Por Carlos Cantor Beltrán www.biciurba.com
Hay un momento del día en el que casi nadie piensa en el planeta: cuando abre la ducha y deja caer sobre el cuerpo un chorro de agua tibia. Parece un acto cotidiano, casi automático. Abrimos la llave, esperamos unos segundos y allí está.
Pero que haya agua en una casa, en una ducha, en un sanitario o en la cocina es mucho más que un asunto de tuberías, bombas, tanques y plantas de tratamiento. Es el resultado visible de un enorme sistema natural que lleva millones de años funcionando: el ciclo del agua. El problema es que ese ciclo ya no funciona con la regularidad que conocíamos.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM), en su más reciente informe sobre el estado de los recursos hídricos mundiales, acaba de advertir que el ciclo del agua se está volviendo cada vez más irregular e imprevisible. El año 2025 estuvo entre los más secos para los caudales de los ríos en los últimos 35 años y, por séptimo año consecutivo, las cuencas con condiciones consideradas normales fueron claramente minoritarias.
Y aquí aparece una palabra que ya forma parte de nuestras conversaciones cotidianas: El Niño.
Este fenómeno natural altera los patrones de lluvia y temperatura en diferentes regiones del planeta. En las condiciones actuales, la OMM advierte que un El Niño en fortalecimiento puede aumentar el riesgo de sequías en unas zonas y de lluvias e inundaciones en otras.
Pero el problema no está únicamente en lo que cae del cielo. El agua también está desapareciendo de las reservas que durante siglos funcionaron como una especie de caja de ahorros de la humanidad. Las aguas subterráneas, los lagos, los ríos, la humedad del suelo, la nieve y los glaciares forman parte de ese almacenamiento continental. Según la OMM, esta reserva lleva aproximadamente una década disminuyendo.
Los glaciares ofrecen una señal particularmente preocupante. Por cuarto año consecutivo, todas las grandes regiones glaciares registraron pérdida de masa. Entre 2023 y 2025 desaparecieron, acumuladamente, unas 1.400 gigatoneladas de agua almacenada en los glaciares. Es una cifra difícil de imaginar, pero sirve para entender la magnitud del problema: equivale aproximadamente al agua de 560 millones de piscinas olímpicas.
Las aguas subterráneas tampoco están enviando buenas noticias. Casi dos terceras partes de los pozos monitoreados en el mundo presentaron en 2025 condiciones fuera de su comportamiento histórico.
Entonces, ¿qué hacemos nosotros frente a semejante escenario? Tal vez comenzar por algo tan sencillo como dejar de comportarnos como si el agua fuera infinita.
Una ducha más corta. Una llave que no permanezca abierta innecesariamente. Reparar una fuga. Reutilizar, cuando sea posible y seguro, el agua doméstica. Recoger agua lluvia para usos que no requieran agua potable. Regar en las horas adecuadas. No convertir el sanitario en una papelera. No lavar vehículos, pisos o aceras como si el planeta tuviera una fuente inagotable detrás de cada grifo.
Son pequeños actos, sí. Pero millones de pequeños actos construyen una cultura. Y aquí aparece nuestra querida bicicleta. No porque una bicicleta vaya a solucionar por sí sola la crisis mundial del agua. Sería absurdo decirlo. Pero sí puede formar parte de una manera diferente de relacionarnos con los recursos naturales.
Una bicicleta no necesita gasolina ni diésel para desplazarnos. No requiere combustibles para llevarnos al trabajo, a estudiar, a comprar el pan o simplemente a dar una vuelta. Consume energía humana y, en comparación con un automóvil, o una motocicleta demanda muchos menos recursos para realizar desplazamientos cotidianos.
Incluso su limpieza puede ser un pequeño ejemplo de sobriedad: un trapo, un poco de agua y sentido común suelen ser suficientes para mantenerla en condiciones dignas. No hace falta convertir cada bicicleta en una pieza de exhibición bañada diariamente con litros de agua.
La relación entre bicicleta y agua, entonces, no está solamente en el balde utilizado para lavarla. Está en todo lo que evitamos consumir cuando elegimos movernos de una manera más sencilla.
Menos combustibles fósiles significan menos emisiones. Menos emisiones ayudan a enfrentar el calentamiento del planeta, que está alterando el comportamiento de la atmósfera y del ciclo hidrológico. Y cuidar el agua significa, también, cuidar los ecosistemas que hacen posible nuestra propia existencia.
El agua no desaparece: circula. Se evapora, forma nubes, precipita, corre por los ríos, penetra en el suelo, alimenta acuíferos, se almacena en lagos y glaciares y vuelve nuevamente a la atmósfera.
Ese es el maravilloso ciclo del agua. Lo que estamos haciendo es alterar las condiciones en las que ese ciclo ocurre. Por eso quizá sea hora de mirar la ducha, la llave, el río, el glaciar y también la bicicleta como partes de una misma conversación. Una conversación sencilla: si queremos seguir pedaleando sobre este planeta, primero tenemos que ayudar a que el planeta conserve el agua que hace posible la vida y llevar una caramañola llena en nuestras bicicletas todos los días.
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