Por: Mario Alberto Bedoya- Consultor Financiero / @doctrinas.co
Uno de los mayores logros propagandistas de la izquierda actual ha sido apropiarse del lenguaje de la empatía como «justicia social», «defensa del oprimido» o «concientización».
Atreverse a cuestionar alguno de estos elementos es sufrir la descalificación inmediata ante esa especie de autoproclamada “supremacía moral” del neomarxismo.
El «wokismo» ha pasado de ser una expresión de activismo por los derechos civiles a convertirse en un concepto central del debate político dentro de la llamada batalla cultural (el enfrentamiento político-ideológico por los valores dominantes de la sociedad).
Mientras algunos lo ven como una amenaza a la libertad de expresión (corrección política), el mérito individual, la tradición y las libertades académicas o personales, otros consideran que las críticas al «wokismo» son una narrativa para desacreditar la lucha por la diversidad, los derechos humanos y la inclusión de minorías.
Asumir al «wokismo» como bandera de izquierda progresista es un claro ejemplo de una ideología mutante que busca sobrevivir al desplazar al sujeto revolucionario del obrero al estudiante, y de allí a las minorías o colectivos.
¿Wokismo?
La palabra woke surge en la década de 1930 del término stay woke («estar despierto» o «estar alerta»), usado dentro de la comunidad afroamericana en los Estados Unidos ante cualquier manifestación de racismo y el peligro físico que ello representaba.
El activismo woke moderno evoluciona al pasar de enfocarse exclusivamente en el racismo a englobar causas del feminismo, colectivos LGTBIQ+, ecologismo e identidad de género, fenómeno cuyos orígenes académicos y políticos provienen principalmente del ámbito anglosajón durante las décadas de los 70 y 90. Para la década de 2010, el concepto cobró alcance masivo con el movimiento Black Lives Matter tras las protestas contra la violencia policial en el mismo país.
Mientras el marxismo analiza el conflicto social como una lucha entre burguesía y proletariado, el «wokismo» aplica esa misma lógica dialéctica sustituyendo las clases económicas por categorías identitarias (opresores vs. oprimidos por motivos de raza, género, orientación sexual o estatus cultural).
El ciclo perverso del progresismo
La existencia de la pobreza, la discriminación o la marginalidad son hechos reales; pero colectivizar la culpa, dividir la sociedad en categorías fijas de opresores/oprimidos y subordinar las libertades individuales al control del Estado es una deformación que perpetúa las mismas condiciones que dice combatir.
Calificar a colectivos enteros como «opresores» u «oprimidos» diluye el mérito personal y fomenta el resentimiento social. Asimismo, cuando una causa se autoproclama moralmente justa, la verdad objetiva se sustituye por narrativas ideológicas que descalifican cualquier crítica hacia las políticas que se pretenden imponer como correctivos.
En la utopía marxista, corregir las desigualdades mediante la planificación centralizada exige otorgar un poder inmenso al Estado sobre la economía, la educación y la vida privada, sustituyendo la autonomía individual por normas y burocracia estatal.
Surge entonces un ciclo perverso que inicia en lo económico, con políticas intervencionistas que desincentivan la inversión y la productividad mientras perpetúan la pobreza de quienes dicen proteger; continúa en lo social, con un paternalismo asistencialista que reemplaza la movilidad social por la dependencia del subsidio, aumentando el gasto público y la ineficiencia; y termina en lo político, donde el descontento y la marginación resultantes son utilizados por los relatos oficiales para justificar una mayor intervención y control, regresando siempre al problema original.
Se evidencia así una trágica paradoja: la izquierda promete liberar a las minorías, pero solo logra consolidar el poder del Estado sobre ellas.
Sin desconocer ni por un instante los derechos —y deberes— de las minorías que históricamente han sufrido abuso u opresión, la verdadera inclusión no nace del paternalismo burocrático ni de la fragmentación en tribus identitarias, sino del respeto irrestricto al proyecto de vida de cada individuo en libertad. Desmantelar este engaño requiere entender que donde no hay responsabilidad ni libertad personal, la «justicia social» es solo una máscara más con la que la ideología progresista busca perpetuarse en el poder.
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