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Según Organización Mundial de la Salud, estos cuatro hábitos contribuyen a la pérdida de memoria

Un estilo de vida poco saludable puede acelerar el deterioro cognitivo más de lo que imaginas, según la Organización Mundial de la Salud

La memoria no es simplemente una función cerebral más: es el hilo conductor de nuestra identidad, el archivo de nuestras vivencias y el motor del aprendizaje. Pero esta capacidad, tan esencial como vulnerable, se ve cada vez más amenazada por costumbres cotidianas que, sin que lo notemos, deterioran nuestra salud cerebral. Así lo advierte la Organización Mundial de la Salud (OMS), que alerta sobre cuatro hábitos comunes que están íntimamente relacionados con la pérdida de memoria.

Según cifras de la propia OMS, más de 55 millones de personas viven actualmente con demencia en el mundo, y cada año se suman cerca de 10 millones de nuevos casos. Lo preocupante es que hasta un 40 % de estos podrían prevenirse o retrasarse modificando factores de riesgo, muchos de ellos relacionados con el estilo de vida. En otras palabras, muchas veces no es la edad la que roba la memoria, sino nuestras rutinas diarias. Por ello, la OMS recomienda cuatro hábitos a cambiar que pueden ser muy útiles para retrasar esta condición.

  1. Sedentarismo: el cuerpo parado, el cerebro también

Moverse no sólo mejora el estado físico, también es una de las formas más eficaces de cuidar el cerebro. Estudios publicados en revistas como Neurology han demostrado que las personas físicamente activas tienen menos probabilidades de desarrollar problemas de memoria o demencia. ¿La razón? El ejercicio estimula el flujo sanguíneo cerebral, lo que se traduce en más oxígeno, nutrientes y la liberación de proteínas clave como el BDNF, que favorecen la plasticidad neuronal.

En cambio, pasar horas frente a una pantalla o evitar cualquier tipo de movimiento, además de al cuerpo, también reduce el volumen del hipocampo, la zona cerebral responsable de la memoria y el aprendizaje. Un paseo diario o una rutina de ejercicios moderados pueden ser mucho más beneficiosos para el cerebro de lo que imaginamos.

  1. Falta de sueño: el cerebro necesita su mantenimiento nocturno

Dormir mal o poco es uno de los mayores enemigos de la memoria. Mientras dormimos, el cerebro realiza un proceso vital: consolida los recuerdos, organiza la información reciente y elimina residuos tóxicos acumulados durante el día. La privación de sueño interfiere con este proceso y, a largo plazo, puede acelerar el deterioro cognitivo.

Trastornos como el insomnio crónico o la apnea del sueño se han vinculado directamente con mayores riesgos de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. Dormir entre 7 y 9 horas diarias no es un lujo, sino una necesidad biológica. Así lo subraya también la Fundación Nacional del Sueño, que insiste en la importancia de una higiene del sueño adecuada para preservar la salud mental.

  1. Aislamiento social: la soledad que desconecta neuronas

La interacción social es un potente estimulante para el cerebro. Hablar, escuchar, debatir y simplemente compartir tiempo con otros activa áreas cerebrales clave para la memoria. Por eso, el aislamiento social prolongado se asocia con un deterioro más rápido de las funciones cognitivas.

Un extenso estudio realizado por la Universidad de Harvard reveló que la soledad crónica puede aumentar hasta en un 40 % el riesgo de desarrollar demencia. El cerebro necesita estímulos constantes, y la vida social es uno de los más ricos. Actividades como asistir a grupos, conversar con amigos o mantener contacto frecuente con la familia ayudan a mantener la mente alerta.

  1. Mala alimentación: lo que comes afecta lo que recuerdas

La dieta tiene un impacto profundo sobre el cerebro. Un consumo excesivo de azúcares, grasas saturadas y alimentos ultraprocesados favorece procesos inflamatorios que deterioran las conexiones neuronales. Diversas investigaciones han vinculado este tipo de alimentación con una mayor incidencia de problemas cognitivos a lo largo de la vida.

En contraste, una dieta basada en frutas, verduras, pescado, aceite de oliva y cereales integrales se ha mostrado eficaz en la prevención del deterioro cognitivo. Este tipo de alimentación proporciona antioxidantes y ácidos grasos esenciales como el omega-3, que protegen el cerebro del envejecimiento prematuro.

Un futuro con memoria está en nuestras manos

Cuidar la salud cerebral no requiere fórmulas complejas ni terapias futuristas. Bastan decisiones conscientes: moverse más, dormir bien, compartir tiempo con los demás y elegir bien lo que comemos. Pequeños cambios que, a largo plazo, pueden marcar la diferencia entre una mente lúcida y un deterioro prematuro.

Textos y fotos: www.elmundoalinstante.com

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