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Noventa minutos para un sueño de toda la vida

Por Carlos Cantor https://biciurba.com/

El domingo 19 de julio el mundo volverá a detenerse durante noventa minutos —o quizás un poco más— para conocer al nuevo campeón del Mundial de Fútbol. Millones de personas vestirán la camiseta de su selección, otros se reunirán en familia, en un café, un parque o frente al televisor de la casa para vivir una de esas pocas experiencias capaces de unir a la humanidad alrededor de un mismo acontecimiento.

Como en cada Copa del Mundo, alrededor del balón giran muchos otros intereses. Está la geopolítica de los países anfitriones, el deseo de mostrar poder e influencia ante el planeta, las enormes cifras que mueve la FIFA, los derechos de televisión, los patrocinadores, el mercado de las apuestas deportivas y una industria que convierte al fútbol en uno de los mayores negocios del siglo XXI. Todo eso existe. Sería ingenuo negarlo, pero, por fortuna, el fútbol sigue siendo mucho más grande que todo ese engranaje económico.

No hace falta ser comentarista deportivo para comprenderlo. Tampoco analizar cada jugada con estadísticas o discutir durante horas si una alineación fue acertada o si un cambio llegó demasiado tarde. El verdadero aficionado entiende que el fútbol es, antes que nada, una historia profundamente humana.

En cada partido hay veintidós futbolistas y un equipo arbitral intentando hacer bien su trabajo. Hay miles de movimientos cuidadosamente entrenados, desmarques, pases, coberturas, sacrificios silenciosos y decisiones tomadas en apenas una fracción de segundo. Detrás de cada gol existe una construcción colectiva que pocas veces alcanza a percibir quien solo mira el resultado final.

El hincha suele ver únicamente una camiseta. El aficionado descubre personas. Cada jugador que llega a un Mundial carga una historia que difícilmente cabe en una transmisión de televisión. Muchos crecieron en barrios humildes, donde una pelota remendada era suficiente para imaginar un futuro distinto. Otros debieron abandonar muy temprano la comodidad de su hogar para ingresar a escuelas de formación, vivir lejos de sus padres y convertir la disciplina en una forma de vida mientras otros adolescentes disfrutaban de una juventud más tranquila.

Ser futbolista profesional no consiste únicamente en dominar el balón. Es aprender a levantarse después de una lesión. A soportar derrotas dolorosas. A convivir con la presión permanente de rendir cada fin de semana. A aceptar que una mala tarde puede convertir al héroe en villano ante millones de espectadores. Es entrenar cuando nadie observa y volver a empezar cuando las cosas no salen como se esperaba.

En la cancha no solo compiten músculos entrenados durante años. También compiten la fortaleza mental, la capacidad de controlar las emociones, la inteligencia para interpretar el juego y el valor de seguir adelante cuando el estadio entero parece estar en contra.

Porque jugar un Mundial significa convivir con una presión que pocos seres humanos experimentarán alguna vez. Cada pase puede ser decisivo. Cada error puede quedar grabado para siempre. Cada acierto puede inmortalizar un nombre en la memoria colectiva de un país. Y aun así, allí están. Corriendo hasta el último minuto.

Llegar a vestir la camiseta de una selección nacional ya representa una victoria extraordinaria. Antes hubo miles de niños soñando el mismo sueño, cientos de jóvenes compitiendo por un lugar y decenas de futbolistas que quedaron en el camino pese a tener un enorme talento. Integrar una convocatoria mundialista significa haber superado años de competencia feroz, sacrificios familiares, entrenamientos interminables y renuncias personales.

Por eso, independientemente de quién levante la copa el domingo, todos los futbolistas que participaron en este Mundial ya conquistaron algo que muy pocos seres humanos alcanzan: representar a su país en el escenario deportivo más importante del planeta.

Ese mérito rara vez aparece en los titulares. Quizás el hincha, cegado por la pasión, no siempre lo reconoce. Pero el verdadero amante del fútbol sí sabe valorar el recorrido que existe detrás de cada uniforme.

Cuando el árbitro dé el pitazo final habrá un campeón y un subcampeón. Así funciona el deporte. Sin embargo, también quedarán miles de abrazos en las tribunas, niños soñando con imitar a sus ídolos, familias enteras celebrando alrededor de un televisor, ciudades que por unas horas olvidaron sus diferencias y un planeta que volvió a hablar el mismo idioma: el del fútbol.

Sea que la gloria viaje hacia Suramérica o permanezca en la Península Ibérica, la esencia seguirá siendo la misma. Lo verdaderamente hermoso no es únicamente levantar una copa. Es comprobar que un balón continúa teniendo la capacidad de emocionar, unir culturas, despertar recuerdos y recordarnos que, detrás de cada camiseta, siempre hay un ser humano que un día fue un niño persiguiendo un sueño.

Y quizá esa sea la mayor victoria que deja cada Mundial: recordarnos que el deporte, cuando se mira con el corazón antes que con los intereses, sigue siendo una de las expresiones más nobles de la condición humana.

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