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«Toda información oficial debe considerarse falsa hasta que se demuestre lo contrario»: Daniel Coronel

Por Daniel Coronell*

Estaba por cumplir 22 años cuando Gabriel Ortiz, aquí presente, y nuestro siempre añorado Javier Ayala, cometieron el acto de generosidad –pero sobre todo de irresponsabilidad– de nombrarme jefe de redacción del Noticiero Nacional.

Imaginen el exabrupto: designar jefe de los periodistas a alguien recién graduado y menor que cualquiera de sus potenciales subalternos. Gracias a la comprensión y al apoyo de ese equipo extraordinario pude salir adelante, entender el compromiso indeclinable de nuestro oficio y aprender a nadar en medio de la tormenta.

Javier y Gabriel venían librando una batalla colosal para salir de dificultades económicas y al mismo tiempo consolidar la increíble hazaña de escalar hasta el primer lugar de audiencia de la televisión informativa.

Hoy sacar 20 puntos de rating –en cualquier lugar del mundo– es un logro colosal, digno del superbowl o de la final del mundial de fútbol, pero en aquellos tiempos, el Noticiero sobrepasaba los 50 puntos de audiencia. 


Es decir, estadísticamente hablando –no crean que es una figura retórica– medio país estaba pendiente cada noche del trabajo de una docena de reporteros (Arritokieta, Carmelo, Ritoré, Estupiñán, decían que Gabriel los escogía por los nombres raros). Ellos componían el equipo que informó, entre muchos asuntos, sobre la toma del Palacio de Justicia, la desaparición de Armero, el asesinato de cuatro candidatos presidenciales, el atentado contra un avión de Avianca que mató a más de 100 pasajeros, las masacres paramilitares, la matanza de Pozzetto y la bomba contra el edificio del DAS.

Eran tiempos apasionantes y terribles. Uno no sabía por la mañana si iba a estar vivo esa noche. Las amenazas eran cosa de todos los días, los asesinatos también.

En esa época, vertiginosa y aciaga, vimos morir violentamente a decenas de colegas, incluyendo al más ilustre de todos –don Guillermo Cano, director de El Espectador y referente de integridad para todos nosotros–. Don Guillermo, mártir de la verdad, y quien le da su nombre a este premio que ustedes, de manera tan generosa como inmerecida, me confieren esta noche y que me llena de emoción.

Desde esa época he tenido la suerte –y la carga– de manejar equipos periodísticos. Algunos tan chiquitos que podíamos hacer el consejo de redacción dentro de mi Renault 4 y otros con cientos de miembros.

Muchas cosas han cambiado en estas casi cuatro décadas pero una sigue intacta: La misión del periodismo como contrapoder. 

Nuestro trabajo, colegas, solo adquiere sentido completo cuando ejercemos –a nombre de los ciudadanos– el escrutinio sobre aquellos que ejercen poder, de cualquier tipo, o manejan los dineros públicos, la plata de todos.

Tenemos que ser los ojos de quienes se informan a través de nosotros frente a los abusos de quienes tienen capacidad de influir en sus vidas o quienes se quieren robar los recursos públicos.



La investigación más que una especialidad periodística debe ser la herramienta básica de todas las actividades del oficio. Solo haciendo más periodismo lograremos que esta profesión –que algunos se han apresurado a desahuciar– tenga un lugar en el futuro y conserve su relevancia.

El hecho cierto de que hoy cada ciudadano tiene en su bolsillo un celular, que a la vez es cámara y pantalla, nos está quitando, de manera irremediable y progresiva, la posibilidad de llegar primero al lugar de la noticia.

En la enorme mayoría de las ocasiones estamos condenados a llegar tarde, a contar la historia que alguien diferente encontró e incluso publicó.

El mundo se enteró de la represión sangrienta contra las protestas en Irán por los ciudadanos antes que por los reporteros. Las primeras imágenes de la operación estadounidense para apresar a Nicolás Maduro salieron por Instagram, TikTok y X, no venían de las agencias de noticias sino de los teléfonos de la gente en Caracas. Cuando el fuego empezó a consumir la catedral de Notre Dame en París, el mundo lo supo por los móviles de los vecinos y no por los periodistas.

Esto desde luego no pone fin a nuestra misión social pero sí la cambia sustancialmente.

La sensación orgásmica de la primicia –que todos hemos sentido en algún momento– será cada vez más escasa. Tenemos que aprender a remplazarla con la investigación para entregar contexto y mejores elementos para entender lo que pasa. Pero también en menos tiempo.

Porque, como si lo anterior fuera poco, la capacidad de atención de la gente viene disminuyendo. Los tiempos aquellos en los que las familias se reunían para ver las noticias juntas, alrededor de una pantalla, empiezan a ser cosa del pasado.

