Por Guillermo Romero Salamanca
En 1975 Miguel Granados Arjona era el jefe la música en Bogotá. Él marcó la pauta durante muchos años y disco que promocionó fue necesario conseguirlo.
En abril de ese año, Miguel, con su extraordinaria voz, en su programa «El rincón costeño» presentó un sencillo –como así se denominaron a los acetatos pequeños y de 45 revoluciones por minuto– con dos canciones: «El preso» del gran inolvidable maestro Álvaro Velásquez y «Los charcos» de Roberto Solano con Fruko y Sus tesos, que en ese año marcaron el comienzo de la salsa colombiana.
Los temas casi rompen los parlantes del radio Philips y al día siguiente salí para Discos Bambuco en la carrera 13 entre calles 63 y 64, frente al parque de Chapinero, a comprarlo.
Había mucha gente, pero por un lado, logré llegar al mostrador. Le dije al dependiente: «Señor, tenga la amabilidad y la bondad, puedo adquirir el nuevo sencillo de Fruko?».
El tipo sin inmutarse me contestó: «Haga fila».
Y humildemente fue hasta la esquina y la hilera casi llegaba a la avenida Caracas.
Después de veinte minutos obtuve un precioso ejemplar. Llegué a Usaquén, mi barrio, y fui el héroe de la jornada. Tenía yo 17 años y quería aprender a bailar salsa. Lo intenté muchas veces, pero nunca pude. Es una de mis 2.376 frustraciones.
El magistral compositor guajiro de la Sociedad de Autores y Compositores Sayco, Roberto Solano narró la historia de Rosario, la más bonita del barrio La Ceiba de Barranquilla. Galante lucía su traje, por las calles del lugar. Pero arriba había una nube que soltó su “llanta de granizado”, ella perdió el calzado, resbaló y cayó en los charcos del mercado.
Este drama lo llevó magistralmente a la composición y lo tituló como “Los Charcos”, fue interpretada por Wilson Saoco, Joe Arroyo estuvo en los coros y la dirección fue de Julio Estrada, con los Tesos.
Los compositores, por lo general, no pierden detalle y hasta una lluvia se puede convertir en un himno. Una tragedia como la Rosario se magnifica y detalla cuidadosamente cada uno de los pasos.
Terrense Parsons, un inglés que se dio a conocer mundialmente como Matt Monro y famoso también por cantar la banda sonora de la cinta de James Bond, “Desde Rusia con amor”, llegó al estrellato vocalizando “Gotas de lluvia que al caer, reviven tristezas en mi corazón y hoy vuelvo a recordar que bajo la lluvia, ella se fue un día”.
Este melodrama continúa con “caen las gotas de lluvia sobre mí y voy por la calle sin saber qué hacer, pues todo me da igual hoy, lluvia con lágrimas de amor van unidas”.
Hace unos años el doctor Bruce Parker, un botánico de la Universidad de Washington en Saint Louis dijo que encontró cantidades apreciables de vitamina B-12 en la lluvia. El cuento ha hecho carrera, pero lo cierto es que no se ha confirmado aún, sin embargo, quienes se mojan bajo un torrencial aguacero, confían esperanzados que tengan al menos una ayuda extra para la salud.
Sin embargo, hay lugares donde nunca llueve. La región más seca en el mundo está en Yungay, en el desierto de Atacama en Chile.
Y hay otros donde siempre llueve y es en la selva amazónica.
Las señoras, al igual que Rosario, la de Fruko, se preguntan por qué llueve más en las ciudades que en los suburbios que las rodean. Los estudiosos aseguran que es por el cemento, el asfalto y las emisiones de gas carbónico de los vehículos.
Hay zonas en el mundo donde llueve constantemente y han ocasionado las civilizaciones del arroz, cereal que alimenta a millones de personas. Estos monzones son frecuentes en la India, Camboya y Vietnam.
De hecho en la película Forest Gum se relata cómo los soldados americanos sufrían por las constantes lluvias.
De acuerdo con el portal Univisión, las gotas de lluvia no tienen forma de lágrima como se cree; las gotas pequeñas son casi esféricas, mientras que las mayores están achatadas. En cuanto al tamaño, este oscila entre los 0.5 y los 6.35 milímetros y se calcula que la velocidad oscila entre los 8 y los 32 kilómetros a la hora».
Con una fórmula empírica propuesta por Newton y suponiendo que el escenario es ideal, la gota es perfectamente esférica e indeformable, no hay viento que afecte su trayectoria y su velocidad es constante, una gota de 5 mm de diámetro que cae desde una nube a mil 800 metros de altitud, tardaría unos 4.5 minutos en llegar a la superficie.
Cuando vuelva a sufrir por un aguacero, acuérdese del maestro Armando Manzanero y de la forma como relató su historia y la llevó en su melodiosa voz: “Esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú”.
O póngale ritmo de merengue y péguese a la canción “Ojalá que llueva café”, del maestro dominicano Juan Luis Guerra: “Ojalá que llueva café en el campo, que caiga un aguacero de yuca y té, del cielo una jarita de queso blanco y al sur una montaña de berro y miel. Oh, oh, oh, oh, oh…ojalá que llueva café”.
Y como se trata de nostalgia, quizá le sirva el tema “Lluvia” del compositor y cantante argentino Luis Ángel y le pueda seguir al dedillo cada una de sus frases cuando escribió: “Lluvia, tus manos frías como la lluvia, que día a día fueron enfriando, mi ardiente deseo y mi piel. Ahora tengo que olvidar, ahora tengo que escapar de tú recuerdo, y tratar, de ser feliz con otra, que no me trate como tú y que me ame, como tú, nunca amarás”.
En 1975 el término Cambio Climático no existía, pero si eran tiempos en los cuales la distracción era comprar un sencillo, escucharlo cien veces con los amigos y averiguar cómo se bailaba salsa. La mente nos volaba para compadecernos de la gran Rosario, la más hermosa del barrio.
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