Por Eduardo Frontado Sánchez
En estos tiempos, cuando el término inclusión forma parte de tantas conversaciones, resulta inconcebible que todavía existan países en los que sea necesario establecer leyes que obliguen a las empresas a contratar a personas con cualidades distintas. A lo largo de mi trayectoria profesional teniendo cualidades distintas, me he encontrado con personas para quienes el hecho que alguien como yo tenga un trabajo es casi un acto de heroísmo.
Particularmente, y por dedicarme a la consultoría empresarial en materia de inclusión laboral, considero que tener un empleo no debería ser visto como un acto extraordinario ni como un logro excepcional. Debería entenderse, sencillamente, como un derecho humano. Lo verdaderamente extraordinario sería que, como sociedad, pudiéramos transformarnos hasta el punto de normalizar la diferencia; entender que lo distinto no tiene por qué generar miedo, sino curiosidad, oportunidades y motivación, siempre desde una mirada respetuosa y humana.
En muchas ocasiones me he encontrado con personas que, al saber que tengo una cualidad distinta, me preguntan sorprendidas: “¿Te gusta trabajar?”. Y mi respuesta siempre parte de algo muy sencillo: a todos los seres humanos nos gusta sentirnos útiles, superarnos y construir nuestros propios caminos. Pero, sobre todo, nos gusta tener la posibilidad de no depender de quienes nos rodean.
Siempre he pensado que esa independencia, entendida en el buen sentido de la palabra, está directamente relacionada con la manera en que nuestro entorno nos trata. Existen distintos tipos de cualidades distintas y diferentes formas de vivirlas, pero también es cierto que quienes las tenemos muchas veces desarrollamos una mayor conciencia sobre nuestro futuro. Sin embargo, con cualidades distintas o sin ellas, todos deberíamos comprender que buena parte de lo que construimos en nuestra vida depende de nuestras decisiones, de nuestro esfuerzo y de la capacidad que tengamos para asumir responsabilidades.
Ganar dinero y alcanzar cierta independencia no significa únicamente mejorar nuestra calidad de vida. También proporciona la tranquilidad de saber que, en el futuro, aquello que alguna vez pudo ser visto como una limitación puede convertirse en una herramienta para ayudar a otros, en lugar de transformarse en una carga para quienes están a nuestro alrededor.
Nunca me ha gustado que me consideren un héroe. Soy una persona común, con los mismos sueños, necesidades, aspiraciones y metas que cualquier otra. Lo único que puede resultar distinto o disruptivo para algunas personas es que utilizo una silla de ruedas como elemento de movilización. Y eso no debería ser suficiente para convertir una vida cotidiana en una historia extraordinaria.
A raíz de los terremotos ocurridos recientemente en Colombia y Venezuela, considero necesario hacer un llamado a una reflexión mucho más amplia. Las situaciones de emergencia nos recuerdan que la diferencia existe y que debemos estar preparados para comprenderla, atenderla y valorarla. Por eso, más que hablar únicamente de programas de sensibilización empresarial, creo que necesitamos impulsar una conversación como sociedad civil que nos permita reconocer el talento, las capacidades y las posibilidades que existen en cada persona.
Ciertamente, existen diferentes cualidades distintas y cada ser humano las enfrenta y las desarrolla de manera particular. Lo que resulta inaceptable es que la sociedad en la que vivimos todavía tenga tantas dificultades para aceptar la belleza de la diferencia y que, en determinados momentos, pueda llegar a ser tan deshumanizada frente a aquello que no comprende o que no sabe cómo manejar.
Creo que hoy, más que nunca, es necesario entender que la dinámica de nuestra sociedad ha cambiado. Tenemos que hacer un llamado a lo humano, a lo diferente y a la integración real de aquellas personas que tenemos mucho que aportar y que, quizás por desconocimiento, prejuicio o ignorancia, las instituciones y la sociedad todavía no han sabido valorar plenamente.
La verdadera inclusión comienza cuando entendemos que todos tenemos los mismos deberes y derechos para convivir y aportar a la sociedad. Ya es hora de humanizarnos, de cambiar nuestra manera de pensar y de convertirnos, simple y llanamente, en agentes de cambio positivo frente a una sociedad que parece necesitar, cada vez con mayor urgencia, recuperar aquello que nos hace humanos.
La diferencia no debería ser una excepción que debemos aprender a tolerar. Debería ser parte natural de la sociedad que queremos construir.
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