Por Hernán Alejandro Olano García
La intervención del papa León XIV ante la UNESCO, en París, plantea una idea que trasciende el ámbito religioso: la paz no se sostiene únicamente en tratados o equilibrios de poder. Requiere una cultura formada en las conciencias, una educación comprometida con la verdad y una ciencia al servicio de la persona. El mensaje invita a examinar qué entendemos por progreso y a quién debe servir éste en la Torre de Babel de las culturas.
El punto de partida del discurso fue la dignidad humana. León XIV recordó que la educación, la ciencia y la cultura no pueden separarse de la vida concreta de las personas. Su sentido se pierde cuando el ser humano se convierte en instrumento, mercancía o dato. Educar no consiste solamente en transmitir conocimientos ni preparar para producir más: también implica ayudar a encontrar sentido, cultivar responsabilidad y reconocer la humanidad del otro.
Esta perspectiva adquiere especial relevancia frente a la inteligencia artificial y los medios digitales. El Papa reconoce sus posibilidades, pero advierte que la eficiencia puede convertirse en criterio para valorar a las personas, mientras la abundancia informativa se confunde con conocimiento y la rapidez con verdad. Los sistemas artificiales procesan datos, pero no reemplazan la experiencia humana ni resuelven las preguntas sobre el sentido de la existencia. De ahí la importancia de la alfabetización mediática, el discernimiento ético y la protección de niños y jóvenes frente a la manipulación y la explotación.
La reflexión del Pontífice se articuló mediante dos imágenes: Babel y Pentecostés. Babel representa una unidad impuesta por la dominación, que termina produciendo ruptura; Pentecostés simboliza una comunión capaz de respetar las diferencias. La distinción recuerda que cooperar no significa uniformar. La diversidad cultural no es un obstáculo que deba suprimirse, sino una realidad que puede contribuir al entendimiento si se acompaña de justicia, escucha y reconocimiento recíproco.
El discurso vinculó la crisis ecológica con una crisis antropológica. La explotación de la naturaleza y el descarte de personas responden, en su planteamiento, a una misma lógica: consumir sin preservar y medir el valor por la utilidad. Cuidar la creación exige atender a quienes sufren pobreza, desplazamiento, discapacidad, vejez o exclusión. La dignidad se verifica en la protección de quienes tienen menor voz.
León XIV reconoció las dificultades de las instituciones internacionales: sus tareas son indispensables, pero su eficacia se debilita cuando el diálogo se trata como demora y no como instrumento para construir acuerdos. La confianza no elimina los conflictos; permite abordarlos sin convertir las diferencias en amenazas.
Esta intervención nos recuerda que la paz es una tarea educativa, cultural, científica y ética. Su horizonte religioso es explícito, pero sus preguntas interpelan también a sociedades plurales: ¿qué límites deben orientar la innovación?, ¿cómo impedir que la comunicación se convierta en manipulación?, ¿cómo medir el desarrollo sin olvidar a las personas y al planeta? ¿Qué papel juega la UNESCO como organismo de cooperación y espacio para pensar el destino común?
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