Por Eduardo Frontado Sánchez
Resulta paradójico que, en una era tan digitalizada como la actual, todavía nos cueste tanto entender el verdadero significado de la inclusión laboral en toda su esencia.
Tener dentro de la plantilla de una empresa a una persona con cualidades distintas, específicamente a una persona usuaria de silla de ruedas, genera una transformación que va mucho más allá de cumplir una ley o de proyectar una imagen de empresa inclusiva. Incorporar a una persona con discapacidad permite conocer un punto de vista completamente diferente sobre cualquier situación o problema organizacional. La diversidad no solo enriquece las conversaciones, también transforma la forma en la que una organización piensa y toma decisiones.
Vivimos en un mundo donde la digitalización de los procesos organizacionales pareciera estar prescindiendo poco a poco del talento humano. La aparición de la inteligencia artificial ha llevado a muchos a creer que podrá sustituir a las personas en numerosos procesos. Sin embargo, contar con una persona en silla de ruedas dentro de la organización no solo nos acerca nuevamente a lo humano, sino que nos recuerda que la tecnología ayuda, pero nunca podrá sustituir las conexiones reales que se generan entre las personas.
Tener personas con cualidades distintas dentro de un equipo hace que ese departamento descubra potencialidades que muchas veces permanecían ocultas. No hablo únicamente de capacidades profesionales, sino también de crecimiento humano. Se aprende el significado del agradecimiento, del por qué estoy aquí, del por qué no debo asumir una posición de víctima frente a la realidad y de cómo, aun con las dificultades, siempre es posible aportar valor y ayudar a otros. En un momento donde la sensibilidad humana pareciera estar perdiéndose, ese quizás sea el llamado más urgente que debemos hacer como sociedad.
Resulta inconcebible que todavía sea necesario impulsar leyes para promover la contratación de personas con discapacidad. En países como Colombia continúan apareciendo mecanismos legales que ofrecen beneficios tributarios a las empresas que realizan estas contrataciones. Sin restarle importancia a estos incentivos, me pregunto si realmente las organizaciones han entendido que el mayor beneficio no está en una exoneración fiscal, sino en contar con personas profundamente comprometidas, agradecidas por la oportunidad y convencidas de aportar al crecimiento de la empresa.
Vivimos en un momento donde el mundo pareciera no saber muy bien hacia dónde va. La falta de compromiso, de solidaridad y de sentido de pertenencia hace que muchas veces valoremos todo como algo temporal. Precisamente allí es donde la inclusión puede convertirse en un elemento diferenciador dentro de la cultura organizacional.
Nunca he criticado las mejoras que una empresa puede realizar para mantenerse competitiva. Tampoco cuestiono la necesidad de adaptar los modelos de negocio a las nuevas exigencias del mercado. Lo que sí considero necesario preguntarnos es cuál será el lugar que ocuparemos las personas con cualidades distintas dentro de esa transformación. ¿Cómo participaremos en ese nuevo modelo de empresa? ¿Cuál será nuestro aporte dentro de organizaciones que hablan constantemente de innovación y de cambio?
El verdadero modelo de negocio de las empresas actuales debería estar profundamente conectado con la humanización de las organizaciones. Porque, aunque hoy hablemos de automatización, inteligencia artificial y transformación digital, no podemos olvidar que las empresas siguen estando conformadas por seres humanos.
Y si hablamos de humanización, también debemos incorporar la inclusión como parte del modelo de negocio y no como una acción aislada de responsabilidad social. Debemos preguntarnos cómo esa humanización puede transformar verdaderamente a la empresa y convertirla en una organización más cercana, más consciente y más preparada para los desafíos del presente.
Hablar de transformación empresarial no pasa únicamente por adaptarse a los nuevos tiempos. También exige cambiar la óptica con la que observamos a las personas y reconocer que la diversidad es una fortaleza estratégica. El dónde queremos llevar nuestra empresa y el cómo queremos hacerlo dependerá de cada uno de nosotros, de nuestros objetivos, de nuestros sueños y de nuestra visión como líderes.
Pero ese camino solo tendrá sentido cuando entendamos que la inclusión no nace de la misericordia ni de la obligación legal, sino del convencimiento de que todos podemos aportar desde nuestras capacidades para construir organizaciones más humanas y trabajar, juntos, por el bien común.
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