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Un Romanov avivado por el amor

Por María Angélica Aparicio P.

No imaginó heredar el trono de Rusia. Creció como un niño mimado, alejado de los vaivenes de la política, ignorante de los vericuetos que vivía su padre, el Zar Alejandro III. Este chico, que pasó su infancia entre servicios religiosos y desfiles, era el cuarto hijo de Alejandro y de María Fiodorovna. Cuando subió al poder como nuevo zar, optó por el nombre de Nicolás II.

Enamorado de las cacerías, los animales y las caminatas al aire libre, fue creciendo. No recibió una educación de primera sobre el extenso territorio ruso, su población y sus problemas internos; tampoco sobre la construcción de los ferrocarriles nacionales y los países que amenazaban con guerras bilaterales.

Nicolás vivía en una burbuja gigante al desconocer que Rusia requería cambios estructurales a todo nivel. Pasaba su tiempo aislado del ruido, los insultos políticos, las revueltas locales. Su goce residía en levantarse temprano, recibir a sus tutores que le enseñaban danza, geografía e idiomas, y escribir en su diario, como ejercicio noble, asuntos triviales. Nada parecía atormentarlo.

El futuro zar desarrolló aspectos más relativos a una educación inglesa, que a ser el líder de Rusia. Aprendió a cabalgar como un militar, a ser buen tirador, a defenderse con el manejo del inglés, francés y alemán de tal forma, que podía hablar estos idiomas con fluidez; se volvió todo un políglota. Sus días de adolescente pasaron entre visitas a sus primos y los descansos en la actual península de Crimea, -anexada por Rusia en el 2014- donde pasaba sus vacaciones.

Sin soñar con convertirse, algún día, en el zar de los rusos, los asuntos gubernamentales, la retórica, la economía y las finanzas públicas, no estaban a su alcance; lo rodeaban como una espuma a punto de disolverse con agua, pero no alimentaban su mente ni sus inquietudes. Y menos, cuando tuvo que tomar el poder. Llegado el momento, en 1894, era más un joven tímido, meticuloso, gustoso de la vida militar y de navegar en el yate imperial “Standart”, que un conductor político preparado.

A los 26 años, antes de ser nombrado zar de Rusia ­-el último que reinaría como miembro de la dinastía Románov-  se casó con Alejandra Fiodorovna, la mujer que amó en silencio, como un tontillo, desde que la vio en San Petersburgo. Estuvieron juntos cerca de 25 años, más por asuntos de amor y de palpitaciones del corazón, que por otros motivos. Alejandra era una rubia alemana, de religión luterana, que no causaba simpatías en el país, ni en sus futuros suegros. Lluvias negras se presagiaron en Rusia cuando la pareja contrajo matrimonio.

Alejandra abandonó su religión -la luterana- para ser parte de la iglesia ortodoxa rusa a la cual pertenecía Nicolás. Pronto mostró su perfil: religiosa, enemiga de las fiestas de palacio, de los bailes, del despilfarro. Pasó las horas, como una niña chiquita, en su habitación. Sin embargo, más temprano que tarde, sacó las uñas: mostró que le encantaba mandar y que esa actitud tan propia de su personalidad, sería su mejor arma contra todo, contra todos, incluso en perjuicio de su marido en campos distintos al amor.

El romance de Nicolás y Alejandra se mantuvo intacto, como las porcelanas que se cuidan porque nadie puede reproducirlas igual. Sus sentimientos, profundos y sinceros, no cambiaron. La falta de un hijo varón -que llegaría en 1904-, las guerras, los funcionarios que la enfrentaron, las manifestaciones de 1905 realizadas por los rusos, nada ni nadie pudo tumbar esa relación apasionada y juvenil que construyeron en la intimidad.

Su traslado a Ekaterimburgo -abril de 1918- tampoco logró romper su vínculo afectivo. En una casa mal equipada de esta ciudad, el zar y la zarina vivieron prisioneros y como ciudadanos comunes, junto con sus cuatro hijas y su hijo menor de trece años, mientras la ciudad de Moscú se resquebrajaba en el desorden político y social. Aquí permanecieron vivos y temporalmente, con otros asistentes más. El zar y la zarina quedaron, así, en el completo abandono, lejos de sus palacios, de sus pasatiempos, y de quienes entendieron sus luchas personales.

La muerte, acaecida para ambos en 1918, logró separarlos por hilos muy delgados. Alejandra murió tras ser asesinado el zar. Nicolás primero, la zarina después. Luego, una ráfaga indefinida de balas llovió sobre la familia, disparadas por un grupo de hombres que no fueron capaces de revertir la historia. Acudieron a lo más fácil: la brutalidad, el despeje rápido, el silencio de sus palabras. Y desde ese acontecer, vino la revolución bolchevique, la Primera Guerra Mundial y el fin de los Románov como gobernantes de Rusia. En definitiva, se enterraba en lo profundo del subsuelo, a la poderosa monarquía zarista.

Alejandra Fiodorovna, nieta de la Reina Victoria de Inglaterra, terminó sus días, también, muy lejos del más feroz de sus amigos: Grigori Yefimovich Rasputín, el hombre dominante y sucio, de mirada enigmática y ojos azules, que logró un papel trascendental en el mundo de las intrigas palaciegas donde la zarina, finalmente, aprendió a desenvolverse.

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