Ahora la experiencia es individual, sin horario y multipantalla.

Individual porque rara vez se presenta lo que los expertos llaman “coviewing”. Hay más pantallas que personas y casi nunca los miembros de una familia están mirando lo mismo. Cada cual metido en su propio interés y en su propio afán. La experiencia de la conexión permanente con el mundo nos ha acercado a los que tenemos lejos pero, tristemente, nos ha alejado de los que tenemos cerca.

La individualización del entretenimiento –y desde luego también de la información– obliga a pensar que el periodismo del futuro tal vez no deba tener la meta de llegar a todas las personas, todo el tiempo, sino solo a unas cuantas en nichos especializados que tengan interés particular en un tema.

Bueno, les decía que la experiencia de informarse no solamente es individual sino sin horario.

¿Cuál es la mejor hora para ver las noticias? La respuesta es simple: la hora a la que al ciudadano se le antoje.

Por eso la costumbre de la cita diaria para ver el noticiero está empezando a transitar la senda de la extinción.

La gente ve las noticias en sus móviles cuando le provoca y con el grado de profundidad que desea. Desde una simple foto con un título hasta una crónica compleja, pero cuando quieren y no cuando lo determinan los programadores, como venía sucediendo desde la primera mitad del siglo pasado.

En esto hay una excepción y desde luego una oportunidad para el periodismo. La gente solo vuelve magnéticamente a las pantallas cuando tiene la posibilidad de seguir en vivo los eventos grandes, en el momento en que están sucediendo. Solo entonces hay audiencias simultáneas gigantescas.

Hace años, por la época en la que dirigí las noticias del Canal RCN, llegaron los enlaces satelitales, fly away, y con ellos la posibilidad de transmitir en vivo prácticamente desde cualquier lugar del mundo.

La televisión, que había sido tradicionalmente más lenta que la radio, empezó a ganar batallas de cobertura y presencia remota. Lo malo es que cada fly away pesaba entre 100 y 200 kilos, armar el equipo era un trabajo muy especializado que tomaba horas y los reporteros quedaban amarrados a la aparatosa antena.

Hoy un teléfono, como el que ustedes tienen en el bolsillo, puede transmitir video y audio con niveles razonables de calidad desde casi cualquier parte del planeta y además gratis. Bueno, aparentemente gratis, porque en tecnología se termina pagando todo de una u otra manera. Si el almuerzo es gratis es porque usted es el menú.

Esa labor audiovisual informativa en vivo es algo para lo que debemos prepararnos con mayor estudio y capacidad de reacción. Los reporteros tenemos que ser capaces de explicar, comparar y dar contextos históricos en segundos, mientras transmitimos en vivo y en directo. Es algo parecido al trabajo radial y televisivo de antaño pero con nuevas exigencias visuales y de interacción.

Estoy seguro de que los periodistas colombianos, tan bien calificados en el mundo, serán pioneros de este nuevo amanecer de la reportería. Ahí tenemos una nueva especialidad del oficio que combina conocimientos anteriores con tecnologías nuevas para crear algo distinto.

También les decía que informarse ya es una experiencia multipantalla. Lo cual es una posibilidad pero también un reto. La gente se acostumbró a dividir la atención entre el móvil, el computador y la televisión. Esto, desde luego, ha rebajado la capacidad de concentración. Las personas están expuestas a múltiples contenidos y recibe impresiones simultáneas sin enfocarse completamente en ninguna.


La semana antepasada el actor Matt Damon, en una conversación con el podcaster Joe Rogan, se quejó por las nuevas exigencias que Netflix viene haciendo a los guionistas.

Hasta hace poco era un dogma que para la última escena había que guardar la mayor parte del presupuesto con el propósito de mantener la atención hasta el final y cerrar con broche de oro. Ahora hay que poner la plata y la acción en los primeros minutos para que la gente al menos voltee a mirar la pantalla. De lo contrario es posible que no lleguen siquiera a la segunda escena.

Damon también contó que los ejecutivos de Netflix, basados en datos, les están exigiendo a sus libretistas que en cada capítulo se reitere la acción tres o cuatro veces durante los diálogos. Esa necesidad lleva a escenas ridículas en lo dramatúrgico “me amas a pesar de que mi padre se quedó con la hacienda de tu familia”, como si ella no lo supiera). Pero si no se reiteran los puntos básicos de la trama, la gente se pierde, se aburre y se va, porque no están concentrados siguiendo la historia sino que andan metidos en sus teléfonos mientras ven la película.

El estadounidense promedio en 2024, hace menos de dos años, era capaz de mantener su atención solo por 2 minutos y medio. Esa capacidad se ha reducido a 47 segundos, según un estudio de la Universidad de California, Irvine.

Si eso pasa con las películas. Imagínense lo que está sucediendo en las noticias.

