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Tinto compartido. 3 geografías, misma amistad

Tres periodistas, tres territorios, una amistad alimentada de tinto, recuerdos, humor y conversaciones sin reloj. Guillo, Yorg y Jou terminan viajando por Bogotá, Ciénaga, Soledad, entre anécdotas y ficciones navideñas.

Imagen de portada: Recreación IA. A caballo galopa la amistad de estos tres periodistas: Guillermo Romero Salamanca, Jorge Medina Rendón y José Orellano. Tres nombres, tres geografías y una complicidad que sigue cabalgando entre recuerdos, anécdotas y nuevas travesías. Ellos saben domar ese potro.

Por José Orellano www.elmuellecaribe.co

Selfi de Jou, segundo tinto del encuentro en Éxito de Unicentro.

Guillo, Yorg y Jou volvieron a encontrarse.

Romero Salamanca, Medina Rendón y Orellano Niebles retomaron sus reuniones en el sitio donde mejor se sienten: la cafetería-comedero de Éxito, en Unicentro, acá en Bogotá.

Guillermo, Jorge y José estuvieron puntuales, entre las 11 y las 11:30 de la mañana. Otra sesión y el “desorden del día” estaba claramente establecido: tomar tinto, beber más tinto, hablar, seguir hablando y, por supuesto, almorzar y volver a hablar.

Sobre la base de esa amistad sin condiciones que los une, la temática sería variada. Jorge hablaría de su libro a la espera de edición, Guillermo contaría sobre un manifiesto que preparó para un área muy importante de la educación y José expondría su deseo septuagenario de musicalizar, con herramientas de inteligencia artificial, varios de sus ‘solo versos’.

Cuando pudiera creerse que pondrían sobre el tapete a Abelardo, a Matador o, de pronto, a las mismísimas ánimas de noviembre, terminaron concentrando sus respectivos discernires en tópicos menos engorrosos, más amables.

Selfi de Yorg, a la salida de Unicentro. Se había levantado la sesión.

En ese contexto salió a relucir un propósito conjunto: la propuesta de pauta publicitaria que se disponen a presentarle, cada uno desde su medio —Pantallazos Noticias, La Gran Noticia y El Muelle Caribe—, a una entidad privada de educación superior, “de utilidad común y sin ánimo de lucro”, con la convicción de que les será aprobada.

Hablaron, como es de suponer, de inteligencia artificial, de sus más pro y sus menos contra, de sus muchas ventajas y sus pocas desventajas. Tema para rato, como el tinto.

Guillo contó la increíble historia de un muchacho a quien el director de un medio mandó a comprar un paquete de cigarrillos y le pidió, a su regreso, que escribiera una nota sobre el mandado. El chico terminó entregándole una crónica de quince cuartillas, en la que reconstruía toda una historia del sector, sus personajes habituales y aquellos que iban y venían. Sorprendido por semejante narración, el director le preguntó cómo había logrado tantos detalles. El muchacho respondió, sin inmutarse: “Soy hijo del vendedor de cigarrillos y desde siempre lo acompaño todos los días”.

Jorge es romántico de tiempo completo. Enamorado eterno, escritor cotidiano —diario— de prosas y versos, con frecuencia de toque poético-filosófico. Nada más natural, entonces, que comparta con sus amigos las satisfacciones y alegrías que la vida sentimental le ha deparado a lo largo de su existencia. A Guillo le fascina esa faceta de Yorg y, lejos de interrumpirlo, le da cuerda para que se extienda. Nos divierte, nos provoca sonrisas y, de paso, nos enriquece.

Otra selfi de Orellano, pero en otro encuentro del trío.

José se fue hasta el baúl de recuerdos que conserva en Valledupar y rescató un episodio de aquellos días en que, durante el Festival de la Leyenda Vallenata, compartía con varios amigos en una casa-finca urbana. Allí, de manera reiterada, un músico-amigo lo invitaba a “conocer los pajaritos”. Jou contó el equívoco que aquella insistencia le provocaba, hasta que terminó aceptando la invitación. Vino entonces el discreto escurrimiento, en pareja, hacia un platanal al fondo del patio y, finalmente, su conocimiento primerizo —su debut— de los famosos pajaritos. El equívoco, que tenía que ver con la orientación sexual, se disipó.

Después de almorzar, los tres periodistas, amigos y contertulios caminaban hacia el exterior de Unicentro cuando José anunció: “Voy a escribir una crónica”.

—¿Sobre qué la enfoco? —preguntó.

—Amistad y Navidad —dijeron Guillermo y Jorge al unísono.

“Navidad y amistad”, me dije. “Entonces, pues, ficcionemos a modo de recuerdos y recreemos costumbrismo. Complazco a mis panas y escribo de Navidad, sobre la base de la amistad”.

Una acuarela para ilustrar las tres historias de ficción.

De arrancada, me enfoco en una Navidad bogotana de aquellas de ruana y ambiente genuinamente paramuno. Invito a Guillermo a que recuerde algo navideño y él evoca una ocasión en que un vecino se empeñó en llevarle al Niño Dios una serenata. Como no tenía músicos, contrató a un acordeonero que se rebuscaba en una esquina. El hombre inició con villancicos, pero terminó tocando “La casa en el aire” y “La gota fría”. El Niño Dios no protestó y los vecinos tampoco. Aquella noche hasta el frío bogotano se puso a bailar vallenato.

Seguidamente me voy pa’ Ciénaga —voy de la mano evocativa de Jorge, obviamente— y me sumerjo en un diciembre que se mece entre la brisa y el olor a mar y pescado fresco. Vemos a una familia montando un pesebre en el corredor de la casa. De pronto, el viento tumba a los Reyes Magos y deja al Niño Jesús mirando hacia la calle. La abuela no permitió que nadie lo moviera: “Déjenlo así, que Él también tiene derecho a mirar cómo llega la Navidad”. Cómo llega a Cienaguas, como el odontólogo, escritor, poeta y pintor Víctor Hugo Vidal Barrios llama a su Ciénaga.

A la vuelta de la esquina de “La salitrosa” está Soledad, mi terruño. Y mientras sigo para allá, recuerdo aquella Nochebuena en que la vecina de la calle 20 acostumbrada a compartir pasteles, anunció, a todo pulmón, que había uno reservado para el Niño Dios. Nadie se atrevió a discutirle. Pero cuando llegó la medianoche, el pastel había desaparecido. La señora miró a los muchachos, sonrió y sentenció: “El Niño vino temprano porque tenía hambre”. Desde entonces, en aquella casa, la bandeja de la repartija se armaba con un pastel de más, el del Niño Dios.

Garrapateado lo anterior, salgo de la ficción y vuelvo a Bogotá para concluir: Guillo ha puesto el frío;…Yorg, la brisa… y Jou, el pastel. Tres geografías, tres Navidades y una misma amistad. Sólida, a la espera de un próximo encuentro en trío.

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