Por Esteban Jaramillo
Para los enfermos de fútbol. Hay locura colectiva.
El fútbol es melodía. Historias mil veces contadas. Taquicardias, emociones, insultos y arrebatos de vedette.
El mundo de “22 locos, persiguiendo un balón”. Seguidos por millones de locos, que “incendian” las tribunas, las plazas y la televisión.
El Mundial es una excusa. Una atracción irresistible. La fiebre, los retos, las discordias, las fórmulas de triunfo y… el balón.
La camiseta es un orgullo nacional. Se demostró en la despedida multitudinaria. La expectativa, los malabares de los reglamentos, las discriminaciones y el maltrato social. Las sospechas sobre la organización.
Gran coctel. Los encuentros masivos con alharacas y algarabías y un entusiasmo difícil de contener.
Está el peregrinaje festivo de hinchas y la desbocada catarata de palabras de los medios que agotan los adjetivos y estrechan los diccionarios.
El mundial sirve para romper estereotipos, ensalzar figuras y castigar fracasos. Es ver juegos deslumbrantes, futboleros de marketing, equipos de marca y cazadores de tobillos y rodillas.
Con talento inigualable, virtuosos que hacen diferencia porque pueden cambiar un partido en una acción; otros con temperamento y egos indomables. Consagraciones, lesiones, expulsiones, tragedias deportivas, todo lo hay que ver.
Es el miedo frente a la ambición.
El día esperado, está por llegar. Seguro, algo va a pasar. No sé qué es. El brindis o el suicidio futbolero. No te asustes: Ya pasó.
El de la ambición colectiva, con aproximación al futuro, el desquite o el desahogo, de un país que ama a su selección.
El mundial y el sueño de un equipo ganador y una Colombia en reconstrucción.
El vuelo libre de Lucho Díaz con su decencia y su juego, en la élite mundial. La dulce espera de James.
La deseada ratificación de Ríos y Arias.
Y en ese gran escenario, Messi, Mbappé, Ronaldo y Modric, los últimos guerreros velando su retiro.
También Shakira, J Balvin. Ellos, a su manera, son Colombia en el mundial.
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