Por Mauricio Salgado Castilla @salgadomg
Gregorio abrió la caja buscando unos documentos y terminó encontrándose con treinta años de su vida.
Había fotografías, cartas, recibos viejos, una libreta de apuntes y hasta el folleto amarillento de aquel negocio que alguna vez creyó que cambiaría su futuro.
Lo tomó entre las manos, durante unos segundos volvió a tener cuarenta años.
Recordó el entusiasmo con el que había comenzado, las reuniones, los cálculos, las noches sin dormir y también el día en que todo terminó. Perdió dinero, discutió con su socio y escuchó algunas frases que todavía podía repetir palabra por palabra.
—Te dije que no iba a funcionar.
—Tú nunca has sido bueno para los negocios.
—Hay personas que nacen para emprender y otras no.
Gregorio guardó el folleto nuevamente, habían pasado casi tres décadas, pero aquellas palabras seguían teniendo una extraña autoridad sobre él.
En los últimos meses le habían propuesto participar en un nuevo proyecto. No necesitaba invertir una fortuna. Conocía el sector, tenía experiencia y la idea le entusiasmaba.
Sin embargo, cada vez que pensaba en aceptar aparecía la misma imagen.
El negocio que había fracasado.
Y con ella, una frase:
—¿Para qué volver a intentarlo?
Gregorio no solamente recordaba el fracaso, había comenzado a convertirlo en una descripción de sí mismo.
Ya no pensaba:
“Un negocio me salió mal”.
Pensaba:
“Yo no sirvo para eso”.
¿Qué le aconsejarías a Gregorio?
Imaginemos por un momento que él te pide consejo.
Tiene dos posibilidades.
A. No participar. Ya vivió una experiencia difícil y no tiene sentido exponerse nuevamente a una posible decepción.
B. Revisar lo sucedido, identificar qué aprendió, analizar las condiciones actuales y decidir sobre este nuevo proyecto por lo que es hoy, no únicamente por lo que ocurrió hace treinta años.
¿Cuál escogerías?
Y, más importante todavía:
¿Por qué?
Antes de continuar, vale la pena pensar la respuesta.
Porque cuando aconsejamos a otra persona muchas veces terminamos revelando nuestras propias creencias.
Gregorio siguió revisando la caja, apareció entonces una fotografía de su padre, recordó una frase que había escuchado desde niño:
—Es mejor tener poco seguro que arriesgarse a perderlo todo.
Su padre había vivido tiempos difíciles y probablemente aquella manera de pensar le había servido para sobrevivir. Pero Gregorio comenzó a preguntarse si una creencia útil para la vida de su padre necesariamente tenía que dirigir la suya.
¿Cuántas ideas heredamos sin examinarlas?
“No soy bueno para estudiar.”
“No tengo talento.”
“A mi edad ya no vale la pena comenzar.”
“No puedo confiar en nadie.”
Con el tiempo olvidamos quién pronunció esas frases, pero seguimos obedeciéndolas.
Pero había otra cosa en la caja
Una carta, Gregorio reconoció inmediatamente la letra, era de una persona que lo había lastimado profundamente muchos años atrás.
Sintió rabia, durante décadas había dicho que jamás perdonaría, pensaba que hacerlo significaba aceptar lo sucedido.
Pero esa tarde tuvo una idea distinta.
Perdonar no convertiría en correcto lo que ocurrió, no borraría la responsabilidad de quien le hizo daño, quizá simplemente significaba dejar de permitir que aquella persona siguiera ocupando espacio en su presente.
No podía cambiar lo sucedido, pero tal vez podía impedir que continuara sucediendo cada vez que lo recordaba.
También encontró fotografías felices
Viajes. Amigos. Sus hijos pequeños. Su esposa cuando todavía estaban juntos, Gregorio sonrió y por unos minutos apareció otra trampa.
—Esos sí eran buenos tiempos.
La nostalgia también puede convertirse en un ancla, recordar es maravilloso. El problema comienza cuando utilizamos el pasado para demostrar que nada de lo que venga podrá ser igual de bueno.
Gregorio cerró la caja, la dejó nuevamente en el armario, pero esta vez algo había cambiado.
El pasado seguía allí, el fracaso seguía siendo real. Las heridas también. Los buenos recuerdos no habían desaparecido.
Pero ya no tenían por qué decidir lo que sucedería mañana, quizá esa sea la diferencia entre recordar nuestra historia y quedar atrapados dentro de ella.
Soltar el ancla no significa negar lo vivido, significa aprender, reconocer las heridas, agradecer lo que valió la pena y continuar.
Gregorio todavía no sabía si aceptaría aquel proyecto, pero comprendió que la pregunta correcta ya no era:
¿Qué me pasó hace treinta años?
Ahora era:
¿Qué quiero hacer hoy con todo lo que aprendí?
Y tal vez esa pregunta también nos corresponda a nosotros.
Porque no somos únicamente lo que nos sucedió.
También somos lo que decidimos hacer con ello.
Agradezco los aportes a conocermedespuesdelos50@gmail.com
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