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El oro que brilla… y el río que desaparece

Por Carlos Cantor Beltrán www.biciurba.com

Hay algo profundamente contradictorio en el oro. Lo admiramos porque brilla, porque representa riqueza, porque termina convertido en joyas, lingotes, monedas, componentes electrónicos y hasta reservas financieras. Pero pocas veces nos preguntamos qué quedó atrás para que ese pequeño objeto dorado llegara hasta nuestras manos.

En algunos lugares de América Latina, la respuesta es incómoda: quedó un río destruido, un bosque convertido en lodo, un suelo sin vida y comunidades que perdieron una de sus principales fuentes de agua y alimento.

La minería ilegal no solamente extrae oro. También puede extraerle la vida al territorio. El río Sambingo, en el Cauca colombiano, es uno de los ejemplos más dramáticos. La desviación de cauces y el uso de maquinaria pesada llevaron a que prácticamente desapareciera. El Atrato, mientras tanto, ha soportado durante años la extracción de oro y platino, el trabajo de dragas y la contaminación con mercurio, hasta el punto de que la Corte Constitucional reconoció en 2016 sus derechos bioculturales.

Y no estamos hablando únicamente de Colombia. En la cuenca del Madre de Dios, que atraviesa Perú, Bolivia y Brasil, la minería aurífera ha transformado extensas zonas de bosque amazónico en paisajes de lodo y arena. En los ríos Puré y Cotuhé, en la Amazonía colombiana y brasileña, las dragas alteran ecosistemas fluviales que también son territorio de pueblos indígenas. El Puyango-Tumbes, entre Ecuador y Perú, ha sufrido contaminación minera y pérdida de especies de peces. Y en el río Santiago, en la Amazonía peruana, las dragas amenazan los ecosistemas y las fuentes de agua de comunidades awajún y wampis.

Daños ambientales irreversibles por actividad minera ilegal en el municipio de Ataco, Tolima

El problema comienza mucho antes de que el oro sea convertido en una joya. Una retroexcavadora puede remover las capas superficiales del suelo, precisamente aquellas donde está concentrada buena parte de la materia orgánica. Después llegan las bombas, el lavado de toneladas de tierra y la formación de grandes montículos de arena prácticamente estéril.

Donde antes había bosque, raíces, microorganismos y humedad, queda un terreno que difícilmente puede volver a ser lo que fue. El bosque tampoco desaparece simplemente porque corten los árboles. La maquinaria destruye el banco natural de semillas y las redes de hongos que ayudan a regenerarlo. Las especies oportunistas ocupan el espacio y el microclima cambia: aumenta la temperatura, disminuye la humedad y se altera el delicado equilibrio del agua.

Y entonces aparece otro problema: los animales. La turbidez provocada por las dragas puede afectar las branquias de los peces, bloquear la entrada de luz al agua y destruir zonas de reproducción. El ruido, la maquinaria y la fragmentación del bosque expulsan aves, mamíferos y reptiles.

Y están los metales. El mercurio es quizá el más conocido porque puede transformarse en metilmercurio y acumularse en los peces. Pero la remoción de grandes cantidades de tierra también puede movilizar otros elementos potencialmente tóxicos, como arsénico, cadmio y plomo.

La tragedia ambiental, entonces, no termina cuando la draga apaga su motor. Pero hay una pregunta todavía más incómoda: ¿quién compra ese oro?

El mercado latinoamericano funciona entre una minería legal sometida —con distintos grados de cumplimiento— a títulos, impuestos, regalías y controles, y otra corriente ilegal que puede estar vinculada con organizaciones criminales, grupos armados, redes de lavado de dinero y empresas fachada. El oro tiene además una característica que facilita el problema: una vez fundido y mezclado, resulta extremadamente difícil determinar visualmente de qué mina salió.

Opulencia descarada y sin ninguna consideración con el planeta y la humanidad

Así, el oro que nació en un río devastado puede terminar convertido en un lingote, una joya o un diminuto componente de un teléfono, un computador, un satélite o un dispositivo médico.

Y aquí aparece la bicicleta. Porque cuando hablamos de movilidad sostenible solemos concentrarnos en los combustibles, las emisiones, las ciclorrutas y los automóviles. Pero la sostenibilidad también consiste en preguntarnos de dónde salen los materiales que utilizamos para construir nuestro mundo moderno y qué costo ambiental pagamos por ellos. No basta con movernos de manera limpia si seguimos consumiendo sin preguntarnos qué ocurre detrás de cada producto.

El oro seguirá brillando. Eso difícilmente cambiará. Lo que sí podemos cambiar es nuestra indiferencia frente al lugar de donde viene. Tal vez la próxima vez que veamos una joya de oro, un teléfono nuevo o cualquier objeto que contenga ese metal, valga la pena hacernos una pregunta sencilla, pero incómoda:

¿Cuánto río, cuánto bosque, cuánto suelo y cuánta vida tuvo que desaparecer para que ese pequeño pedazo de oro pudiera llegar hasta nosotros? Porque quizá el verdadero lujo del futuro no sea tener más oro. Quizá sea poder beber de un río que todavía exista y de un bosque que lo acompaña y protege…

La sostenibilidad no solamente consiste en cómo nos movemos, sino también en preguntarnos qué mundo estamos dejando mientras nos movemos. En qué ponemos nuestra atención y lo que realmente representa para los ecosistemas, la fauna, flora y la vida en general, porque somos protagonistas de este desastre planetario comprando y gastando sin medida y sin saber el costo real de nuestros gustos y despilfarro

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