Por Eduardo Frontado Sánchez
Agradecer parece un acto simple, casi natural, pero en tiempos donde todo ocurre a una velocidad vertiginosa, se nos olvida detenernos a sentir lo que decimos. La inmediatez, el exceso de información y la dependencia tecnológica han convertido la gratitud en una frase más dentro del ruido cotidiano, cuando en realidad es un ejercicio profundo de reconocimiento, aprendizaje y humanidad.
El 27 de noviembre se celebra, principalmente en Estados Unidos y en Canadá, el Día de Acción de Gracias. Una fecha que invita, más que a repetir la palabra gracias, a hacer una pausa consciente para mirar atrás, valorar lo vivido y entender que incluso las lecciones nacidas de lo difícil también merecen ser honradas.
No intento con estas líneas establecer normas sobre cómo agradecer. Lo que sí busco es reivindicar lo que considero las bases de una sociedad más humana: aquella que entiende que la gratitud no se mide por la repetición de una palabra, sino por la autenticidad de nuestras acciones. Un abrazo, un gesto de apoyo, un detalle a quien amamos profundamente, también son formas de decir “gracias” sin pronunciar una sola sílaba.
Lo que nos hace verdaderamente humanos es la conciencia de lo que tenemos y de cómo usamos lo recibido para generar bien común. Agradecer no es sinónimo de felicidad permanente, sino de aceptación consciente y compromiso activo. Es entender que la fortaleza no está en patalear ante las cicatrices del aprendizaje, sino en saber gestionar lo que nos duele desde la integridad y la salud emocional.
Personalmente, doy gracias por los regalos y también por las lecciones que me dejó este 2025. Por cada momento que sirvió para remodelarme en una mejor versión de mí mismo. Agradezco a Dios, sí, pero también a cada experiencia —agradable o desafiante— que reforzó mis convicciones y me recordó que los sueños individuales deben ir acompañados de un propósito colectivo.
Doy gracias, con especial énfasis, a mi madre: mi guía, mi líder vital, mi mayor premio al llegar al mundo. Ella encarna, para mí, la forma más pura del agradecimiento convertido en amor, ejemplo y entrega incondicional.
Agradecer es reconstruirnos. Es dejar de sobrevivir para empezar a vivir con propósito. Es reconocer que la vida —en todas sus formas— es el regalo supremo, y que mientras lo humano nos identifica, lo distinto nos une. Juntos, desde nuestra autenticidad, somos y podemos ser agentes de cambio positivos en un mundo que necesita más afecto, más profundidad, más conciencia.
Porque la gratitud no debe celebrarse solo un día al año, sino ejercerse a diario, como un hábito que transforma no solo nuestras vidas, sino la forma en que habitamos el mundo y nos comprometemos con él.
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