Una botella por Juan Vicente Torrealba, el maestro del sentimiento llanero

Por Guillermo Romero Salamanca

Fue necesario leer varias veces la noticia: “Falleció Juan Vicente Torrealba” para comprender que este 2 de mayo el compositor que hizo llorar a miles de hombres con sus canciones, había partido para el cielo.

Gracias a la tecnología existe YouTube para volver a escuchar algunas de sus canciones y menos mal que hay servicio de mensajería en las licorerías. ¿Quién puede tomar un jueves, después de un Primero de Mayo, solo, mientras se escribe una remembranza del poeta del llano, de maestro del arpa y de la composición con un mensaje que lleva nostalgia, pasión e idilio? Únicamente quienes tienen han deleitado sus obras.

No es un momento para libar, pero sí, para recordar aquellas noches bohemias en las cuales, bajo el más agrio reconcomio se escuchaba la magistral interpretación de Marco Antonio Muñiz, quien luego de unos compases con una diáfana y exquisita arpa soltaba su torrencial voz entonando: “Horas de amor solito por la llanura, sin tu calor, tus besos y tu ternura, me prometiste que nunca me olvidarías, que nuestro amor, ni el tiempo lo borraría…”

Es parte de “Solito con las estrellas”, una de las obras del maestro Juan Vicente.

Y es que los hombres también soltamos sollozos, de verdad, con el más grande sentimiento y se nos apaga el alma escuchando el siguiente verso: “Pero una noche me dijiste muy feliz, ya no te quiero ni puedo pensar en ti, y esa noche sin motivo y sin razón, mataste toda ilusión de aquellas horas tan bellas, que dejaron honda huella en mi triste corazón, y me dejaste solito con las estrellas”.

A más de uno le habrá pasado una historia de estas, me imagino.

Hace unos días, la tarjeta de operación del taxi llevaba el apellido Torrealba. Le preguntamos si era familiar de él y el tímido operario respondió afirmativamente, que era su sobrino y que por ciertos motivos políticos y de dificultades en el vecino país había llegado a Bogotá, donde ya no era administrador de empresas sino taxista.

Mas se sorprendió cuando nos oía que le tarareábamos temas como “Rosario”, “Concierto en la Llanura”, “Madrugada Llanera”, “Alma llanera”, “La potra zaina”, “Aquella noche”, Muchacha de ojazos negros”, “Sinfonía en El Palmar” y, desde luego, la siempre presente “Solito con las estrellas”, como parte de un repertorio de más de 300 canciones que escribió el maestro que el pasado 20 de febrero cumpliera 102 años.

El maestro Torrealba, uno de los grandes intérpretes del arpa. Fotos juanvicentetorrealba.com

El hombre sintió una inmensa felicidad al saber que en Colombia se recordaba a su familiar.

El frío de esta triste noche bogotana se acentúa y los vecinos me piden el favor de bajarle un poco al volumen cuando suena otra de sus inolvidables canciones: “Muchacha de ojazos negros”.

“Solamente dos favores, quisiera pedirle a Dios: ser patrón de tus amores, ser el eco de tu voz. Muchacha de ojazos negros, no puedo vivir sin ti; escucha, vida mía, llevo una pena en el alma, que crece lentamente, desde el día en que te vi”.

“Yo no quiero ilusiones, tan solo en la vida mía, yo quiero gozar un poquito, las mieles de la realidad. Y después de volcar mi cariño en el tuyo, hacer como el ave que cruza, cantando por la inmensidad…”

El maestro era llamado como un “hombre de caballo, soga y toro bravo”. Aunque nació en Caracas fue criado en un pueblo de Camaguán, donde aprendió a tocar el arpa llegando a ser uno de los grandes virtuosos, mientras acometía sus labores del campo, desde enlazar terneros, ser caporal y administrador de hato.

“Campesina, campesina, ya viene la madrugada, se oye el bramar de las vacas en medio de la sabana. Los gallos están cantando muy cerca de la enramada.
Levántate, campesina que viene la luz del día ya cantó la guacharaca a las orillas del río, y agua ya pidió el carrao, aunque se muera de frío. Aa… aay …, campesina, campesina oye sonar la guarura que viene por la espesura, cruzando montes y ríos. Ya se le escucha el tañío que anuncia la mañanita. Levántate campesina, anda a pasear la sabana que ya llegó la mañana con su fragante frescura, y adorna con tu hermosura la tierra venezolana”,
dice la hermosa “Campesina”.

En sus últimos años recibió toda clase de premios y de homenajes, desde el Grammy hasta el doctorado Honoris Causa de la Universidad Pedagógica Experimental –Upel—el pasado 3 de abril.

Fue profesor honorario de la Academia Militar de Venezuela, fue condecorado más de 45 oportunidades y el ministerio de Educación venezolano le confirió la “Orden Andrés Bello” en Primera Clase, máxima distinción del país. Y fue designado como una de las 100 personalidades latinoamericanas más destacadas del siglo XX.

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Con Reinaldo Armas cuando celebró sus 100 años.

En las ramas de un samán, los gallos buscan el día, en las ramas de un samán, los gallos buscan el día. Y cruza la lejanía, un canto de alcaraván, la,la,la,lay, la,la,la,la. La copla del becerrero, cantándole a la vacada, la copla del becerrero, cantándole a la vacada, palpita en la madrugada, del botalón al tranquero, la,la,la,lay, la,la,la,la”, escribió en  “Madrugada campesina”.

Hoy la gran llanura colombo venezolana gime su partida. No hay rincón en toda esa región donde no se escuche una canción del maestro y desde ya, las emisoras están realizando sendos homenajes con sus canciones que desfilaron en noches de vaquería, en festivales de la canción y en los más importantes canales de televisión de América y Europa.

¿Quién no se acuerda de La Potra Zaina? Es momento de humedecer un tanto el cogote.

Les contaré señores la historia más bonita, de linda potranquita, con ojos soñadores, colita de caballo, andar pasi trotero, de crines muy hermosas, corría por los esteros. Era una potra muy singular, no conocía el amor, no conocía corral, no conocía bozal, solo quería vivir por el palmar.

Era la potra zaina, la flor de la llanura, caballos y potrones, sufrían por su hermosura; coqueta se miraba, su sombra en la laguna, paseando en las sabanas en las noches de luna.

Ha muerto el ídolo de la canción del sentimiento llanero. Sollozan las arpas, los capachos y los cuatros y las voces de los cantores recitan sus melodías con las cuales han hecho vibrar los corazones de millones de seguidores del folclor.

El envase está casi desocupado y la pantalla se hace cada vez más borrosa, pero con su música metida en los audífonos y la lágrima rodante, se escucha otra de esas canciones que tantos recuerdos recaen de aquellos años de libertad.

“Aquella noche” merece el último sabor de este néctar: “Recuerda mujer querida, mujer querida, que me juraste tu amor y que te faltó valor faltó valor para ser mi consentida. Hoy recuerdo aquellos besos, aquellos besos, que nos dimos junto al mar y nunca podré olvidar, aquella noche de gran derroche, entre las sombras y el cocotal bajo las luces de las estrellas, eras tan bella y tan sensual. Y aquella boca que fue tan loca y a la que nunca podré olvidar podré olvidar….”

No lloren, ya lo hice por todos ustedes. Si hay errores, disculpen, el teclado se mueve a esta hora.

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