Tenemos que rediseñar el oficio para dedicarnos a informar a distraídos y despistados. No es una opción, es la impronta de estos nuevos tiempos. En esta época, como decía Napoleón sobre su ejército, siempre se avanza al ritmo del más lento.

Las 5 Ws, que con tanta devoción aprendí de mi maestro Heriberto Fiorillo y la estructura piramidal invertida que fue la base de la redacción periodística hasta hace un tiempo, tienen que volverse a inventar. La gente sigue necesitando historias pero contadas de otra manera, con arcos narrativos y desarrollos más cortos, eficientes y encadenados. Mantener la leve y efímera atención del usuario es un desafío que va a depender, como nunca, de la preparación periodística.

El mensaje tiene que enriquecerse, no miserabilizarse, y a la vez retener al menos un segundo más a la gente.

Colegas:

Tenemos que conservar nuestro oficio como conservó la vida Scheherezade, la genial narradora de las Mil y una noches: Manteniendo expectante al sultán, en este caso al ciudadano. Si logramos tenerlo un minuto más, lo informaremos y tendremos trabajo.

El despido de la tercera parte del equipo periodístico de The Washington Post, ocurrido apenas la semana pasada, es una alerta para que pongamos nuestras barbas a remojar. Desde luego hay mucho para reprocharle al dueño del periódico, Jeff Bezos, pero más allá de eso tenemos que leer el mensaje que nos está dando el destino de este gigante del periodismo mundial, dueño de éxitos paradigmáticos como la investigación de Watergate, estamos presenciando la agonía, el desmantelamiento, de uno de los mayores periódicos del mundo ¿por qué? Porque este no es el momento de los más grandes, sino de los más rápidos.

Quienes tengan la capacidad de adaptarse y de hacer más –y mejor–con menos recursos serán quienes persistan.

Los dinosaurios vivieron y reinaron más de 200 millones de años en el planeta pero se acabaron. Fueron las criaturas más chicas y adaptables las que sobrevivieron.

También tenemos por delante un inmenso reto político.

El auge de las redes sociales –magnífico en muchos sentidos– ha sido también el caldo de cultivo de nuevas formas de populismo y de iniciativas autoritarias, tanto de izquierda como de derecha.

Los intentos continuados de desacreditar el trabajo periodístico y de estigmatizar a quienes ejercen el oficio tienen diferentes énfasis lingüísticos pero la misma finalidad. En algunos partes la llaman “prensa hegemónica” en otras “prensa corporativa”. Allá “enemigos del pueblo” o “fake news”. Aquí “muñecas de la mafia” o “prensa Mossad”.

Los diferentes resultan tan similares cuando buscan eliminar al molesto intermediario crítico.

Detrás de todas esas descalificaciones vive el propósito de los populistas, de derecha y de izquierda, de subordinar a la prensa y de sustituirla por agentes de su propaganda.

A todas las tareas que tiene el periodismo debe sumar ahora la de alfabetizar ciudadanos. Sólo cuando la gente ejerce lectura crítica puede entender cuáles son los intereses que están detrás de un mensaje. O como lo cantó Violeta Parra “cuando les dicen harina sabiéndose que es afrecho”.

Nosotros, reporteros, estamos obligados a ser los primeros lectores críticos. Voy a decirlo de una manera brutal pero sincera: Toda información oficial debe considerarse falsa hasta que se demuestre lo contrario.

Me acuerdo del doctor Manuel Cabrera que se paraba en su salón de clase de Redacción 1, en la Universidad Externado de Colombia y con su voz grave, nos repetía: “Si su mamá le dice que lo quiere, verifíquelo, verifíquelo”

No podemos convertirnos en correa de transmisión de ninguna fuente, ni en multiplicadores de la propaganda del poder.

Con esto no quiero decir esto que los medios y los periodistas no hayan cometido errores e incurrido en excesos y atropellos. La autocrítica también es un deber de los que trabajamos en esta profesión pero de ninguna manera podemos aceptar que sean los políticos y sus intereses quienes determinen cómo debe ser informada la gente.

Debemos hacer lo correcto siempre, aunque no sea popular.

La democracia está en peligro evidente, en todas partes, entre otras cosas porque la propaganda del poder pretende suplantar a la prensa y castigar con el descrédito y la persecución a quienes se atrevan a disentir.

El periodismo es y debe ser también el ejercicio de la discrepancia. Solo dudando y contradiciendo las versiones oficiales se llega a la verdad.

Y como si le faltaran complicaciones al asunto, ahora tenemos Inteligencia Artificial, un hallazgo maravilloso si trabaja para uno y un cruel tirano si terminamos trabajando para ella.

