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De la contención monárquica de John Quincy Adams a la «Doctrina Donroe»

Por Mario Bedoya- Analista y Consultor Estratégico / @doctrinas.co

Sintetizada popularmente bajo la máxima «América para los americanos», la postura que más tarde se conocería como la Doctrina Monroe fue concebida en 1823 por el entonces secretario de Estado, John Quincy Adams, y proclamada ante el Congreso de la Unión por el presidente James Monroe.

En su origen, no pretendía ser un cuerpo doctrinario expansivo ni un mandato imperialista, sino una postura geopolítica defensiva frente a las amenazas de la época: la presencia del Imperio británico en Canadá y, fundamentalmente, la pretensión de restauración monárquica en Europa. Esta última se canalizaba a través de la Santa Alianza (firmada en París en 1815 por Rusia, Austria y Prusia), un bloque orientado a contener el liberalismo y el secularismo post-Revolución Francesa y a reconquistar las antiguas colonias emancipadas en el continente americano (1).

En un primer momento, las potencias europeas desestimaron la proclama, conscientes de que los Estados Unidos de los años 1820 carecían del poder militar y económico para respaldarla. En contraste, líderes de la emancipación como Simón Bolívar recibieron inicialmente con simpatía y gratitud el mensaje de Washington.

El verdadero giro doctrinal ocurrió dos décadas después. Hacia 1846, con la expansión territorial hacia el oeste y la anexión de Arizona y Texas, la proclama original mutó formalmente en una doctrina de hegemonía. La frase «América para los americanos» comenzó a interpretarse como «América para los estadounidenses».

Esta asimetría quedó en evidencia con la permisividad de Washington frente a agresiones extracontinentales cuando sus intereses no se veían comprometidos, tales como la ocupación británica de las Islas Malvinas (1833) o la intervención francesa en México (1862).

Posteriormente, la proclama original sumó dos piezas clave en su desarrollo intervencionista: primero, el Corolario Hayes (1880), que declaró a Centroamérica y al futuro canal interoceánico como zona de influencia vital para Washington; y fundamentalmente, el Corolario Roosevelt (1904) (2), que formalizó el papel de EE. UU. como «policía internacional» y justificó la intervención directa en los países de la región ante cualquier inestabilidad fiscal o política.

La doctrina se consolidó así como una herramienta de intervención directa para proteger inversiones e intereses estratégicos del país del norte, entrelazándose con la narrativa mesiánica del Destino Manifiesto y sembrando las bases históricas del resentimiento y el anti-norteamericanismo en América Latina.

A dos siglos de la proclama de Quincy Adams, el escenario geopolítico presenciaría una nueva mutación analítica: la denominada «Doctrina Donroe» (término acuñado por analistas geopolíticos para sintetizar el enfoque impulsado por Donald Trump).

Si la Doctrina Monroe tradicional buscaba la integración del hemisferio bajo una hegemonía institucional o militar de Washington, la Doctrina Donroe reconfigura esta relación desde un marco estrictamente bilateral, nacionalista y transaccional.

A diferencia del intervencionismo democrático de la Guerra Fría o del neoconservadurismo, el enfoque «Donroe» prioriza la seguridad fronteriza, el control migratorio y el balance comercial sobre la tutela institucional de la región.

Se abandona la visión uniforme hacia América Latina para aplicar premios y castigos según la alineación pragmática de cada gobierno con los intereses inmediatos de EE. UU. (seguridad, narcotráfico y cadenas de suministro).

Al igual que la Doctrina Monroe buscaba frenar a la Santa Alianza en 1823, la variante contemporánea centra su objetivo en contener el avance de China y Rusia en la infraestructura crítica y los recursos estratégicos de la región.

La trayectoria de la política exterior norteamericana demuestra que la diplomacia imperial no es estática. De la contención defensiva de Quincy Adams al intervencionismo rooseveltiano, y de allí a la contrapresión transaccional de la era «Donroe», el hilo conductor sigue siendo el mismo que Lord Palmerston definía en el siglo XIX: «las naciones no tienen amigos ni enemigos permanentes; solo intereses permanentes».

La realidad simple para América Latina radica en si sus dirigentes continuarán reaccionando con retórica anti-norteamericana o si estructurarán, finalmente, un pensamiento estratégico e institucional capaz de negociar con pragmatismo en este nuevo mapa global.

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