales italianos; una delegación del Ayuntamiento de Barbastro y decenas de personas del común que sentían una deuda de gratitud con quien años más tarde sería llevado a los altares: Josemaría Escrivá de Balaguer.

La noticia llegó al más de 50 países donde ya tenía presencia el Opus Dei.

San Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro, al norte de España, el 9 de enero de 1902.

Al terminar el bachillerato, comenzó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Logroño y el 28 de marzo de 1925, fue ordenado sacerdote. Unos días después fue nombrado regente auxiliar en la parroquia de Perdiguera, un pueblo campesino español.

Dedicó años a la atención de los enfermos en los hospitales de Madrid.

El 2 de octubre de 1928 nació el Opus Dei. Mientras predicaba unos días de retiro espiritual, y cuando medita los apuntes de las mociones interiores recibidas de Dios en los últimos años, de repente vio —es el término con que describirá siempre la experiencia fundacional— la misión que el Señor quería confiarle: abrir en la Iglesia un nuevo camino vocacional, dirigido a difundir la búsqueda de la santidad y la realización del apostolado mediante la santificación del trabajo ordinario en medio del mundo sin cambiar de estado.

Pocos meses después, el 14 de febrero de 1930, entendió también que el Opus Dei debe extenderse entre las mujeres.

Desde este momento, se entregó en cuerpo y alma al cumplimiento de su misión fundacional: promover entre hombres y mujeres de todos los ámbitos de la sociedad un compromiso personal de seguimiento de Cristo, de amor al prójimo, de búsqueda de la santidad en la vida cotidiana.

No se consideraba un innovador ni un reformador, pues estaba convencido de que Jesucristo es la eterna novedad y de que el Espíritu Santo rejuvenece continuamente la Iglesia, a cuyo servicio ha suscitado Dios el Opus Dei.

En 1933, promovió una Academia universitaria porque entendió que el mundo de la ciencia y de la cultura es un punto neurálgico para la evangelización de la sociedad entera.

En 1934 publicó —con el título de Consideraciones espirituales— la primera edición de Camino, libro de espiritualidad del que hasta ahora se han difundido más de diez millones y medio de ejemplares, con 372 ediciones, en 44 lenguas.

En 1936 estalló la guerra civil española. En Madrid arrecia la violencia antirreligiosa, pero san Josemaría, a pesar de los riesgos, se prodigó heroicamente en la oración, en la penitencia y en el apostolado. Es una época de sufrimiento para la Iglesia; pero también fueron años de crecimiento espiritual y apostólico y de fortalecimiento de la esperanza.

En 1943, por una nueva gracia fundacional que recibió durante la celebración de la Misa, nació —dentro del Opus Dei— la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que se podrán incardinar los sacerdotes que proceden de los fieles laicos del Opus Dei.

La sede central del Opus Dei quedó establecida en Roma.

La vida del Fundador del Opus Dei se vio caracterizada por todo tipo de pruebas: a la salud afectada por tantos sufrimientos –padeció una grave forma de diabetes durante más de diez años: hasta 1954, en que se curó milagrosamente–, se añaden las estrecheces económicas y las dificultades relacionadas con la expansión de los apostolados por el mundo entero.

Son recordadas sus catequesis que adelantó por Europa y América en las décadas de los sesenta y setenta y en el momento de su fallecimiento el Opus Dei ya estaba en más de 50 países y contaba con unos 60 mil miembros en el mundo entero.

El 13 de octubre de 1951 llegaron los primeros miembros del Opus Dei a Colombia. En la actualidad adelanta actividades apostólicas en Bogotá, Medellín, Cali, Manizales, Bucaramanga, Barranquilla, Santa Marta, Ibagué, Magangué, Pivijay, Chía, Cartagena, Neiva y Pereira fundamentalmente.

El 6 de octubre del 2002, san Juan Pablo II canonizó a Josemaría Escrivá de Balaguer en la plaza de san Pedro en Roma y lo denominó como el santo de lo ordinario.

JOSEMARÍA en una tertulia en Brasil.