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En la  calma aparecen las  respuestas. “¿Para qué tienen ustedes ojos, si no ven, y oídos, si no oyen?”

Por Diego García. Md. Orientador y consejero

Es la pregunta que hace Jesús en el evangelio del Evangelio de Marcos 8, 14-21.

Es una pregunta que deberíamos hacernos todos los días, especialmente cuando enfrentamos problemas y no logramos ver las soluciones. Muchas veces vivimos como si estuviéramos ciegos, sordos y mudos ante las situaciones difíciles de nuestra vida.

La respuesta a un problema suele estar dentro del mismo problema. Eso puede deducirse del texto bíblico: Jesús evidencia que sus discípulos no comprenden lo que está sucediendo. Si el problema es que no vemos y no oímos, la solución parecería sencilla: aprender a ver y a escuchar. Sin embargo, no resulta tan fácil.

La clave aparece en otra pregunta de Jesús:

«¿Tan embotada está su mente?»

El embotamiento es la ausencia de respuesta ante estímulos normales. Nos sucede cuando alguien nos habla y no sabemos qué responder porque nuestra mente está en otro lugar. Estamos físicamente presentes, pero mentalmente ausentes. Nos desconectamos de la realidad y dejamos de percibir lo que ocurre a nuestro alrededor.

El problema no radica en que no tengamos la capacidad de entender, sino en la disposición que tenemos para hacerlo. Es como cuando una esposa le dice a su marido que no la escucha. Tal vez hablan todo el día, pero si no existe atención verdadera, nunca habrá comprensión. Escuchar no es solo oír palabras; es estar realmente presente.

Vivimos en un mundo lleno de ruido. No solo el ruido físico —la sirena de una ambulancia, el sonido de una moto, la música estridente o los gritos—, sino también un ruido más profundo: el de la mente agitada.

Dentro de nosotros aparecen pensamientos constantes, como voces que no descansan. Mientras realizamos una actividad, surge una tormenta mental hecha de preocupaciones: lo que pasará mañana, el problema no resuelto de ayer, las obligaciones pendientes. Pensamos muchas cosas al mismo tiempo y creamos un frenesí interior que nos agota.

Al final del día nos sentimos extenuados. Nuestra mente ya no está disponible para lo verdaderamente importante: conversar con la pareja, compartir con los hijos, disfrutar de las mascotas o simplemente descansar. Cambiamos esos momentos por frases como: “qué pereza”, “estoy muy cansado”, “no quiero hablar”. Sin darnos cuenta, terminamos irritados con quienes amamos e incluso con la vida misma.

Así, pasando de un pensamiento a otro sin calma, la vida se convierte en una carrera permanente por resolver múltiples problemas. Para lograrlo sacrificamos tiempo: tiempo para la familia, para nosotros mismos y para esos espacios donde habitan la tranquilidad, la calma y la felicidad.

Para encontrar respuestas a nuestras dificultades diarias no basta con pensar más en el problema. Antes de buscar soluciones debemos salir del embotamiento mental.

Primero, ser conscientes de nuestra realidad. Ante una situación difícil no ganamos nada generando más angustia o estrés; eso solo aumenta el embotamiento. Reconocer el problema es aceptar que debemos avanzar.

Segundo, hacer una pausa. Alejarnos un momento no significa huir, sino ponerle un “pare” a la mente. Respirar profundamente permite aquietar los pensamientos y disminuir la presión interior. Entre gritos nadie se entiende; tampoco podemos entendernos a nosotros mismos si no escuchamos en calma lo que pensamos.

Tercero, ponernos en movimiento. Desde la calma aparece un panorama más claro que nos ayuda a tomar mejores decisiones. Tal vez cometamos errores, pero avanzaremos con mayor serenidad, no necesariamente como queremos, sino como necesitamos.

Entonces vale la pena preguntarnos:

¿Para qué tenemos ojos, oídos, familia, trabajo, salud y todo lo que poseemos, si no es para disfrutarlo ahora?

Que el embotamiento mental, producido por el ruido de los problemas y de los pensamientos negativos, no nos quite la paz ni la tranquilidad.

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