Por: Julián Escobar
El pájaro Caxin, según la tradición muisca, era una criatura que aparecía en los alrededores de Nobsa y se transformaba en fuego mientras bailaba en el aire. Este fenómeno persiste en el tiempo sin ser plenamente desmentido ni corroborado, atrapado entre la leyenda y el olvido. Las pocas explicaciones dadas estaban relacionadas con fenómenos religiosos e implican soluciones en este plano como colocar una cruz. Sin embargo, las apariciones nunca desaparecieron del todo.
A su llegada, los españoles encontraron que el Caxin provocaba temor entre los aborígenes. Lo describieron como un “baile de luces” y lo asociaron con estrellas fugaces, pues las primeras narraciones hablaro de una luz con una larga cola blanca surcando el cielo. Sin embargo, una lluvia de estrellas recurrente en un mismo lugar resultaba improbable. Otras explicaciones, influenciadas por imaginarios medievales, intentaron vincularlo con la estrella de Belén, aunque los tiempos no coincidían ya que entre cada acontecimiento había una distancia de más de mil quinientos años. Algo que llamó particularmente la atención fue su asociación con castigos, un concepto que los españoles no lograron comprender del todo. Así, la explicación más razonable para la época terminó orbitando en lo astronómico, en línea con el conocimiento avanzado que España poseía en el siglo XVI gracias a su herencia árabe y fue pensado como una estrella fugaz.
Con el paso de los años, y bajo una creciente influencia religiosa, el Caxin comenzó a ser vinculado con lo infernal. Surgieron entonces monumentos destinados a contener lo inexplicable. Durante la colonia, los relatos de luces persistieron, y ya en 1889, en plena era republicana, se erigió en Nobsa la Cruz de Aranda, con la intención de frenar la aparición de aquel supuesto ser maligno. El remedio no funcionó. La cruz cayó varias veces, vencida por lluvias y temblores, lo que no hizo sino alimentar el misterio. Ya existían precedentes de intervenciones religiosas contra creencias muiscas, como en el páramo de Guacheneque, donde un sacerdote realizó un exorcismo al río Bogotá. La idea de que lo espiritual podía contener lo desconocido no era nueva y había dado resultados en la época de la Nueva Granada.
La cruz aún permanece, pero el fenómeno ha mutado en su interpretación. Hoy, las luces son vistas como un enigma sin origen comprobado, frecuentemente vinculado al fenómeno ovni. Murales en Nobsa, desde la década de 1970, ya representan estas luces en el cielo, asociadas incluso a desastres. El fenómeno encuentra ecos en otros lugares del mundo. En Fukushima, Japón, durante el tsunami de 2011, se reportaron luces similares en el cielo. En Nobsa y sus alrededores, por su parte, se han registrado oleadas de avistamientos en los años 2000, 2003, 2007, 2023 y 2025, documentadas en distintos medios. Resulta, cuando menos, intrigante que durante más de cinco siglos esta región haya sido escenario de luces errantes.
Esto no implica necesariamente un origen extraterrestre. Más bien sugiere la persistencia de un fenómeno natural aún no comprendido del todo. El problema es que el debate ha estado dominado por lo esotérico y lo anecdótico, sin una investigación sistemática que permita conclusiones sólidas. El misterio, entonces, sigue abierto y quizás, si se camina por las noches en las inmediaciones de Nobsa y se alza la mirada al cielo, todavía sea posible ver al antiguo Caxin: no como un pájaro, sino como luces danzantes que se niegan a desaparecer a pesar de soluciones religiosas y el pasar de los años.
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