Esteban Jaramillo Osorio
El negocio del fútbol. Las grandes incorporaciones nublan los ojos de los aficionados, los ilusionan, los hacen felices. Toman un aire de arrogancia frente a los rivales, de superioridad, que los lleva a conjeturar y pronosticar títulos, sin la pelota en movimiento.
Lo emocional se vuelve irracional. Un día de festival y otro de cementerio.
No son los hinchas dueños de las decisiones de sus ídolos, ni controlan sus movimientos. No forman parte del entramado de sus transferencias, y mucho menos de sus burlas, deslealtades y traiciones.
Caso típico el de James Rodríguez, en curva declinante de su carrera. Con expresiones de fútbol valoradas en la selección, rechazadas en sus clubes.
Quienes lo siguen con especial devoción, lo hacen por su maravillosa calidad técnica, sus finos pases, las roscas envenenadas de sus asistencias que sentencian los partidos. Por la influencia en el juego del combinado nacional y los efectos anímicos de su presencia en las canchas.
Su frustrada llegada a Junior, que descarriló las lenguas y nubló las mentes en medio de la ofuscación, no fue una traición. Simplemente se rindió al mejor postor, como lo hacen todos los futbolistas y los dirigentes.
Fue una salida en falso de Fuad Chard, tan acostumbrado a los golpes de efecto en el mercado de transferencias, respaldado por su poder económico. Fue imprudente a pesar de su experiencia.
Si hay un magnate, como el dirigente de Junior, habrá otro más poderoso, como el dueño del León, que hace un tiempo estuvo a punto de comprar el Once Caldas.
A James se le ve feliz en su nuevo equipo. le ha ocurrido siempre al llegar. Le pasó en Porto, Mónaco, Real, Bayern, Grecia, Brasil y en Rayo Vallecano
Las amarguras y la desmesura crítica llegan luego cuando se resiente su espíritu competitivo y cuando pierde el interés por entrenar. Cuando los conflictos son diarios y solo la ruta de salida apacigua los incendios tras chocar con sus entrenadores.
En la selección expone su espíritu ganador, que contagia. La gama de recursos técnicos, que le da prepotencia en los triunfos a Colombia. Una mezcla reducida de sacrificio y deseo de jugar, pero siempre influyente.
Elevados son sus salarios y su cotización, la admiración a su juego. Atractiva es su presencia en el mercado y muchos clubes se obsesionan con él, a pesar de su incierta aportación. Hoy solo se ven pequeñas porciones de su afamado fútbol preciosista.
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