BARRANQUILLA, DICIEMBRE 10 DE 2009 Los niños del barrio San Roque, recibieron clases de dibujo y caricatura dictadas por el artista Roberto Rodríguez, como parte de talleres creativos organizados por la Secretaría de Cultura Distrital. El objetivo del evento que contó con la participación del Centro de Vida San Roque, es brindar a la niñez del sector alternativas para contrarrestar la violencia y los malos hábitos muy comunes en en el barrio. FOTOS GUILLERMO GONZÁLEZ/ADN
Por: Mario Alberto Bedoya Consultor Financiero / @doctrinas.co
Los más recientes resultados de las pruebas PISA de la OCDE no deberían sorprender a nadie que haya observado con rigor el proceso de demolición institucional que sufre el sistema educativo colombiano. Con un 71% de los estudiantes de 15 años incapaces de alcanzar las competencias mínimas en matemáticas y una caída sostenida en la comprensión lectora, el diagnóstico empírico es rotundo: la educación pública (y en gran parte la privada) colombiana ha dejado de ser un motor de aprendizaje para convertirse en un centro de transmisión ideológica.
Este colapso no es fruto de la casualidad, del azar presupuestal ni de una simple ineficiencia administrativa. Es la consecuencia directa y predecible de haber entregado la dirección pedagógica del país a la Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación (FECODE) y a un magisterio mayoritariamente cooptado por los dogmas de la pedagogía crítica de Paulo Freire.
Durante más de cinco décadas, bajo el auspicio de una retórica que tilda la instrucción rigurosa, el mérito y la enseñanza disciplinar de «tecnocrática» o «mercantilista», FECODE ha impulsado una verdadera ingeniería social. En lugar de formar ciudadanos capacitados en el razonamiento lógico, el cálculo abstracto, las ciencias exactas y el dominio del lenguaje —las herramientas indispensables que exige el mercado laboral global para generar riqueza—, el modelo oficial se ha volcado a moldear individuos aptos prioritariamente para la agitación social y el activismo político.
La sustitución del rigor disciplinar por el adoctrinamiento desplazó la enseñanza objetiva hacia la confrontación doctrinal. Al calificar el mérito de «alienante», la pedagogía crítica despojó a los estudiantes más vulnerables de las herramientas cognitivas necesarias para generar su propia independencia económica. Así, el colapso educativo no responde a un déficit presupuestal, sino a una falla epistemológica de fondo: convertir la escuela en una trinchera de disputa hegemónica destruye inevitablemente el rendimiento académico.
Al trasladar el esquema marxista de la lucha de clases al aula y sustituir el conocimiento científico por la adoctrinación en la dialéctica de «opresores contra oprimidos», el cuerpo docente alineado con este dogma enseña a despreciar la iniciativa privada, la propiedad y la libre empresa, presentándolas como estructuras deshumanizantes, mientras glorifica la tutela estatal. El resultado es trágico: se le niega al estudiante la autonomía que solo brindan la excelencia académica y la formación técnica de alto nivel.
La verdadera emancipación del individuo no se logra mediante la concientización colectivista ni la agitación callejera, sino a través de la adquisición de competencias reales, la productividad individual y la capacidad de participar eficazmente en la división del trabajo. Privar a las nuevas generaciones del rigor analítico necesario para desenvolverse en una economía moderna es condenarlas a la precariedad y a la subordinación política permanente.
Los deplorables puntajes en PISA son la factura que la realidad le cobra a una pedagogía orientada al resentimiento. Mientras el mundo avanza hacia la aceleración tecnológica, la inteligencia artificial y la alta especialización, Colombia insiste en mantener un modelo escolar capturado por un sindicalismo que antepone la preservación de su hegemonía cultural y económica al futuro de los jóvenes.
Si el país aspira a romper la trampa del subdesarrollo, el camino no pasa por inyectar más recursos a un sistema viciado, sino por desmantelar de raíz la influencia del dogma freiriano y restituir en las aulas el imperio del mérito, las ciencias exactas y la libertad individual.
La urgencia de una reforma estructural no admite más dilaciones de orden normativo o burocrático. Requerimos una transformación profunda que desvincule la evaluación docente del condicionamiento sindical y devuelva el centro de gravedad educativo a los contenidos disciplinares objetivos.
También puede leer:
Por Esteban Jaramillo Osorio Espera video sobre cara y contracara del terremoto del mercado de…
*El Mundo* *EEUU inicia las conversaciones energéticas del G20 mientras la guerra con Irán impacta…
El 65% de los consumidores de Latinoamérica ya usa inteligencia artificial para buscar información. Para…
La Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA) anunció que la edición 2026 de la World…
En momentos en que los pagos inmediatos están transformando la manera como los colombianos mueven…
El Papa León XIV pronunció palabras de recuerdo y esperanza, en inglés e italiano, durante…