Por Mauricio Salgado Castilla @salgadomg
El profesor Gonzalo se levantó con pocos ánimos, durante las vacaciones había trabajado intensamente en cómo incorporar la inteligencia artificial, IA, a su clase. No había sido fácil. Se había preguntado cómo diseñar evaluaciones que no pudieran ser resueltas en segundos por una herramienta de IA y al mismo tiempo, cómo lograr que los estudiantes hicieran un aporte propio, incluso cuando utilizaran estas nuevas tecnologías.
Había pensado también en sus clases, en nuevas formas de preguntar, de evaluar y de enseñar, pero ahora las directrices eran claras: se prohibía totalmente el uso de la inteligencia artificial en el aula.
Durante años hemos discutido cómo mejorar la educación.
Cambiamos programas, incorporamos computadores, modificamos sistemas de evaluación, capacitamos profesores y hablamos permanentemente de innovación.
Sin embargo, quizá hemos evitado una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué necesita realmente aprender un ser humano en la era de la inteligencia artificial?
La pregunta resulta especialmente importante porque la inteligencia artificial no parece ser una moda pasajera. Llegó para quedarse, como ocurrió con internet, los teléfonos inteligentes o las calculadoras.
Podemos discutir sus riesgos, establecer límites y definir reglas para utilizarla. Todo eso es necesario, pero pretender mantenerla completamente fuera de los procesos educativos sería parecido a intentar esconder el sol con las manos: dejar de mirarlo no hace que desaparezca.
Una de las primeras reacciones de algunas instituciones educativas ha sido preocuparse por cómo impedir que los estudiantes utilicen inteligencia artificial para realizar trabajos, responder preguntas o preparar evaluaciones.
La preocupación es comprensible, si un estudiante simplemente copia una respuesta producida por una máquina, evidentemente no está aprendiendo, pero quizá estamos mirando el problema desde el lugar equivocado.
La pregunta no debería ser únicamente cómo evitar que los estudiantes utilicen inteligencia artificial, sino cómo enseñarles a utilizarla sin dejar de pensar.
Allí aparecen varias capacidades que deberían ocupar un lugar central en la educación contemporánea: criterio, creatividad y capacidad para formular buenas preguntas.
La inteligencia artificial puede producir en segundos explicaciones sobre física, química, historia o matemáticas, puede comparar teorías, resumir documentos, traducir idiomas, generar ejemplos y ofrecer distintas maneras de explicar un mismo concepto.
Esa disponibilidad de conocimiento cambia profundamente el papel tradicional del profesor.
Durante mucho tiempo, el docente fue considerado principalmente el experto que poseía un conocimiento que el estudiante debía recibir.
Ese modelo tenía sentido cuando acceder a la información era difícil, hoy la situación es diferente.
Incluso en regiones donde puede resultar complicado encontrar profesores especializados en determinadas áreas, la tecnología permite acceder a explicaciones y conocimientos que hace pocos años habrían sido prácticamente inaccesibles.
Eso no significa que el profesor deje de ser necesario, significa exactamente lo contrario, su función se vuelve mucho más importante, pero también diferente.
El profesor del siglo XXI necesita ayudar al estudiante a distinguir la información confiable de la dudosa, cuestionar una respuesta, descubrir contradicciones, formular mejores preguntas, relacionar conocimientos y desarrollar argumentos propios.
Es decir, ayudarle a construir criterio.
También necesita estimular algo que difícilmente se desarrolla memorizando respuestas: la capacidad de imaginar posibilidades diferentes, combinar ideas, encontrar soluciones nuevas y atreverse a explorar caminos que todavía no existen.
Eso es creatividad.
Si una máquina puede entregar una respuesta correcta en pocos segundos, probablemente el valor educativo ya no esté solamente en encontrar la respuesta.
Puede estar también en aprender a formular la pregunta correcta.
Pero existe otra dimensión que durante décadas hemos dejado en un segundo plano.
Nuestros estudiantes llegan todos los días a colegios y universidades acompañados de sus emociones.
Llegan con alegría, miedo, frustración, inseguridad, rabia, expectativas, problemas familiares y necesidad de pertenecer.
Las emociones siempre han estado dentro del salón de clase, aunque muchas veces el sistema educativo haya actuado como si pudieran quedarse afuera.
Problemas de convivencia, agresividad, acoso, dificultades familiares o incapacidad para manejar los conflictos nos recuerdan que saber matemáticas, química o literatura no es suficiente para vivir bien.
Por eso el nuevo papel del docente también podría incluir ayudar a los estudiantes a conocerse, comprender lo que sienten, aprender a relacionarse, reconocer sus fortalezas y desarrollar herramientas para tomar mejores decisiones.
Aquí aparece otra capacidad fundamental: el autoconocimiento.
Saber quién soy, cómo reacciono, qué me motiva, qué me limita, en qué soy bueno y cómo me relaciono con los demás puede resultar tan importante para la vida como muchos de los conocimientos que tradicionalmente ocupan los programas académicos.
Curiosamente, cuanto más avance la inteligencia artificial, más importante puede volverse la dimensión humana de la educación.
Tal vez la tecnología se encargue cada vez mejor de proporcionar información, mientras el profesor pueda dedicar una mayor parte de su tiempo a algo mucho más difícil: enseñar a pensar, preguntar, crear, discernir, convivir y conocerse.
Esto implica también formar a los propios docentes.
No podemos pedirles que orienten a sus estudiantes en un mundo tecnológico y emocionalmente complejo si ellos mismos no han tenido la oportunidad de comprender esas herramientas y desarrollar esas competencias.
Por eso la discusión educativa que tenemos por delante no debería reducirse a decidir si permitimos o prohibimos la inteligencia artificial.
La cuestión es mucho más profunda.
Tal vez hemos llegado al momento de atrevernos a formular la pregunta que durante demasiado tiempo evitamos:
Si el mundo cambió, si el conocimiento está disponible como nunca y si la inteligencia artificial puede responder en segundos aquello que antes tardábamos horas en investigar,
¿Qué debería aprender realmente hoy un ser humano?
Aquella mañana, mientras observaba nuevamente el examen que había preparado durante las vacaciones, el profesor Gonzalo comenzó a sospechar que quizá había estado intentando resolver la pregunta equivocada.
Tal vez el verdadero desafío no era diseñar una evaluación que la inteligencia artificial no pudiera contestar.
Tal vez el desafío era conseguir que, aun teniendo todas las respuestas a su alcance, sus estudiantes siguieran aprendiendo a pensar por sí mismos.
Quizá de la respuesta a esa pregunta dependa buena parte de la educación que necesitamos construir ahora.
Agradezco los aportes y comentarios a: conocermedespuesdelos50@gmail.com
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