La visita del papa León XIV a Canarias dejó imágenes para el recuerdo, pero también una importante lección sobre el valor de la coordinación, el compromiso y el trabajo compartido.
En este nuevo artículo de opinión, Lucía Suárez Rodríguez, vicepresidenta III y delegada de la AEP en Canarias, reflexiona sobre el papel del protocolo, la comunicación y la seguridad para hacer posible que un acontecimiento de gran complejidad cumpliera su verdadero objetivo: que el mensaje llegara con claridad a la sociedad.
Una mirada que pone el foco en las personas, en el trabajo en equipo y en la importancia de que la organización esté siempre al servicio de aquello que realmente importa.
Cuando el mensaje llega claro: coordinación, alma y humanidad en la visita del Papa a Canarias
Por Lucía Suárez Rodríguez –Vicepresidenta III y delegada de la AEP en Canarias https://www.aeprotocolo.org/
La visita del Papa León XIV a las Islas Canarias fue mucho más que un acto religioso, institucional o mediático. Fue un acontecimiento de enorme dimensión humana, organizado en un tiempo extraordinariamente breve y sostenido por el trabajo coordinado de muchas personas que entendieron que el verdadero objetivo no era el lucimiento de la organización, sino que el mensaje llegara claro.
Y llegó.
Llegó porque detrás hubo coordinación, planificación, generosidad y una entrega que fue mucho más allá de la responsabilidad estrictamente asignada a cada cual. En actos de esta naturaleza, lo habitual sería disponer de muchos meses de trabajo, incluso cerca de un año, para preparar cada fase, cada recorrido, cada espacio, cada dispositivo de seguridad, cada atención institucional y cada necesidad de comunicación. Sin embargo, en esta ocasión, todo tuvo que hacerse en apenas dos meses.
Ese dato, por sí solo, ayuda a comprender la dimensión del trabajo realizado.
Organizar una visita de estas características no consiste únicamente en colocar autoridades, diseñar recorridos o prever una cobertura informativa. Exige comprender la finalidad del acto, identificar sus objetivos, coordinar instituciones, ordenar espacios, prever riesgos, facilitar el trabajo de los medios, garantizar la seguridad y cuidar a quienes participan, asisten o prestan servicio. Todo ello, además, en un contexto especialmente sensible: la visita de Su Santidad el Papa León XIV a unas islas que son frontera, acogida, dolor, esperanza y testimonio directo de la realidad migratoria.
España es un país aconfesional y, precisamente por eso, conviene mirar este tipo de acontecimientos con serenidad y rigor. La aconfesionalidad del Estado no impide reconocer el interés social, institucional y humano de una visita papal, especialmente cuando el mensaje central no se dirige solo a la comunidad católica, sino al conjunto de la sociedad. Creyentes y no creyentes podían entender el fondo de lo que allí se estaba expresando: la necesidad de atender a quienes migran, a quienes arriesgan la vida, a quienes buscan protegerse y proteger a los suyos.
Pero tampoco puede olvidarse que se trataba de una visita del Papa y, por tanto, de un acontecimiento con una dimensión religiosa esencial. En ese plano, la participación de los clérigos, de las personas consagradas y de quienes asumieron las funciones propias de la liturgia fue determinante para que la celebración mantuviera su sentido profundo, su solemnidad y su autenticidad. La parte religiosa no fue un añadido al acto, sino uno de sus ejes naturales. También ahí hubo orden, preparación, respeto a los tiempos, a los signos, a los espacios sagrados y a los gestos propios de la liturgia. Porque en una visita de estas características, lo institucional, lo social y lo religioso no compiten entre sí: deben convivir con equilibrio para que el mensaje pueda comprenderse en toda su dimensión.
La finalidad era la visita de León XIV. Pero el objetivo era más profundo: que se escuchara, sin interferencias, un mensaje de atención a la necesidad más básica del ser humano: sobrevivir.
Para que ese mensaje pudiera escucharse alto y claro, fue imprescindible una coordinación real entre protocolo, comunicación y seguridad. No una coordinación teórica, de manual o de organigrama, sino una coordinación vivida, práctica y diaria, construida a base de reuniones, ajustes, conversaciones, decisiones rápidas y renuncias personales. Cada área tenía su función, pero ninguna podía trabajar aislada. El protocolo necesitaba de la seguridad. La seguridad necesitaba de la comunicación. La comunicación necesitaba comprender los tiempos, los espacios y los gestos del acto. Y todas necesitaban avanzar en la misma dirección.
Esa es, probablemente, una de las grandes lecciones que deja esta visita: cuando las áreas implicadas trabajan como piezas de una misma maquinaria, el acto deja de ser una suma de tareas para convertirse en una acción común.
En cualquier profesión hay mejores y peores profesionales. También los hay en protocolo, en comunicación, en seguridad, en producción, en gestión institucional o en cualquier otro ámbito. Pero cuando un acto sale adelante en circunstancias tan exigentes, no es porque cada persona se haya limitado a cumplir lo justo, sino porque muchas han decidido implicarse más allá de lo que les correspondía.
Y eso se notó.
