Por Guillermo Tovar Áñez
La historia es entrañable y es semejante a las de muchos extranjeros que llegaron a vivir en Colombia en los prósperos y algo apacibles años 70, y se fascinaron con la cultura del país, no tan rico como algunos de sus vecinos, pero quizás más modesto y más culto.
Marlore Anwandter, la pedagoga y compositora que enseñó a los niños de Colombia y otros países del continente con sus canciones y rondas, llegó de Chile acompañando a su esposo Bryan, trasladado a Bogotá por su empresa.
En aquel entonces no era raro ver en los bellos barrios del nororiente capitalino algún campesino vendiendo leche recién ordeñada o leña cortada de los cerros, a lomo de un burro, en un país de vegetación exuberante del trópico y abundante riqueza animal, sin petróleo ni grandes fábricas, pero con un ingenio inagotable, que era conocido en la región por la genialidad de Rafael Pombo y José Asunción Silva.
De allí salieron criaturas entrañables en canciones que los niños crecían escuchando en tocadiscos, en vinilos producidos en la pujante industria de Medellín.
Y eran tan perfectas que muchos creían que detrás de esas canciones estaba el más colombiano de los compositores.
La iguana, con una ruana de lana, se tomaba la bebida colombiana a la hora del té. Y la serpiente calentana era tan original que comía plátano con aguardiente. El pájaro carpintero, como cosa rara, se puso a martillar.
Otros hijos de la genialidad de Marlore eran Elena la ballena y Sammy el heladero, un pingüino feliz y gordito que fue al Africa ardiente empujando su carrito.
Y también las cinco vocales cobraron vida y salieron cada una a un sitio diferente. Salió la A “a comprarle un regalo a mi mamá”, la E “fue con mi tía Martha a tomar té”, la I “a comprar un puntito para mí”, la O “fue a comprar tamales y engordó” y la U “salió en su bicicleta y llegó al Perú”.
La madre de todos esos personajes, que falleció hace pocos días cuando cumplía 92 años, en Lathrop, estado de Missouri (EEUU), también fue periodista y antes de llegar a Colombia había dirigido una revista denominada Eva, que con ese nombre no podía dedicarse a algo diferente que la mujer, algo parecido a lo que hiciera un siglo antes Soledad Acosta de Samper en la vieja Bogotá.
En los 70 la capital de Colombia ya había salido del siglo XIX, pero aún guardaba ciertas cualidades decimonónicas, como eso de dirigirse a las señoras con reverencia como su merced.
No hacía mucho, habitantes de otras partes del continente creían que Rin Rin Renacuajo, La Pobre Viejecita o Los Maderos de San Juan eran obra de algún paisano y no de un cachaco bogotano perdido en La Candelaria.
Marlore Anwandter fue cautivada pronto por la bruma y el chispazo. Del burro blanco y el burro gris del campesino de ruana que vendía leña salió la primera canción, con la ayuda del pentagrama y del acordeón que la chilena sabía interpretar.
Las otras se convertirían en texto de hogares y escuelas en los “Canticuentos”, que enseñaron las vocales a los niños sin darse cuenta.
De Bogotá, la pedagoga santiaguina se fue a vivir a Estados Unidos con Bryan, con quien se había casado en 1959 y que falleció en 2021. Pero en Colombia dejó amigos a los que visitó varias veces y que le rindieron homenajes en vida.
A finales del siglo pasado, un argentino, Miguel Cané, inmortalizó a Bogotá como Atenas Suramericana. De esa cultura no queda mucho, pero todas esas personas que vinieron de lejos a vivir entre nosotros sobreviven con un recuerdo inextinguible.
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