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Política para dumis… o neófitos

Un gol bien narrado, no garantiza un voto. La fama en los estadios no es prestigio, es popularidad

Por Esteban Jaramillo

Es complejo  el escenario en el que los políticos se ensalzan, coronan o se despedazan.

Allí pelean bajo intereses personales disfrazados de solidaridad popular, con engaños y encantos, expertos en el arte de las promesas, con descalificaciones e insultos.

El doping es la compra de votos y el deporte predilecto la corrupción de las conciencias.

Al cantante Javier Fernández, célebre locutor deportivo, el gol se le fue por la culata. Sus propuestas no movieron el marcador y la maquinaria electoral lo molió sin misericordia. No convenció con sus propuestas.

Lo mismo ocurrió con el ex árbitro Rafael Sanabria a quien se le atragantó el pito en las urnas, y con el ex futbolista Hamilton Ricard, a quien lo situaron en los comicios en fuera de lugar.

Los resultados parecen indicar que “zapatero a tus zapatos”.  Que se equivocaron de escenario.

A los dos primeros los micrófonos los esperan de regreso. Son buenos en su tarea.  Aunque en la confusión de valores que hoy vive Colombia, no deja de llamar la atención que un influencer sea más reconocido que un deportista o un relator con imagen labrada en los medios.

En el pasado, Edgar Perea, famoso narrador, el mejor para muchos en Colombia, llegó al Senado, tras una abrumadora votación. Sus peroratas fueron agitadas, populacheras y demagógicas, propias de los escenarios deportivos. Duró poco.

A William Vinasco no le alcanzaron su dinero, ni su vocinglería de micrófono fogoso, para coronar sus ambiciones políticas.

Aplastante la votación a favor de Javier Hernández Bonet, aspirante al Senado hace algunos años, pero el complejo tema de los cocientes electorales lo dejó viendo un chispero desde sus cabinas de transmisión, a las que regresó con éxito, con un tufillo de traición por parte de quienes se llamaron sus copartidarios.

Largas son las listas de futbolistas y deportistas que cambiaron camisetas y sudores del estadio por discursos, arriesgando la imagen que ganaron.

Linchados y quemados en el conteo de votos.

El poder en las elecciones no proviene de los alaridos en los escenarios deportivos, ni de sus tribunas, ni de los micrófonos. Un gol con su relato pasional y contagioso, no es un voto garantizado.

Popularidad no es prestigio y la antipatía es gratuita especialmente con los árbitros.

Como dice el refrán, “perder es ganar un poco”, pronto veremos a los caídos en las urnas, ocupando cargos públicos, ya no por elección sino por nombramiento. El viejo truco de caer parados, como muchos entrenadores en el fútbol. 

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