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Dos millonarios con suerte

Por María Angélica Aparicio P.

Corneluis Vanderbilt estaba seguro que un puñado de dólares llegarían a sus bolsillos más pronto que tarde. Aunque era un fanfarrón, soñaba con tener lo inalcanzable: quería ser millonario, así fuese un chico pobre. Corneluis se paraba en las orillas del mar para ver los escasos barcos que pasaban por la ciudad de Nueva York. Se embobaba con estas embarcaciones, y le entraba la rabieta. Quería tener el suyo, uno propio. Esos medios inventados por Jerónimo de Ayanz, le parecían lo máximo en ese final del siglo XVIII.

Como un chivato lleno de ideas, Corneluis decidió abandonar la escuela, en edad preadolescente, y trabajar. Ya los barcos lo embrutecían, le quitaban el aliento fresco, lo hacían palidecer. De modo que buscó empleo como tripulante en los transbordadores que funcionaban en Nueva York. Quería los billetes verdes que circulaban de mano en mano por la ciudad, pero los quería con su esfuerzo. Y se pegó al trabajo como un mocoso con energía.

Entre ahorro y ahorro, no logró la cantidad de dinero que deseaba. Pensó en su madre, que la quería desde el suelo hasta el techo. Le propuso a Phebe que lo escuchara. Pidió a esta buena mujer, que era prestamista, cien dólares, prometiendo devolverlos. Recibió la plata en medio de las dudas. Puso los billetes entre sus dedos, y más decidido que un toro, salió a comprar su primer barco: una goleta. Comenzó a viajar por los puertos. Vendía ostras, sandías, aceite de ballena y sidra, mientras se dotaba de experiencia en el mundo de la navegación y el comercio.

En 1807 apareció el ingeniero Robert Fulton con su barco de vapor. Para probar su invento, se hizo una travesía por el río Hudson, un río que sería, posteriormente, patrimonio nacional, ubicado al oriente del país, en Estados Unidos. El barco se desplazó de la ciudad de Nueva York a la ciudad de Albany. Tal fue el éxito de la travesía, que años después, varios barcos navegaron por los ríos como principales protagonistas del progreso.

Cuando vio el primer barco de vapor, Cornelius se enamoró como un niño. Ya era entonces un joven adinerado. Vendió la goleta y compró un barco movido por turbinas de vapor para transportar mercancías y pasajeros por el cauce del río Hudson. Era un viaje de unos 500 kilómetros de recorrido. Irritado con los barcos de la competencia que consideraba negras pesadillas para sus propósitos, pensó en estrategias para darles una paliza a esos dueños, ricos como él. Descubrió que, si rebajaba las tarifas y los gastos del servicio de a bordo, vendrían más clientes a su barco. Con estos cambios, le llovieron montones de dólares.

El joven Cornelius se casó con su prima Sophia Johnson, una belleza de la época, que luego se destacaría por su elegancia y sus dotes de anfitriona. Enamorado de Sophia y con su fortuna a cuestas, hizo construir un barco de 90 metros, considerado el primer yate de vapor del momento. Lo llamó “North Star”. Su fascinación por el mar y los barcos, –heredado de su padre– que nunca acabaría, se sumó al negocio de los ferrocarriles. ¡Se embruteció con el tren! Adquirió entonces las líneas ferroviarias de Nueva York, Harlem y el río Hudson. Y puso de nuevo su estrategia de antes: bajó las tarifas y mejoró el servicio interno. En cinco años, duplicó su fortuna.

Cuando su esposa Sophia murió a los 73 años, Cornelius era uno de los empresarios más importantes de Estados Unidos. Había logrado –con astucia, trabajo y ambición– un imperio de envidia: cien barcos de vapor y varias líneas férreas. Ni su madre –la querida Phebe– que no daba soplidos por este hijo, mal hablado y duro, que había dejado sus estudios escolares a los once años y que pasaba interminables horas frente al Hudson, pudo creerlo. Pero estaba segura que este río hechizó a Corneluis, hasta volverlo el millonario más renombrado de Nueva York.

La mayor parte de la herencia quedó en las manos de su hijo William, tan empresario y futurista como su padre Cornelius, fallecido entonces a los 82 años. Los demás hijos –once– se instalaron en las mansiones que hizo su padre en una calle pizpireta, que entonces se veía de poco fiar, y que luego, transformada, se conocería como la Quinta Avenida, la arteria estrella del centro de Manhattan.

La mítica Quinta Avenida

William Vanderbilt, su hijo mayor, se mostró como un chico juicioso y dedicado, trabajador como su padre Cornelius, diferente a la dejadez y comodidad de sus hermanos. A los 18 años entró a trabajar en un banco de Nueva York, donde permaneció tres años. Viendo su espíritu empresarial, el padre le compró una finca pequeña en Staten Island. Sin perder tiempo, William la puso a producir, sembró cultivos, agrandó los terrenos, y mostró que podía ser tan administrador como su progenitor.

En tiempos de su padre, –en 1865­–, William fue nombrado vicepresidente de los ferrocarriles situados al oriente de Estados Unidos, que eran propiedad de su padre. Cuando Cornelius falleció, este hijo, honorable y audaz, se convirtió en el presidente de esos trenes que corrían como latas de sardinas. Dieciséis líneas férreas quedaron bajo su mando. Después creó la primera línea de ferrys para transportar pasajeros, ruta que iba del distrito de Staten Island al distrito de Manhattan, un trayecto corto, amable, que le hizo triplicar más, su extraordinaria fortuna.

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