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Emprendimiento en el país crece, pero se mantiene desigualdad que limita potencial y castiga más a las mujeres

La conclusión es que el emprendimiento en Colombia crece, pero las brechas limitan su potencial. En el país, las mipymes representan el 98% de las unidades productivas y generan el 80% de los empleos. Sin embargo, en los micronegocios, que sostienen la base de este sistema, persisten desigualdades en ingresos, tiempo y acceso a financiamiento que afectan especialmente a las mujeres.

En medio de la conversación global que cada abril pone el foco sobre el emprendimiento como motor de desarrollo, Colombia se consolida como uno de los países más dinámicos de la región. Sin embargo, ese crecimiento convive con brechas estructurales que siguen limitando el potencial de millones de micronegocios, especialmente los liderados por mujeres.

A escala global, más de 580 millones de personas han optado por emprender, casi la mitad de ellas mujeres, según el Monitoreo Global de Emprendimiento. En Colombia, esa tendencia se traduce en un tejido empresarial donde las mipymes representan cerca del 98% de las unidades productivas y generan alrededor del 80% del empleo, de acuerdo con el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo.

En la base de ese sistema están los micronegocios. Datos del DANE muestran que en el país existen cerca de 2,5 millones en las principales ciudades, los cuales generan más de 3,1 millones de empleos. En total, estas unidades productivas sostienen a millones de hogares y son, en muchos casos, la principal fuente de ingresos.

No obstante, su capacidad de crecimiento está condicionada por múltiples factores. La Nota Estadística “Análisis con perspectiva de género de los micronegocios en Colombia: trabajo de cuidado no remunerado y pobreza”, elaborada por el DANE y la Fundación WWB Colombia, evidencia que las desigualdades de género siguen siendo un obstáculo central.

Las cifras muestran una brecha persistente en el desempeño económico. Mientras los hombres reportan ventas mensuales promedio superiores a los 3,3 millones de pesos, las mujeres alcanzan poco más de 2 millones, una diferencia cercana al 40%. Además, una proporción mayor de mujeres emprende por necesidad, para complementar ingresos del hogar, lo que refleja condiciones más precarias de partida.

Más allá de los ingresos, la desigualdad se explica en gran medida por la distribución del tiempo. El 97,3% de las mujeres microempresarias realiza trabajo de cuidado no remunerado y dedica, en promedio, cinco horas más al día a estas tareas que los hombres. Esta carga reduce su disponibilidad para actividades clave del negocio, como la gestión, la innovación o la búsqueda de nuevos mercados.

“Cerrar estas brechas requiere avanzar en políticas públicas que promuevan la equidad de género y tengan en cuenta los sistemas de cuidado, Además, que fortalezcan las capacidades empresariales y personales de las emprendedoras”, explica Johana Urrutia, directora de Programas de la Fundación WWB Colombia.

Las consecuencias son visibles en los niveles de formalización y protección social. Solo el 8,8% de los micronegocios liderados por mujeres cotiza a salud o pensión, frente a un 12,6% en el caso de los hombres, lo que evidencia rezagos en el acceso a sistemas de seguridad social y estabilidad económica.

Urrutia precisa, además que a este panorama se suman barreras estructurales como la dificultad para obtener crédito formal, junto con la baja inclusión financiera, restringe las posibilidades de crecimiento y sostenibilidad de los emprendimientos, particularmente en el caso de las mujeres.

Estas brechas no son homogéneas en todo el país. En la ruralidad, por ejemplo, se profundizan. Las mujeres que emprenden en zonas rurales enfrentan mayores restricciones para acceder a crédito, menor conectividad, menos redes de apoyo y mayores cargas de cuidado, lo que dificulta la consolidación de sus negocios.

Las cifras encuentran eco en las experiencias de las emprendedoras. Para María del Carmen Ararat, el principal obstáculo sigue siendo el acceso a recursos y la complejidad de los trámites: “Hay muchas trabas… y entonces los pequeños empresarios tiramos la toalla y decimos que es mejor no montar empresa”.

En otros casos, el reto pasa por sostener el equilibrio entre el negocio y la vida personal. “El mayor desafío ha sido lograr el equilibrio entre la familia y emprender. Poder alcanzar ese punto en el que el negocio también genere una remuneración digna”, señala Nataly Ibargüen.

También está el desafío de hacerse visible en el mercado. “¿Cómo le digo yo a las personas que existo y que tengo un producto que necesitan?”, se pregunta Derly Viera, al referirse a las dificultades para acceder a clientes y posicionarse.

En conjunto, los datos muestran que, más allá del crecimiento en el número de emprendimientos, persisten limitaciones estructurales relacionadas con ingresos, tiempo disponible, acceso a financiamiento y niveles de formalización, factores que inciden directamente en la sostenibilidad de los micronegocios en el país.

Con información de www.lagrannoticia.com

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