La incorporación de tecnología médica avanza a un ritmo acelerado en Colombia. El país ya es el tercer mercado de dispositivos médicos de América Latina y más del 80 % de los equipos utilizados por hospitales y clínicas son importados. Entre 2019 y 2025, Bogotá concentró cerca del 84 % de esas importaciones, consolidándose como el principal punto de entrada de esta tecnología. Sin embargo, detrás de ese crecimiento aparece una pregunta cada vez más relevante para el sector salud: ¿comprar más equipos significa realmente prestar una mejor atención?
Para Carlos Andrés Pérez, docente del programa de Ingeniería Biomédica de Areandina, sede Bogotá, la respuesta depende menos de la compra y mucho más de la capacidad de las instituciones para gestionar la tecnología durante todo su ciclo de vida. Antes de realizar una compra, las instituciones deben evaluar si la tecnología responde a necesidades clínicas reales, si cuentan con la infraestructura adecuada y si podrán asumir los costos de operación y mantenimiento durante los años siguientes.
«El precio de compra es solo una parte de la inversión. También hay que considerar consumibles, repuestos, contratos de mantenimiento, calibraciones, capacitación del personal e incluso el consumo energético. Ese costo puede llegar a multiplicar varias veces el valor inicial del equipo», explica Pérez.
A esto se suman procesos poco visibles para los pacientes, pero determinantes para la calidad del servicio: pruebas de recepción, clasificación del riesgo, mantenimiento preventivo, tecnovigilancia, actualización tecnológica y disposición final de los equipos cuando termina su vida útil.En otras palabras, comprar representa sólo una fracción de la historia. La verdadera diferencia está en cómo se administra esa tecnología durante los años siguientes.
Cuando falla, no siempre es la máquina
De acuerdo con el experto, uno de los errores más comunes consiste en adquirir equipos sin realizar un estudio previo de necesidades o sin proyectar los costos asociados a su operación. En otros casos, la infraestructura no está preparada para recibir la nueva tecnología o el personal no recibe capacitación suficiente para aprovechar todas sus funcionalidades.
«Un tomógrafo de última generación necesita condiciones específicas de infraestructura, suministro eléctrico, conectividad y soporte técnico. Si esos requisitos no existen, la tecnología termina subutilizada o fuera de servicio, independientemente de su calidad», señala. El resultado son inversiones de alto valor que operan por debajo de su capacidad o permanecen inactivas durante largos periodos.
El costo de descuidar un equipo
El mantenimiento preventivo suele verse como un gasto operativo, pero su impacto trasciende el funcionamiento de los equipos.Una calibración inadecuada puede afectar directamente la seguridad del paciente, mientras que la ausencia de registros técnicos o de mantenimiento puede generar glosas y pérdidas económicas para las instituciones prestadoras de servicios de salud.
Además, postergar el mantenimiento reduce considerablemente la vida útil de los dispositivos, obligando a reemplazarlos antes de lo previsto.»La tecnología médica es una inversión de largo plazo. Cuidarla adecuadamente protege al paciente, mejora la operación clínica y evita costos innecesarios para las instituciones», afirma Pérez.
Más que reparar equipos cuando presentan fallas, hoy estos profesionales participan en la evaluación de nuevas adquisiciones, el análisis financiero de las inversiones, la gestión del riesgo tecnológico, la negociación de contratos de mantenimiento y la planeación de la renovación del parque biomédico.
«El ingeniero biomédico conecta tres mundos que tradicionalmente hablan lenguajes distintos: la medicina, la tecnología y las finanzas. Su participación permite tomar decisiones más eficientes y sostenibles», explica el docente. Su presencia en los espacios donde se definen las inversiones puede traducirse en menores costos operativos, mayor disponibilidad de los equipos y una mejor utilización de los recursos.
La próxima prueba
El crecimiento de la inteligencia artificial, la telemedicina y los dispositivos médicos conectados plantea un nuevo escenario para el sistema de salud colombiano.Aunque el país avanza en la actualización de su regulación y en el fortalecimiento de entidades como el INVIMA, el desafío ya no consiste únicamente en incorporar nuevas tecnologías, sino en garantizar su ciberseguridad, proteger los datos clínicos, asegurar la interoperabilidad de los sistemas y capacitar al talento humano que deberá utilizarlas.
Para Pérez, la velocidad con la que evoluciona la tecnología supera incluso la capacidad de adaptación de muchas organizaciones. «La tecnología seguirá llegando al país. El verdadero reto será desarrollar las competencias, los procesos y la gobernanza necesarios para utilizarla de forma segura y eficiente», concluye.
En un contexto donde la innovación médica avanza a gran velocidad, la competitividad de hospitales y clínicas dependerá cada vez menos del número de equipos que adquieran y más de su capacidad para convertir esa tecnología en mejores resultados para los pacientes y en una gestión sostenible de sus recursos.
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