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El decreto bajo la nieve en la madrugada

Por Camilo Tovar Ramos

Las tres de la madrugada suele ser esa tierra de nadie en este despacho, donde la soledad se enfrenta con sus fantasmas. Aquí, la única evidencia de vida es el resplandor de la pantalla de un portátil.

​La luz tenue cae sobre la lustrosa superficie de caoba del escritorio, donde descansa una botella vacía de _Johnnie Walker Blue Label_, derribada, con la etiqueta a medio despegar.

​Y el polvo.

​Un polvo blanco —que la literatura prefiere omitir— se extiende profuso sobre la superficie, cubriendo parcialmente las teclas J y K del computador.

​Es precisamente esa K duplicada, seguida de la S, la que sus malquerientes teclean con furia en redes para sugerir su sombra sin mencionarlo por su nombre.

​Está nevando sobre la alfombra persa de seda importada de Isfahán. La ventisca blanca impregna las coderas de la silla, cubre sus exclusivos tenis _Loro Piana_ que ya no son blanquísimos y deja su huella principal en el filtrum, esa palabra que solo conocen los crucigramistas profesionales y que corresponde al surco vertical entre las fosas nasales y el labio superior.

​El hombre tiene los ojos inyectados en una burbuja de sangre —esos mismos ojos desorbitados que los caricaturistas aprovechan para caracterizarlo—, fijos en un punto donde la existencia gira como un remolino.

​Intenta escribir en su cuenta de X. El fantasma del Escudo de las Américas le golpea la imaginación como un trauma, acelerándole un pulso que la vieja adicción ya tiene al borde del colapso. El cursor parpadea esperándolo.

​Escribe, borra, escribe.

Cada letra le exige un pulso torpe, un estropicio de la respiración que le corta las frases a la mitad.

​Teclea: _«El pueblo…»_. Para.

​Teclea: _«Yo…»_. Y la cabeza se le desgonza irremediablemente sobre el tapizado de la harina fatal.

La rutina de la Casa Grande


​Cerca de allí está Aracely. Treinta y ocho años y uñas pintadas de un rojo de alto perfil, de esos que no piden propina ni permiso.

​Ella se mira las manos para no reparar en el caos de una conducta privada que ha dejado de ser sospecha nacional para convertirse en escandalosa fama internacional. Y al hacerlo, de soslayo, Aracely repara en las de él: esas uñas cuidadas y barnizadas con un impecable esmalte rosa nacarado que desentonan con el naufragio del escritorio.

​Por repetida, la escena ya no pertenece al asombro sino a la rutina de la Casa Grande donde lo familiar ha sido lo más terrible.

—Usted, tráeme una sopa de cuchuco con espinazo —suelta él, en esa mezcla caótica donde el trato formal y la gramática se quiebran en una orden imperativa y despectiva.

​Aracely no pregunta cómo la quiere. Aquí y ahora, preguntar puede costarle el puesto.

​Él hace un gesto vago con la manga vacía, buscando el aire, y se pasa el dorso de la mano sobre la boca para restregarse el polvo de la barbilla.

Sacudido por el propio estrépito de sus pulmones, tose como un tísico, pero cuando se le acaba el argumento, grita.

Al abrir los labios con furia para lanzar sus órdenes, se exalta no solo su ánimo, sino también el destello carmesí de su labial _Yves Saint Laurent:


​—¿No me entendió o qué? Yo no hablo ruso, como mi camarada Putin. ¡Pero también tengo el poder que me confirieron las mayorías!

​Ha perdido la sindéresis, que eufemísticamente es la palabra fina para decir que perdió el juicio, pero con diccionario.

​—¡Al menos por esta vez escúcheme, que soy su jefe y el de otros cincuenta millones de gentes, incluida la oligarquía!


El teatro pobre

​Entonces, como en el teatro pobre donde todo se cae de verdad, el hombre se desmorona.

​La silla queda vacía cuando el cuerpo se precipita seco contra el suelo. El impacto es sordo, brutal, como si hubiera caído defenestrado de una altura considerable.

​Aracely da un paso atrás, tapándose la boca con las manos de uñas rojas, y en medio del tic nervioso que le sacude la comisura de los labios, comienza a morderse los pellejos, arrancándose pedazos de esmalte con los dientes. Solo están los dos. Ni parpadea. Imposible respirar.

​Él queda panza arriba, con la mirada perdida en el infinito, que en este despacho es una soberbia lámpara de Baccarat, prodigio milimétrico de cristal tallado a mano y prismas centenarios donde la luz se quiebra en mil pedazos de lujo aristocrático, suspendida como un sol frío sobre la ruina.

​Desde la alfombra, amordazado por su propio aliento, intenta reincorporarse. La voz se le atasca en un nudo de dialéctica y perico.

La contraseña de la vigilia

​Aracely habla por fin, bajito, para ella o para Dios, si está despierto:

​—¡Si este país viera lo que estoy viendo…!

​Y él, desde el suelo, blanco de polvo y de lino arrugado, con el hígado revuelto reflejado en la camisa blanca estilo marinero, impone su último decreto de las tres de la mañana:

​—Mire usted que no nací en Roma, la patria de los césares, pero soy tan italiano como Leonardo. Andar con rodeos no va conmigo. Lo coherente sería pedir una lasaña o una pizza. ¿Me oyó? Pero no: ¡tengo antojo de una sopa del pueblo! ¡Un cuchuco con espinazo, dije!

​Y añade, escupiendo las sílabas desde el suelo:

​—¡Cu-chu-co! ¡Y nada de shu-shu-shu, mi dicho más popular!

​Pausa.

​Sonríe. Una idea lo ilumina con el mismo chispazo de la locura.


​Repite el estribillo, cada vez más bajo, como un conjuro roto: shu-shu-shu, shu-shu-shu… hasta cuando la voz se le apaga y pierde la conciencia en una carcajada desquiciada, de Guasón de película de terror, de esas que se quedan retumbando en los pasillos del cinema cuando la pantalla ya se fue a negro.

​Afuera, la fachada de la mansión no duerme.

​A las sonoras risotadas les sucede el ritual de costumbre: una lenta coreografía de luces encendiéndose y apagándose en secuencia por los ventanales de la gran sede.

​Es la contraseña de la vigilia.

Doblegado por la sobredosis y la noche, el tuitero mayor mantiene en vilo y en vela a un país entero, que cuenta los días y las horas para el final de una pesadilla de 1.460 noches, que son como un siglo.

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