Por Carlos Cantor Beltrán www.biciurba.com
Hay una escena que se repite con demasiada frecuencia: humo en el horizonte, helicópteros descargando agua, bomberos agotados, animales huyendo, familias evacuadas y hectáreas de vegetación convertidas en ceniza. Después llegan las fotografías. Luego los balances. Finalmente, cuando desaparece el humo, llega el silencio. Pero el bosque no vuelve con el silencio.
En Villa de Leyva, Boyacá, el incendio del cerro San Marcos, en el sector La Marmolera, obligó a movilizar organismos de socorro, solicitar apoyo aéreo y ordenar la evacuación preventiva de viviendas cercanas. Las autoridades reportaron más de 40 hectáreas afectadas en una zona boscosa donde abundan los pinos. Los fuertes vientos complicaron las labores de control.
Mientras tanto, en Ábrego, Norte de Santander, en el entorno regional de Cúcuta, otro incendio forestal llegó a afectar unas 3.000 hectáreas y comprometió cuatro veredas, cultivos, sistemas de riego y acueductos veredales. Las autoridades investigan las causas y han advertido sobre la necesidad de evitar quemas debido a las condiciones de propagación del fuego.
Y no muy lejos, en El Zulia, también en Norte de Santander, un incendio en el cerro Las Cruces alcanzó una afectación preliminar de unas 900 hectáreas de cobertura vegetal. Bomberos de El Zulia y Cúcuta participaron en las labores de control.
La preocupación no está solamente en el tamaño de las cifras, sino en lo que esconden. Detrás de una hectárea quemada puede haber árboles que tardaron décadas en convertirse en adultos. Puede haber nidos, madrigueras, insectos polinizadores, microorganismos, semillas, pequeños mamíferos, reptiles y plantas que quizá solamente existen en ese ecosistema.
Un incendio no pregunta si una especie es endémica, si está amenazada o si necesita cincuenta años para recuperarse. Simplemente avanza. Y cuando el bosque desaparece, también cambia el agua.
La vegetación ayuda a proteger el suelo, retener humedad, disminuir la erosión y regular el comportamiento del agua. Cuando las llamas destruyen esa cobertura, las lluvias posteriores pueden arrastrar cenizas y sedimentos hacia quebradas y ríos. Una reserva hídrica no siempre desaparece de golpe; algunas veces comienza a deteriorarse silenciosamente.
El problema adquiere otra dimensión con el cambio climático.
El IDEAM ha advertido sobre condiciones asociadas a El Niño, fenómeno que puede favorecer temperaturas superiores a lo normal, presiones sobre el recurso hídrico y una mayor amenaza de incendios de cobertura vegetal.
Pero cuidado: El Niño no es el único responsable. También están la urbanización que avanza sobre áreas naturales, la vegetación seca, las quemas, la basura y, algunas veces, la irresponsabilidad humana convertida en fuego.
Una botella abandonada, una colilla, un recipiente, un pedazo de vidrio o una quema mal controlada pueden terminar haciendo algo que ningún bosque merece: convertir años de crecimiento en unas horas de llamas.
En Colombia, además, existen denuncias e investigaciones sobre posibles incendios provocados deliberadamente. En el caso de Ábrego, por ejemplo, autoridades señalaron que presuntamente habría una persona involucrada, pero corresponde a las autoridades competentes establecer las responsabilidades. No se puede acusar sin pruebas, pero tampoco se puede mirar para otro lado.
Mientras unos territorios se queman, otros reciben señales meteorológicas igualmente extraordinarias. En Barranquilla, después de jornadas con temperaturas cercanas a los 35 grados, las lluvias llegaron acompañadas de fuertes vientos, inundaciones y reportes de granizo en sectores de la ciudad y su área metropolitana.
¿Contradicción? No necesariamente. El clima puede producir extremos diferentes en lugares distintos y en momentos distintos. Una ciudad puede estar sufriendo calor intenso mientras otra recibe lluvias torrenciales.
Algo similar ocurre en Quito, Ecuador, donde entre el 7 y el 13 de septiembre el Municipio registró 30 incendios forestales y 189 quemas de desechos. En un incendio registrado en el Itchimbía, las autoridades incluso monitorearon la calidad del aire y la dispersión del humo.
En la zona de San Juan, Argentina, el fuego también forma parte de un escenario donde las condiciones ambientales pueden convertir rápidamente una chispa en una emergencia. Un ejemplo fue el incendio que afectó la Estancia Guañizuil, en Iglesia, donde unas 300 hectáreas de bosques, siembras y pasturas fueron alcanzadas por las llamas.
El humo no reconoce fronteras. Tampoco las consecuencias.
Un árbol adulto es una inversión de tiempo que ninguna máquina puede fabricar rápidamente. Sembrarlo es apenas el comienzo. Después vienen las lluvias, las raíces, los insectos, las aves, los hongos, las semillas, los ciclos de nutrientes y muchas estaciones. Un bosque maduro es una construcción colectiva de la naturaleza.
Por eso, cuando se quema, no estamos perdiendo solamente árboles: estamos perdiendo tiempo biológico. Y recuperarlo puede tomar décadas, siempre que vuelvan a darse las condiciones necesarias.
Quizás por eso resulte tan absurdo que alguien arroje basura desde la ventana de un automóvil, abandone un recipiente en un terreno seco o haga una quema pensando que “no pasa nada”.
Sí puede pasar. Y puede pasar muchísimo.
Frente a semejante panorama, la bicicleta parece una cosa pequeña: dos ruedas, un marco, una cadena, unos pedales y las piernas de quien la conduce. Pero tiene una virtud extraordinaria: no necesita quemar combustible para moverse.
Una bicicleta utilizada diariamente para trabajar, estudiar, comprar o simplemente desplazarse no produce gases de escape. No necesita petróleo para recorrer cada kilómetro ni convierte combustible en humo. Tampoco tiene un motor de combustión capaz de producir chispas sobre un pastizal seco.
No va a apagar un incendio forestal, por supuesto. Pero puede ayudar a que necesitemos menos combustibles fósiles y contribuir a ciudades con menos contaminación, menos ruido y menos emisiones.
Tal vez la Tierra no esté pidiendo milagros. Quizás esté pidiendo un poco de sentido común: no arrojar basura, no hacer quemas irresponsables, cuidar el agua y entender que destruir un bosque también afecta el ciclo natural que sostiene la vida. El bosque tarda décadas en crecer. Para destruirlo, basta una chispa.
Para ayudar al planeta, a veces bastan dos ruedas y cuando podamos, a pedalear, porque también le conviene a todas las expresiones de vida que todavía nos acompañan en este planeta.
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