Se notó en quienes asumieron tareas que, en otras circunstancias, quizá no habrían formado parte de sus funciones. Se notó en quienes resolvieron problemas sin esperar reconocimiento. Se notó en quienes colocaron sillas, revisaron espacios, acompañaron recorridos, atendieron indicaciones, corrigieron detalles, facilitaron accesos o simplemente estuvieron donde hacía falta estar. Se notó en las personas voluntarias, en los equipos técnicos, en el personal institucional, en quienes trabajaron antes de que empezara el acto y siguieron trabajando cuando ya había terminado.
Ese tipo de entrega no siempre se ve, pero se percibe. Porque cuando un acto está hecho con alma, el resultado tiene otra calidad. No se trata solo de que “salga bien”. Se trata de que tenga sentido.
También hubo que gestionar algo que siempre aparece en los grandes acontecimientos: los egos. Los egos de las áreas, de los cargos, de las instituciones, de los equipos y, a veces, de las personas. En actos de esta dimensión, cada decisión puede generar tensiones, cada espacio puede ser disputado y cada protagonismo puede convertirse en ruido. Por eso es tan importante que alguien recuerde, una y otra vez, cuál es el objetivo principal.
En esta visita, el objetivo no era que brillara una estructura organizativa, ni que sobresaliera un departamento, ni que se impusiera una mirada sobre otra. El objetivo era que el mensaje llegara limpio.
Y llegó porque hubo un trabajo serio, coordinado y profundamente comprometido. Porque no se dejaron los detalles al azar. Porque se entendió que cada gesto podía ayudar o distraer. Porque se cuidó lo grande y también lo pequeño. Porque se trabajó con la conciencia de que, detrás de la visita, había una realidad humana que no podía quedar tapada por la solemnidad del acontecimiento.
La voz que se alzó fue la de una de las autoridades más cualificadas para trasladar ese mensaje al mundo: Su Santidad el Papa León XIV. Pero para que esa voz se escuchara con claridad, fue necesario el trabajo de muchas otras voces silenciosas. Voces que no ocuparon titulares, pero hicieron posible que el mensaje no se perdiera entre fallos, improvisaciones o descoordinaciones.
Y el mensaje fue claro: todas las instituciones, organismos y gobiernos implicados están obligados a atender a las personas migrantes. A mirarlas. A protegerlas. A no reducirlas a números, estadísticas o debates incómodos. A comprender que, antes que cualquier otra consideración política, administrativa o territorial, hay una obligación humana.
Canarias conoce bien esa realidad. La conoce por su geografía, por su historia y por su presente. Por eso, la visita del Papa adquirió aquí una fuerza especial. No habló de una realidad lejana. Habló de algo que las islas ven, sienten y gestionan desde hace años. De vidas que llegan. De vidas que se pierden. De familias que esperan. De instituciones que deben responder. De una sociedad que no puede acostumbrarse al sufrimiento.
Por eso era tan importante que nada empañara el mensaje. Que no hubiera ruido. Que la organización acompañara, pero no tapara. Que el protocolo ordenara, la comunicación amplificara y la seguridad protegiera. Que cada área hiciera su trabajo, sí, pero sobre todo que todas lo hicieran juntas.
Lo verdaderamente destacable de esta visita no fue únicamente que se organizara un acto complejo en poco tiempo. Fue que se hizo con rigor, con coordinación y con una implicación que habla muy bien de las personas que participaron. Personas que, cumpliendo con su trabajo o haciéndolo como voluntarias, entendieron la trascendencia de lo que estaba ocurriendo. Y personas que asistieron a los actos con un comportamiento admirable, de respeto, tanto en la explanada del muelle, como en todos los lugares en los que tuvieron la oportunidad de saludar al Santo Padre. Esas personas que serán las encargadas de difundir el mensaje.
Porque hay actos que se preparan. Y hay actos que, además, se sostienen con alma.
Este fue uno de ellos.
La visita de León XIV a Canarias dejó una imagen de organización eficaz, sí, pero sobre todo dejó la evidencia de que cuando protocolo, comunicación y seguridad trabajan de manera coordinada, generosa y consciente, el mensaje puede llegar sin distorsiones. Y cuando el mensaje tiene que ver con la dignidad humana, esa claridad no es un detalle menor: es una responsabilidad.
Se alzó una voz alta y clara. Y detrás de esa voz hubo muchas manos, muchas horas y muchas personas que hicieron posible que se escuchara.
Con orden.
Con respeto.
Y con humanidad en cada gesto.
También puede leer:
*El Mundo* *Suiza aplazó las conversaciones entre EEUU e Irán para implementar el acuerdo que…
Por Eduardo Frontado Sánchez Hablar de inclusión laboral ya no resulta un concepto extraño dentro…
Los grandes acontecimientos institucionales suelen recordarse por sus protagonistas y sus momentos históricos. Sin embargo,…
El Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC, por sus siglas en inglés) anunció la…
Los Mundiales de Fútbol, especialmente en los que participa Colombia, son catalizadores de consumo en…
Mientras millones de personas siguen cada partido del Mundial, OlimpIA, compañía experta en ciberseguridad, advierte…