Hay momentos en la historia de la Tierra en los que resulta difícil imaginar que este planeta, tal como lo conocemos, alguna vez haya sido diferente. Y, sin embargo, lo ha sido muchas veces. La Tierra no ha permanecido quieta ni un solo instante de sus aproximadamente 4.500 millones de años de existencia. Ha cambiado de piel, de clima, de geografía y hasta de habitantes.
Hubo un tiempo en que los continentes no estaban separados como los conocemos hoy. Pangea reunía buena parte de las tierras emergidas en un enorme territorio que, con el paso de millones de años, comenzó a fragmentarse hasta dar origen al mapa que ahora vemos en los atlas. Los océanos cambiaron, las montañas aparecieron, desaparecieron especies y otras ocuparon su lugar.
Y no fueron cambios precisamente amables. La historia geológica está marcada por grandes extinciones. Algunas especies desaparecieron prácticamente de un día para otro en términos geológicos. Otras transformaciones fueron tan profundas que modificaron para siempre las condiciones de vida sobre el planeta. La Tierra ha sobrevivido a impactos de asteroides, enormes erupciones volcánicas, variaciones climáticas extremas y alteraciones de los océanos. La vida, de alguna manera, siempre encontró una salida.
Nosotros aparecimos muchísimo después. La época en la que actualmente vivimos pertenece al Holoceno, un periodo geológico relativamente reciente que comenzó hace unos 11.700 años, después de la última gran glaciación. Durante este tiempo se estabilizaron las condiciones climáticas que favorecieron el desarrollo de la agricultura, el crecimiento de las sociedades humanas y, finalmente, la civilización que hoy conocemos. Es decir, buena parte de lo que llamamos historia humana ocurrió bajo unas condiciones ambientales extraordinariamente favorables.
En estos tiempos abundan las voces que anuncian el fin del mundo. Unas lo hacen desde la religión, otras desde la política, algunas desde las redes sociales y otras simplemente porque el apocalipsis parece vender bastante bien. Pero la ciencia, aunque tiene suficientes razones para preocuparse, no necesariamente está anunciando que mañana se acaba el planeta.
La Tierra no está a punto de desaparecer, tampoco el Sol. Nuestra estrella algún día cambiará radicalmente y, muchísimo más adelante, dejará de ser la estrella que conocemos. Pero para entonces habrán pasado miles de millones de años. Si alguien está pensando en organizar desde ahora la despedida, puede guardar tranquilamente la tarjeta de invitación.
El problema verdadero es mucho más cercano, porque no necesitamos esperar a que el Sol se apague para tener dificultades, basta mirar cómo utilizamos los recursos disponibles del planeta.
El modelo económico dominante ha conseguido algo extraordinario: convertir prácticamente todo lo que existe en un recurso susceptible de ser extraído, transformado, vendido, consumido y, finalmente, desechado. Agua, bosques, minerales, combustibles, alimentos, suelo y hasta la atención humana entraron en esa gigantesca cadena de consumo.
El problema no es consumir. La humanidad necesita consumir para vivir, el problema aparece cuando confundimos vivir mejor con consumir más. Extraemos recursos a una velocidad que muchas veces supera la capacidad de recuperación de los ecosistemas. Desperdiciamos alimentos mientras millones de personas padecen hambre. Utilizamos enormes cantidades de energía para fabricar objetos que tendrán una vida útil cada vez más corta. Contaminamos ríos, alteramos ecosistemas y reducimos la diversidad biológica, como si la naturaleza tuviera una bodega infinita de repuestos.
Y no todos participan de la fiesta de la misma manera. Hay personas que han decidido no tener hijos porque consideran que traer nuevas generaciones a un mundo incierto sería una irresponsabilidad. Otras intentan vivir con poco, reducir su consumo y dejar una huella más pequeña. Y hay millones que ni siquiera tienen la posibilidad de escoger: simplemente sobreviven. Mientras tanto, una pequeña fracción de la población mundial puede consumir recursos en cantidades que para otros resultarían inimaginables.
La bicicleta, desde luego, no va a resolver por sí sola semejante problema. Pero quizá tenga algo que enseñarnos. Cuando alguien decide desplazarse en bicicleta, descubre una verdad elemental: para avanzar no siempre necesitamos quemar combustible, consumir toneladas de materiales o gastar grandes cantidades de energía. A veces basta con dos ruedas, una cadena, algo de mantenimiento y nuestras propias piernas.
Tal vez el asunto sea precisamente ese: recuperar la capacidad de distinguir entre lo que necesitamos y aquello que simplemente nos han convencido de necesitar.
Porque la Tierra continuará. Si desapareciéramos, el planeta no tendría demasiado interés en nuestra ausencia. La vida probablemente encontraría otros caminos, como ya lo hizo después de las grandes extinciones.
La pregunta, entonces, no es si la Tierra sobrevivirá. La pregunta es si nosotros seremos capaces de sobrevivir a nuestra propia manera de habitarla, y si algún día el Holoceno termina, como han terminado todos los periodos geológicos anteriores, ¿qué condiciones encontrará la humanidad para continuar?
Tal vez el futuro no dependa de conquistar otro planeta, tal vez dependa de algo mucho más sencillo y mucho más difícil: aprender a vivir en este sin agotarlo.
Mientras tanto, una bicicleta, con buenos años encima, sigue esperando en la puerta. Dos ruedas, poco consumo y una lección bastante antigua: para avanzar no siempre hace falta gastar más y consumir más.
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