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Un vaso de yogur frío en la Plaza de Caycedo con Raúl Benoit

Por Guillermo Romero Salamanca

El siempre risueño periodista y director de Farándula de Occidente Armando Pérez Lucuara me dijo ese mediodía de agosto: “Te voy a presentar a un joven que será una gran figura dentro del periodismo. Se llama Raúl Benoit”.

–¿Quién?, le pregunté intrigado al gran Armando.

–Raúl Benoit, me volvió a decir.

Nos dirigimos a la Librería Nacional en plena Plaza Caycedo en el centro de Santiago de Cali. A los pocos minutos llegó un hombre altísimo, con su peinado de pelo largo, partido por la mitad, ojos grandes y con una sonrisa de oreja a oreja.

Pidió un vaso gigante de yogur frío y en cuestión de segundos ya lo llevaba por la mitad, mientras nos contó cómo desde muy niño amó el periodismo. Era un caleño de tiempo completo. Le conocía la sociedad vallecaucana y en nuestro diálogo saludó a dos o tres políticos, unos cuántos ejecutivos que pasaron por allí y a un ramillete de frondosas mujeres de la sucursal del cielo.

Raúl, con su potente voz, su agilidad para preguntar, su rapidez mental para hacer contra preguntas, pasó muy rápido por el Noticiero Todelar, haciendo notas para Súper y una que otra para Caracol. Además escribía una columna en “Farándula” sobre los personajes del mundo artístico y comenzó a ser una pequeña enciclopedia.

Ese día adquirió un libro titulado “A sangre fría” de Truman Capote.

Era una ametralladora para comentar sucesos. A leguas se sabía que muy pronto avanzaría con su periodismo a otras latitudes. Ya Cali y el Valle del Cauca le quedaron pequeños para sus ambiciones noticiosas.

Mientras contó sus historias, movió sus manos, miró a todos lados, estuvo pendiente de la persona que llegó a la Librería, bebió su vaso gigante de yogur helado y pidió otro enseguida.

Meses después publiqué una nota sobre él cuando lo nombraron corresponsal de varios noticieros como Hoy por Hoy y Siete Días en el Mundo.

Era curioso: siempre se presentaba con saco y corbata, pero usaba jeans descoloridos y tenis viejos, pero las tomas se las hacían de la cintura hacia arriba.

En una de esas notas la hizo, todo elegante, mientras al fondo se escuchaba el tiroteo de los enfrentamientos de la guerrilla del M-19 con el Ejército.

Recibió la oferta de Promec Televisión para que hiciera parte de la nómina del noticiero y allí lo recibió José Vicente Arizmendi, quien lo recuerda ahora como un joven con la claridad precisa para hacer notas periodísticas.

Los temas judiciales le llamaron poderosamente la atención. Gracias a él se conocieron temas como los de la Masacre de Tacueyó y de cómo el M-19 reclutaba niños en las lomas de Santiago de Cali.

Recibió el Premio Simón Bolívar por un informe sobre la guerra contra las guerrillas.

Con sus hijos en Santiago de Cali.

Raúl vivió apasionadamente el periodismo y se metió, como pocos, en los temas judiciales, calientes en esa época, como el nacimiento de los carteles de la droga, los enfrentamientos entre ellos y buena parte del proceso 8.000. Entrevistó, incluso, al mal recordado Mono Jojoy. Pablo Escobar lo mandó secuestrar. Otros intentaron matarlo. Total, la vida para Benoit cambió: le tocaba andar con escoltas y cuando llegaba a un restaurante se hacía con la pared en la espalda y buscaba un rincón.

Además, por si acaso, aprendió a manejar una Magnun y la llevaba como dama de compañía.

Ya en Bogotá nos vimos en un par de oportunidades, recordando aquel jugo frío de mango, mientras estaba en sus carreras periodísticas. Buscar la nota, hacerla, grabarla y luego editarla y presentarla en televisión.

Pronto lo vieron en otras latitudes y en Univisión le pidieron que fuera su corresponsal de Colombia. Él empezó enviando notas sobre las bellezas del país, las esmeraldas, las playas, los nevados, las mujeres, las canciones, pero pronto le dieron una orden: “No. No gaste cinta en eso, queremos saber sobre todo el problema del narcotráfico”.

Y Benoit vivió al extremo ese periodismo Judicial. No descansó nunca. Y pronto las intimidaciones y amenazas recrudecieron hasta el punto de pedir un traslado para Miami, donde llegó con su saco y corbata para hacer notas judiciales.

Corría de acá y allá buscando la noticia. Trabajador de tiempo completo, con sus días y sus noches. El público latino de los Estados Unidos ya lo reconocían por sus informes completos y sensacionales.

Recibió el Premio Emmy en 2015, escribió varios libros, tenía en la cabeza decenas de documentales y de informes.

Pero el 2 de marzo de 2015 el cerebro no aguantó el agite. Estuvo hospitalizado 36 días en estado de coma. Todos presagiaban lo peor. Pero el hombre aguantó y salió de allí con terapias y cuidados intensivos. Años después lo golpeó el Covid-19 y luego el Párkinson le acabó de dañar su ya débil existencia.

No obstante, él decía que seguía luchando, aprendiendo de la vida.

Este 30 de enero el mundo del buen periodismo quedó de luto con la noticia de su fallecimiento.

Pero siempre quedará el recuerdo de aquellos minutos tomando yogur en pleno centro de Cali con el gigante Raúl Benoit.

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