La llegada de la inteligencia artificial puede repotenciar el periodismo de investigación. Los cruces de información que antes tomaban semanas se pueden lograr en segundos preguntando de manera adecuada a las herramientas. Esa nueva disciplina que ha dado en llamarse “prompting” es algo que estamos obligados a aprender.

Las gráficas, las animaciones, las funciones explicativas, cada vez son más completas y procesadas miles de veces más rápido. Sin embargo una cosa es que nos ayuden a agilizar el trabajo y otra que, así no más, deleguemos en las máquinas la responsabilidad de pensar por nosotros.

Nuestro trabajo no puede limitarse a formularle buenas preguntas al Chat GPT, tenemos que ejercer el deber sagrado del escepticismo y contrastar cada información tanto como podamos.

El manejo periodístico y ético de la Inteligencia Artificial aún está por inventarse. No podemos asumir que esas herramientas están para remplazar el esfuerzo y el criterio, pero tampoco es sabio o inteligente vivir sin ellas.

La Inteligencia Artificial no sustituye la sensibilidad humana, pero puede llegar a crear una simulación peligrosamente parecida. 

Queridos colegas:

Permítanme concluir estas reflexiones con un llamado a no derrotarnos. Nuestras cabezas se pueden poner blancas pero nunca endurecerse para entender los nuevos tiempos. Nunca pueden parar de generar ideas.

Quien les habla, como muchos de ustedes, ha pasado noches sin dormir buscando una noticia. Como muchos de ustedes he tenido que presenciar las presiones de actores armados –y desarmados, pero poderosos– sobre nuestro trabajo. Como muchos de ustedes he tenido que ver de cerca la cara de la muerte por cumplir con el deber de informar. Como algunos de ustedes he pasado temporadas de amenazas, campañas de desprestigio y he tenido que dejar Colombia para proteger a mi familia y también para salvar la vida.

Y también como ustedes conozco la inmensa felicidad de hacer periodismo. La indescriptible sensación de salir a buscar una historia, de ir encontrando sus elementos y de contarla.

He tenido la suerte de hallar siempre nuevas oportunidades.

Cada cierto tiempo la vida se encarga de darnos una lección de modestia. Nos quita cosas que halagan pero que sobran: títulos importantes, ingresos estables y tranquilidad familiar para ofrecernos, en cambio, la ocasión de volver a empezar. De volver a ser reporteros, ni más ni menos. De tener como problema principal la elaboración del lead de la siguiente noticia.

Esta noche, con los sentimientos a flor de piel, quiero agradecer a mi mamá, Noemí Castañeda de Coronell, a quien le debo todo lo que soy. Ella trabajó toda su vida para que no me faltara nada: Un plato en la mesa, una camisa limpia y un libro para estudiar o para soñar.

A María Cristina Uribe, mi esposa y la persona más importante de mi vida, que renunció a su carrera brillante para ir conmigo a buscar un lugar tranquilo para que nuestros hijos pudieran crecer lejos de las amenazas. Con ella, con su inteligencia y dedicación, hemos sorteado miedo, dolor, enfermedades, alegrías, tristezas, éxitos y reveses. Pero, nada, nada, es más grande que despertarse a su lado y saber que ella está ahí, sin importar que la vida nos haya golpeado, para volver a inventar el mundo por la mañana. Nunca tendré palabras para decirle todo lo que la quiero.

A Raquel y a Rafael, que nos han llenado de orgullo y satisfacción. Que estudian y trabajan duro para ser mejores personas. Que son el vivo reflejo de las virtudes de su mamá y que disimulan tan bien los defectos que heredaron de mí.

A Jorge Acosta, el capitán de mi barco, de nuestro barco, quien siempre encuentra la manera de superar las tempestades. Con esfuerzo e imaginación ha hecho posible que todos podamos tener un mañana, a pesar de lo duro que sople el viento.

A Ignacio Gómez, mi colega de tantas batallas, a quien quiero como un hermano. El aprendió el ABC del oficio al lado de don Guillermo Cano y dirige ahora Noticias Uno, nuestro castillo en la Bretaña. El lugar al que siempre añoramos volver después de haber luchado tantas veces, en todo el mundo.

Al doctor Ramiro Bejarano, amigo del alma, sin cuyo amparo habríamos desparecido después de tantos embates. Su talento, conocimiento y sentido del humor, han sido el alero de muchas tempestades.

Sea esta la ocasión para decirles gracias a ellos y a ustedes por conferirme este premio de los periodistas para los periodistas.

Gracias por pensar en mí y por compartir esta pasión por la que hemos estado dispuestos a vivir y a morir. Como decía Gabriel García Márquez “un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, y no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”

*Discurso de Daniel Coronell en el recibimiento del Premio al Mérito Periodístico Guillermo Cano. Otorgado por el Círculo de Periodistas de Bogotá, CPB. Febrero 9 de 2026

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