Por Hernán Alejandro Olano García
El terremoto del 10 de agosto de 2026 en Colombia afectó múltiples templos católicos, construcciones públicas civiles y propiedades privadas, sumándose la devastación a la dolorosa pérdida de muchísimas vidas humanas, a quienes acompañamos en su dolor con nuestra solidaridad y oración. Ante una tragedia de estas dimensiones, las palabras resultan insuficientes, pero precisamente por ello adquieren especial significado los gestos concretos de fraternidad, ayuda y acompañamiento. Hoy, más que nunca, Colombia necesita recordar que ninguna región está sola frente al dolor y que la solidaridad no puede limitarse a una expresión pasajera de tristeza.
Uno de los bienes más afectados, por su simbología, fue la Catedral Basílica Metropolitana de Nuestra Señora del Rosario de Manizales, que tiene no solo un extraordinario valor arquitectónico, sino que también es la sede del arzobispo de Manizales, donde se encuentra su “cátedra”, es decir, la sede desde la cual el obispo ejerce su ministerio de enseñanza y gobierno pastoral. Adicionalmente, posee el título de Basílica Menor, dignidad concedida por el Papa a determinados templos por su particular importancia para la vida de la Iglesia, su historia, su culto o su relevancia espiritual. El título de Basílica le fue concedido a la Catedral de Manizales por el papa Pío XII el 23 de diciembre de 1951, hace 75 años.
Tras los devastadores incendios de 1925 y 1926, que consumieron el templo de madera anterior, los pujantes cafeteros manizalitas decidieron aportar recursos para la construcción de una nueva Iglesia. La actual Catedral fue diseñada por el arquitecto Julien Polty y construida entre 1928 y 1939 por la firma italiana Papio Bonarda & Co. Su planta tiene forma de cruz griega, con tres naves, y el conjunto alcanza aproximadamente 115 metros de altura, convirtiéndola en uno de los grandes hitos arquitectónicos de Manizales y en la catedral más alta de Colombia, hoy con sus torres colapsadas.
Su historia, además, está marcada por la capacidad de resistir y renacer. Antes del terremoto del lunes 10 de agosto, ya había sufrido graves afectaciones estructurales en los terremotos de 1962 y 1979, y posteriormente debió enfrentar las consecuencias del sismo de 1999. El terremoto de 1962 provocó, entre otros daños, la caída de las imágenes que coronaban sus torres; las actuales esculturas de San Francisco, San Marcos, San Pablo y Santa Inés fueron incorporadas posteriormente, en 1993. También alberga, además, una extraordinaria colección de vitrales, traídos de Europa, que constituye uno de sus mayores tesoros artísticos.
Hace cuarenta años, durante su visita apostólica a Colombia, en julio de 1986, el papa San Juan Pablo II estuvo en el Eje Cafetero y visitó la Catedral de Manizales. Aquella visita permanece en la memoria de muchos habitantes de la ciudad como una expresión de cercanía de la Iglesia con una región caracterizada por su trabajo, su resiliencia y su profunda identidad religiosa. En 2025, el Ayudante de Cámara del Papa, conde Giuseppe Tedeschi, quien como tenor lírico se presentó en el Teatro Los Fundadores de Manizales junto a su esposa María Ratkova, visitó también la Catedral.
Desde 1984, la Catedral de Manizales tiene la condición de Monumento Nacional, reconocida mediante el Decreto 2912 del 29 de noviembre de ese año. Esta declaratoria significa que su protección trasciende el ámbito estrictamente religioso: estamos ante un bien que pertenece a la memoria cultural y arquitectónica de todos los colombianos.
Que Manizales, Cali, Pereira, Chocó y todas las comunidades afectadas sepan que Colombia está con ellas. Que nadie tenga que enfrentar solo las consecuencias de esta tragedia. Y que nuestras oraciones por los fallecidos se transformen también en acciones concretas en favor de los sobrevivientes y damnificados.
La reconstrucción de la Catedral llegará, y seguramente será también una obra colectiva. Las piedras podrán ser restauradas. Los vitrales podrán recuperar su luz. Pero la tarea más urgente es que ninguna persona afectada pierda la certeza de que, en medio de la adversidad, todavía existen manos dispuestas a ayudar, corazones dispuestos a acompañar y una sociedad capaz de permanecer unida en la tranquilidad que hasta ayer parecía cotidiana.
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