Cada 20 de julio, mientras Colombia celebra su independencia, se conmemora el nacimiento de uno de los más grandes exponentes de la música de acordeón: Julio de la Ossa, conocido por el pueblo como «El Pequeño Gigante del Acordeón».
Nació el 20 de julio de 1936, hijo de Julio de la Ossa Álvarez y Elvira Domínguez Contreras. La vida le presentó muy temprano una dura prueba: la pérdida de su madre cuando apenas contaba con dos años de edad. Desde entonces, su crianza estuvo en las manos amorosas de su abuela Andrea Álvarez, quien sembró en él los valores que más tarde lo acompañarían durante toda su trayectoria artística.
Su acercamiento a la música comenzó a los 17 años, cuando ingresó a la Banda Juvenil de Chochó como maraquero. En aquella época descubrió que su destino estaba unido para siempre a los sonidos del Caribe colombiano. Durante la década de los cincuenta adquirió una armónica con la que sorprendió a todos por la facilidad con que interpretaba las melodías.
Fue su amigo Nicanor Guevara quien, maravillado por su talento natural, lo animó a dar el paso definitivo hacia el acordeón. Desde entonces interpretó porros, fandangos, cumbias, paseítos y vallenatos, géneros que ya hacían parte del paisaje sonoro de la región. La escuela musical de Alejo Durán marcó profundamente sus primeros años, convirtiéndose en una de sus mayores influencias.
Su camino artístico también lo llevó a encontrarse con el maestro Calixto Ochoa, a quien conoció mientras buscaba un técnico que reparara su acordeón. Aquella coincidencia fortaleció aún más su crecimiento musical y abrió nuevas puertas en su carrera.
Entre 1960 y 1962 fue llamado a integrar la legendaria agrupación Los Corraleros de Majagual, consolidándose como un acordeonero de extraordinaria versatilidad. Julio de la Ossa dominó con maestría los aires tradicionales de la sabana y del vallenato, interpretando con igual brillantez porros, puyas, merengues, sones, paseos, fandangos y cumbias, convirtiéndose en un artista integral.
Su talento alcanzó el máximo reconocimiento cuando, en 1975, se coronó Rey Vallenato, uno de los títulos más prestigiosos del folclor colombiano. Aquel triunfo confirmó lo que el pueblo ya sabía: estaba frente a un verdadero maestro del acordeón.
Los reconocimientos continuaron llegando. En 1986 obtuvo la corona como Rey Hombre Caimán en Plato, Magdalena, y en 1990 fue proclamado Rey Sabanero en Sincelejo, Sucre, consolidando una trayectoria artística admirada en toda la región Caribe.
Pero su grandeza no solo estuvo en el acordeón. También dejó una huella imborrable como compositor. Su catálogo supera las 189 obras musicales, muchas
de las cuales se convirtieron en verdaderos clásicos del vallenato. Entre ellas sobresalen «Mi visita», Novia ingrata, «La colegiala», «La Margentina», «Bella Cascada», «Adiós María», «Cariñito” Las cartas, Amores escondidos, “Me dominas», canciones que han trascendido generaciones y continúan sonando con la misma fuerza con la que fueron creadas.
Estas composiciones han sido grabadas y regrabadas durante más de seis décadas por destacados intérpretes nacionales e internacionales, manteniendo vivo su legado musical.
Temas como «Mi visita» y «La Margentina» han encontrado nuevas voces en cada generación, demostrando que las grandes obras nunca envejecen.
Detrás de muchas de esas inspiraciones existió un nombre que ocupó un lugar privilegiado en su corazón: Gladys Ochoa, su esposa, compañera de vida y musa inspiradora. A ella le dedicó una de sus obras más emblemáticas, «Mi visita», una composición nacida del amor profundo y sincero que siempre profesó por quien fue el motor de su vida familiar y sentimental. Más que una canción, fue un homenaje convertido en melodía, inmortalizando en el pentagrama un sentimiento que el tiempo jamás ha podido borrar.
Su producción discográfica también habla de la dimensión de su carrera: 32 álbumes (L.P.) enriquecen el patrimonio musical colombiano y constituyen un testimonio del inmenso legado que dejó para las nuevas generaciones de acordeoneros, compositores y amantes del vallenato.
Hoy, al conmemorarse un nuevo aniversario de su natalicio, la memoria de Julio de la Ossa sigue viva en cada acorde, en cada festival y en cada interpretación de sus canciones. Su legado continúa inspirando a quienes entienden que el acordeón no solo se toca con las manos, sino también con el alma.
Porque los reyes pueden dejar de estar físicamente entre nosotros, pero cuando su obra permanece en el corazón del pueblo, su reinado se vuelve eterno. Y ese es, precisamente, el legado de Julio de la Ossa, el inolvidable «Pequeño Gigante del Acordeón».
Crónica: CARLOS JULIO DE LA OSSA OCHOA
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