Por: Mario Alberto Bedoya- Consultor Financiero / @doctrinas.co
¿Por qué la producción académica occidental en su mayoría adopta marcos conceptuales derivados del marxismo? ¿Dónde, cómo y por qué surgió la denominada corrección política?
¿Por qué en la sociedad actual se sustituyó el análisis empírico y la búsqueda de la verdad por una retórica de deslegitimación sistemática de las instituciones tradicionales, la familia, la religión y el libre mercado? ¿Por qué todos nacemos esencialmente conservadores?
Las respuestas a estos y muchos otros paradigmas instaurados en la conciencia de millones de personas durante más de seis décadas se obtienen leyendo, consultando y escuchando al pensador inglés Sir Roger Scruton (¿lo conocía?).
En su obra Fools, Frauds and Firebrands / Pensadores de la Nueva Izquierda, Scruton analiza y desmonta minuciosamente los argumentos que Herbert Marcuse expone en su célebre y controvertido ensayo de 1965, «Tolerancia Represiva».
Marcuse fue uno de los teóricos más influyentes del Instituto de Investigación Social (la célebre Escuela de Fráncfort), núcleo fundacional de la llamada Teoría Crítica.
Esta es una corriente filosófica y sociológica —desarrollada por autores como Max Horkheimer, Theodor Adorno, Erich Fromm y el propio Marcuse— que busca «analizar, cuestionar y transformar la sociedad burguesa y capitalista en su totalidad».
La Escuela de Fráncfort se trasladó a la Universidad de Columbia tras el ascenso del nacionalsocialismo en 1933, e introdujo su Teoría Crítica en el corazón académico de Occidente, formando a las élites destinadas a dirigir las humanidades, el periodismo y la legislación, entre otras disciplinas.
La Teoría Crítica sostiene que todo conocimiento está determinado por el contexto social y político. Su objetivo central no es explicar el mundo, sino revelar las formas invisibles de dominación, alienación y consumismo en la economía, la cultura y la tecnología para —según sus exponentes— emancipar al ser humano y lograr su verdadera liberación. Esta postura guarda, por lo demás, una profunda coincidencia estratégica con las tesis de la hegemonía cultural formuladas por Antonio Gramsci.
Frente a este marco, Scruton identifica e invalida cuatro preceptos fundamentales del pensamiento marcusiano.
El primero es una redefinición de la tolerancia («Tolerancia Liberadora» vs. «Tolerancia Represiva»).
Para Marcuse, la tolerancia en las democracias liberales es una «falsa tolerancia» (represiva) porque permite la coexistencia de ideas conservadoras que perpetúan el sistema. Sostiene que la verdadera «tolerancia liberadora» exige total intolerancia hacia los movimientos de derecha y tolerancia exclusiva hacia los de izquierda.
Scruton señala que Marcuse subvierte el concepto mismo de tolerancia —que consiste en permitir opiniones disidentes— para convertirlo en una justificación de la censura ideológica. Para Scruton, llamar «tolerancia» al silenciamiento del adversario destruye la base misma de las libertades civiles universales.
El segundo es la falacia de la «Falsa Conciencia» y el desprecio por la democracia popular.
Marcuse argumenta que el ciudadano común en las sociedades capitalistas padece una «falsa conciencia» alimentada por los medios y la cultura de consumo. Al estar «adoctrinado», el pueblo no sabe lo que realmente le conviene; por lo tanto, la regla de la mayoría y el voto democrático solo perpetúan la opresión.
Scruton critica vehementemente el elitismo paternalista y autoritario de esta postura. Al calificar las elecciones y decisiones del pueblo como fruto del adoctrinamiento, Marcuse descalifica los mecanismos democráticos legítimos y se otorga a sí mismo —y a la vanguardia intelectual afín— el monopolio de la «verdadera libertad», situando a la izquierda moralmente por encima de la rendición de cuentas democrática.
El tercero es la legitimación de la violencia y el autoritarismo como «Liberación».
Al asumir que el sistema liberal ejerce una «violencia estructural e invisible», Marcuse defiende que las minorías oprimidas y la vanguardia intelectual tienen el derecho moral de recurrir a la acción directa, a la suspensión del debate libre e incluso a la violencia para subvertir el orden establecido —una reformulación directa de la tesis de la revolución violenta de Marx—.
Scruton demuestra que esta lógica destruye el Estado de derecho y el marco de la convivencia civil. Al subordinar la justicia a una causa utópica, Marcuse reincide en los dogmas totalitarios del siglo XX donde «el fin justifica los medios», erosionando las instituciones mediadoras que evitan que el poder político degenere en tiranía.
El cuarto es el rechazo del debate racional y la verdad compartida.
Marcuse afirma que el debate público libre en una sociedad capitalista es una ilusión porque las reglas del juego están trucadas en favor del capital. Por ello, buscar el diálogo racional o el compromiso con posiciones opuestas resulta una forma de complicidad con la opresión.
Scruton rebate este principio señalando que niega la posibilidad misma de la verdad objetiva y del progreso intelectual. Si el debate racional se descarta de antemano como un «artilugio burgués», la política deja de ser un espacio de persuasión para convertirse en un terreno de pura confrontación de poder e intolerancia sectaria.
Finalmente: ¿Existe un sesgo académico, un olvido deliberado de pensadores como Roger Scruton?
No es casualidad que en las facultades de ciencias sociales, ciencia política y humanidades el nombre de Herbert Marcuse resuene con reverencia mientras que el de Sir Roger Scruton haya sido confinado al ostracismo.
La academia contemporánea, dominada en gran medida por la hegemonía del neomarxismo, favorece las teorías que justifican la deconstrucción institucional y la ingeniería social. Marcuse resulta funcional a ese aparato porque proporciona la coartada moral para el dogmatismo y la cancelación. Scruton, por el contrario, resulta incómodo: nos recuerda que la civilización occidental no se sostiene sobre el resentimiento ni sobre abstracciones utópicas, sino sobre el orden constitucional, el libre mercado y la preservación de nuestros valores judeocristianos y grecorromanos.
Si deseamos rescatar la búsqueda de la verdad y el debate racional en las esferas pública y privada, el diagnóstico es claro: necesitamos urgentemente MENOS MARCUSE Y MUCHO MÁS SCRUTON.
Cierro con un par de preguntas dirigidas a los poderes ejecutivo y legislativo, ministerios de educación, directivos, docentes en general, organizaciones estudiantiles, gremios y sindicatos del sector: ¿Por qué Marcuse sigue siendo una figura omnipresente mientras Scruton es sistemáticamente relegado u olvidado? Y, sobre todo, ¿por qué permitimos que la academia sea hegemonizada por la izquierda?
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