Por Eduardo Frontado Sánchez
Resulta paradójico que, en un mundo tan interconectado como el actual, hablar de nuestras emociones continúe siendo un tema complejo. Tenemos más herramientas para comunicarnos que nunca, pero seguimos encontrando dificultades para expresar aquello que sentimos, especialmente cuando se trata del miedo.
Durante mucho tiempo se nos enseñó que sentir miedo era una señal de debilidad, cuando en realidad es una de las emociones más humanas que existen. El miedo no es el problema; el verdadero riesgo aparece cuando permitimos que nos paralice y condicione nuestras decisiones. Sentirlo es natural. Aprender a convivir con él es parte del crecimiento.
La Organización Mundial de la Salud estima que cientos de millones de personas en el mundo conviven con trastornos relacionados con la ansiedad y el miedo. Más allá de las cifras, este dato nos invita a reflexionar sobre la necesidad de dejar de ver la salud mental como un tema individual o privado para comenzar a asumirla como un desafío colectivo.
Vivimos rodeados de cambios, incertidumbre y conflictos. Cada uno de ellos nos obliga a salir de nuestra zona de confort y a replantearnos aquello que creíamos seguro. Aunque estos procesos suelen generar temor, también representan oportunidades para transformarnos como personas desde el punto de vista emocional, mental e incluso espiritual.
Pedir ayuda no debería ser motivo de vergüenza. Por el contrario, reconocer que necesitamos apoyo es una muestra de fortaleza y de responsabilidad con nosotros mismos. No somos máquinas diseñadas para soportarlo todo en silencio. Somos seres humanos que sienten, que dudan y que, en ocasiones, necesitan ser escuchados.
Los acontecimientos vividos en Venezuela el pasado 24 de junio dejaron una huella emocional en miles de personas. Es comprensible que el miedo permanezca después de una experiencia de esa magnitud. Sin embargo, también es cierto que las adversidades nos ofrecen la posibilidad de descubrir nuevas formas de resiliencia y solidaridad. No se trata de olvidar lo vivido, sino de evitar que el miedo se convierta en el protagonista de nuestro futuro.
Como sociedad, tenemos el reto de construir espacios donde hablar de salud mental deje de ser un tabú. Necesitamos comprender que cuidar nuestro bienestar emocional también implica cuidar el de quienes nos rodean. La empatía, la escucha activa y el acompañamiento pueden convertirse en herramientas tan valiosas como cualquier tratamiento profesional.
El miedo a la vulnerabilidad probablemente siempre existirá. La diferencia está en aprender a gestionarlo en lugar de negarlo. Cuando entendemos nuestras emociones y les damos un lugar, descubrimos que pueden convertirse en aliadas para tomar mejores decisiones y afrontar los desafíos con mayor equilibrio.
Nadie dijo que vivir sería sencillo. Sin embargo, cada experiencia, incluso aquellas que despiertan temor, representa una oportunidad para aprender, crecer y encontrar un nuevo propósito. Hablar de nuestras emociones no nos hace más débiles; nos hace más humanos.
Tal vez el verdadero cambio que necesitamos como sociedad no sea dejar de sentir miedo, sino dejar de esconderlo. Solo cuando normalicemos las conversaciones sobre salud mental podremos construir comunidades más empáticas, transparentes y capaces de acompañarse mutuamente en los momentos más difíciles.
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