Por www.unisabana.edu.co
El 10 de agosto de 2026, la tierra tembló con mayor fuerza en San José del Palmar, Chocó. La magnitud fue suficiente para sentirse en países vecinos como Venezuela y Ecuador, y para que muchas familias sigan sin poder dormir tranquilas, debido sensaciones de alerta permanente, ansiedad y miedo.
Precisamente, la incertidumbre y el miedo, según la doctora Diana Obando Posada, directora del Doctorado y la Maestría en Psicología de la Facultad de Ciencias del Comportamiento son el terreno perfecto para que el sistema de alarma del cuerpo quede ‘encendido’. «La meta no es ‘dejar de sentir miedo’ de inmediato: es pasar de la alarma permanente a una preparación concreta y proporcionada”, dice la experta.
En los primeros días es normal sentir miedo, tristeza, ansiedad, irritabilidad, impotencia, culpa, alivio por estar a salvo, incluso sin haber vivido el sismo directamente. Estas reacciones varían según experiencias previas de las personas. Lo que más interrumpe la tranquilidad, agrega, es la pregunta: ¿y si vuelve a pasar?
Sin embargo, nada de esto es, por sí solo, un trastorno mental. Según la Organización Mundial de la Salud y el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos (NIMH), estas reacciones suelen disminuir de forma gradual gracias al consumo de información confiable, apoyo social, para así lograr una sensación de control.
“Si la preocupación no nos permite seguir con nuestras actividades diarias es importante consultar a un profesional de la salud mental.” – Diana Obando.
No hay un tiempo determinado para que las personas se sientan mejor, pero si hay señales que merecen ayuda inmediata: ideas de hacerse daño o hacer daño a otros, pérdida de contacto con la realidad, incapacidad para cuidarse a sí mismo o a alguien dependiente, o síntomas físicos de urgencia médica.
Si los síntomas persisten por más de un mes, con la misma o mayor intensidad —revivir el evento, sentirse «en guardia» todo el tiempo o desconectado de uno mismo—, puede tratarse de un trastorno por estrés agudo, cuyo diagnóstico corresponde a un profesional.
Bridar ayuda, directa o indirecta a las personas afectadas por el terremoto, puede servir para mitigar la sensación de impotencia e incertidumbre. La recomendación, según la experta, es apoyar por medio de canales organizados —Cruz Roja, Defensa Civil, entidades territoriales, universidades u organizaciones comunitarias verificadas—, donar lo que efectivamente se solicita, difundir información verificada.
Quien ayuda también debe cuidarse: evitar el consumo de contenido sensible en medios de comunicación y redes sociales si esto genera un malestar. Y si se quiere acompañar emocionalmente a alguien, puede formarse antes en Primeros Auxilios Psicológicos (PAP) de manera gratuita.
Los PAP son un protocolo que puede ser aprendido por cualquier persona, diseñado para apoyar en una crisis, escuchar y conectar a la persona con apoyos, información y servicios. Tienen el potencial de generar bienestar y proteger la salud mental, pero no equivalen a hacer psicoterapia. La OPS ofrece un curso virtual gratuito y de autoaprendizaje sobre el tema.
Lo que se puede hacer, recomienda Diana Obando, es convertir la preocupación en un plan, generando estrategias para protegerse a sí mismo y a las personas cercanas. Las estrategias recomendadas consisten en identificar lugares seguros de la casa, definir un punto de encuentro, tener un kit de emergencia preparado.
La evidencia sobre la recuperación después de desastres masivos asocia la disminución del malestar con la seguridad, la calma, el sentido de autoeficacia, la conexión social y la esperanza.
«No podemos controlar cuándo volverá a temblar, pero sí podemos prepararnos, cuidar la información que consumimos, mantenernos conectados con quienes queremos, pedir ayuda cuando la necesitamos y retomar, poco a poco, nuestra vida», señala Diana Obando.
En medio de todo, cuidar la salud mental luego de un evento con alto impacto, no depende de dejar de sentir miedo, sino de transformarlo en pasos concretos que permiten mantener la esperanza: prepararse para cualquier otra eventualidad, pedir ayuda a tiempo, proteger a los seres queridos y acompañar a quienes lo necesitan.
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