UN CAMIONERO DECENTE

Por Guillermo Romero Salamanca

Cuando el maestro de maestros Orlando Cadavid Correa dirigía Colprensa, en las reuniones de redacción, siempre nos decía que debíamos mejorar el léxico, es decir, enriquecer el vocabulario en nuestros escritos.

Desde ese momento el diccionario Larousse se volvió compañero de viaje en escritorios de revistas, emisoras o periódicos.

Con colegas como Roberto Orlando Vargas Galvis, Bernardo Colmenares, Fabio Fandiño, que en paz descanse, José Vicente Arizmendi, Hernando Salazar, entre otros, nos propusimos entonces presentar una nueva palabra cada día.

Fue un gran ejercicio. Pasó el tiempo y cada uno tomó caminos diversos. 

Con los años retomé el adiestramiento de encontrar significados a nuevas palabras. Luis Bolívar es un conductor de camión –que me acompaña en las travesías por Cazucá, en Soacha a llevarles ladrillos a los destechados—y le comentaba que debía mejorar su terminología, dejar de lanzar madrazos cuando se le atravesara otro vehículo, alegar con otro conductor o hablar con los mal instruidos agentes del tránsito.

Por ejemplo, le manifesté: no exprese más gonorrea, que suena feo, aplique mejor blenorragia. No más chirrete ni chisguete, simplemente diga catalina y no use más ese madrazo tan grande que asusta a la gente, intimida policías y le puede traer problemas, utilice entonces máncer, que es el término para designar a las hijas de mujeres casquivanas.

Luis es un muchacho obediente. Dejó de enviar improperios por las congestionadas vías bogotanas, ya pedía el favor para cualquier atención y cuando hablaba por el celular con sus colegas, se refería a ellos como cófrade, coadjutor o hasta camarada. Al ayudante ya no se refería como el “chino”, sino el colaborador, coagente, asistente, agregado o yuxtapuesto, según el caso.

Llegó el día del examen. Una mañana de domingo en plena avenida Boyacá, salió un carro y se le cruzó de forma brusca. La corneta sonó hasta el cielo. El otro conductor se le atravesó. Se bajó vociferando toda clase de terminología con la cual insultaba a los antepasados de Luis y sobre todo ofendía de enorme manera a su progenitora.

Luis se apeó lentamente y se dirigió al supuestamente ofendido, quien iba con la esposa, la mamá y un hijo. La engraciada consorte también se despachaba con un glosario que hubiera sonrojado a un zorrero.

Nuestro transportista de marras les dijo: “Miren, por favor, cálmense. No sé en qué blenorragia venía pensando. Respete a su matrona que es una señora prístina, sin mácula, nívea. Cuando se encaminó a la esposa, le dijo: “usted es una verdadera catalina, tiene una mente oblonga y usted, señor, es  simplemente un máncer. Sigamos nuestro camino y todos llevaremos una vida sosegada”.

Al escuchar esas rimbombantes frases, los supuestamente ultrajados, bajaron la cabeza y el conductor le extendió la mano a Luis.

Cuando ya estábamos subiendo al camión, la señora, le preguntó a Luis. ¿Qué es máncer?

Y él le contestó, como le salía del corazón: “mire el diccionario vieja pichurria”.

 

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