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¿Cómo escoger un buen socio? La lección detrás de una gran película

Por Mauricio Salgado Castilla @salgadomg

Uno entra al cine, se acomoda en la silla y durante dos o tres horas contempla una historia, se emociona, ríe, siente miedo, se sorprende. Cuando termina, aparecen los créditos y muchas personas comienzan a levantarse.

Quizás deberíamos quedarnos unos minutos más.

Porque esos nombres que continúan pasando por la pantalla contienen una extraordinaria lección sobre organizaciones y relaciones humanas.

Tomemos un ejemplo actual: La Odisea, de Christopher Nolan. Una producción cuyo presupuesto se ha estimado alrededor de los 250 millones de dólares y que, pocas semanas después de su estreno, ya había superado los 1.400 millones de dólares en taquilla mundial.

Nosotros vemos una película, pero detrás de esas pocas horas existen cientos de personas.

Actores, extras, guionistas, productores, maquilladores, músicos, camarógrafos, diseñadores, editores, responsables de iluminación, vestuario, sonido, efectos especiales, transporte, construcción de escenarios, promoción y distribución.

Hasta quien conduce un vehículo en el momento preciso puede ser indispensable y todos aparecen en los créditos.

La historia original puede ser maravillosa, pero no basta.

Alguien debe convertirla en guion. Otro imaginar cómo llevarla a la pantalla. Alguien debe conseguir los recursos. Otros interpretarán los personajes. Otros construirán escenarios, crearán la música, iluminarán una escena, editarán cientos de horas de material y finalmente conseguirán que la película llegue a miles de salas.

El resultado extraordinario no pertenece a una sola persona.

Pertenece a la capacidad de muchas personas diferentes para trabajar por un resultado común.

¿Por qué nos cuesta tanto trasladar esa capacidad a nuestras empresas, organizaciones sin ánimo de lucro, sociedades, amistades e incluso parejas?

Muchas organizaciones no fracasan porque tengan un mal propósito, fracasan porque las personas no consiguen trabajar juntas.

Cuando uno siente que aporta mucho y recibe poco; cuando otro considera que su dinero vale más que las ideas o el trabajo de los demás; cuando desaparecen el respeto, la admiración y el reconocimiento, comienza una peligrosa contabilidad emocional.

“Yo hago más”.

“Mi aporte vale más”.

“Mis ideas no son reconocidas”.

“Sin mí esto no existiría”.

Ahí empieza el deterioro.

Una sociedad productiva no requiere que todos hagan lo mismo. Precisamente necesita lo contrario: personas diferentes capaces de aportar cosas diferentes.

Uno puede ser estructurado y extraordinario organizando recursos, presupuestos y cronogramas. Otro puede ser divergente, descubrir oportunidades, imaginar nuevos productos o encontrar soluciones inesperadas.

El problema surge cuando cada uno piensa que su instrumento es toda la orquesta, por eso necesitamos aprender a pensar juntos.

En el libro Armonía Estratégica propongo recorrer diferentes niveles antes de tomar decisiones.

Primero aparece la reacción. Después debemos analizar, comprender, observar el contexto, proyectar posibilidades, decidir y validar, y finalmente alinearnos para actuar.

Cuando conseguimos recorrer esos niveles podemos alcanzar la armonía y aquí regresamos al cine, una gran producción se parece también a una gran orquesta.

Cada músico domina su instrumento, pero conoce además la partitura. Sabe cuándo debe intervenir y cuándo debe escuchar. Nadie necesita tocar todos los instrumentos.

Existe una dirección, existe un tiempo una obra que todos conocen, las organizaciones necesitan exactamente lo mismo, Un faro compartido que responda hacia dónde vamos, una brújula común que establezca los principios con los cuales tomaremos decisiones.

Una partitura que defina responsabilidades, aportes, autoridad y resultados esperados y personas emocionalmente maduras que puedan discrepar sin convertirse en enemigos.

Por eso escoger un buen socio no consiste solamente en preguntarnos cuánto dinero tiene, qué contactos posee o qué conocimientos aporta.

Deberíamos preguntarnos:

¿Sé trabajar con esta persona?

¿Nos respetamos?

¿Nos admiramos?

¿Nuestras capacidades se complementan?

¿Podemos hablar abiertamente sobre dinero, responsabilidades, errores y diferencias?

¿Somos capaces de analizar antes de reaccionar?

¿Compartimos el mismo faro?

Porque tener los mejores músicos no garantiza tener la mejor orquesta, tener excelentes actores tampoco garantiza una gran película.

Lo extraordinario sucede cuando cada persona comprende que su aporte es indispensable, pero también comprende que el resultado final es más importante que el protagonismo individual.

Quizás esa sea una de las grandes preguntas que deberíamos hacernos antes de formar cualquier sociedad:

¿Queremos ser protagonistas individuales o construir juntos una obra que merezca aparecer en los créditos?

Agradezco los aportes y comentarios a: conocermedespuesdelos50@gmail.com

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