Por Eduardo Frontado Sánchez
A lo largo de mi vida siempre me he preguntado si realmente somos conscientes de la importancia de tomar vacaciones. Para muchas personas, este tiempo se limita a coincidir con el receso escolar de sus hijos o con celebraciones familiares, como la Navidad. Pero, en una sociedad tan vertiginosa y demandante como la actual, detenernos se vuelve una necesidad más que un lujo.
¿En qué momento dejamos de considerar las vacaciones como un derecho o una pausa vital, para verlas solo como un tiempo negociable entre obligaciones? ¿Cuándo comenzamos a creer que descansar es sinónimo de flojera o improductividad?
Nunca vi a mi madre tomarse unas vacaciones. Las únicas pausas que recuerdo eran en diciembre, y solo llegaron luego de la partida física de mi hermano y de la migración de mi hermana. En ese entonces entendí que el descanso no siempre es una decisión.
Y es que, incluso quienes amamos profundamente lo que hacemos —y para quienes el trabajo representa un placer— nos cuesta desconectarnos. La mente traiciona: se resiste al silencio, se rehúsa al vacío. Nos exige estar «presentes» incluso cuando el cuerpo pide pausa.
Entre 1999 y 2009, tuve la fortuna de contar con un espacio que sentí como verdaderas vacaciones. No fueron viajes paradisíacos ni descansos absolutos, pero sí un tiempo profundamente mío, de aprendizaje y de encuentros significativos con personas que considero familia. Ese período no solo me dio herramientas prácticas, sino que también me ayudó a entender el valor del tiempo propio, del silencio, de la introspección.
Para mí, las vacaciones han sido una forma de perder miedos: esos fantasmas que, en mi caso, vienen más de mi condición física que de mi esencia como persona. Tomarse un respiro me ha permitido conectar con lo espiritual, con lo emocional, con lo mental. Reflexionar sobre el rumbo de mi vida y, más aún, pensar en el aporte que quiero dejar al mundo.
A veces los cambios abruptos, por más duros que sean, funcionan como pausas inesperadas en la rutina. Como microvacaciones forzadas de esa vida automatizada a la que nos hemos acostumbrado. Y tras cada ruptura —si se atraviesa con conciencia—, suele llegar una versión mejorada de uno mismo: más empoderada, más segura, más viva.
Lo afectivo es, como siempre insisto, el núcleo de todo. En una era marcada por la inmediatez, tomarse el tiempo de tocar, sentir, mirar a los ojos y respirar con calma junto a quienes amamos es un acto revolucionario. Solo desde esa pausa podemos abrirnos a nuevos proyectos, nuevas actitudes, nuevas formas de ser.
Trabajar con placer es un privilegio. Pero incluso el placer agota cuando no se dosifica. No hace falta colapsar para entender que el descanso es parte del equilibrio. Y que las vacaciones no son un lujo frívolo, sino un acto de autocuidado y, sobre todo, un acto profundamente humano.
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